The Office, una de las serie más brillantes de la televisión actual, funciona de manera admirable. No porque busque contar chistes sino todo lo contrario: porque refleja la dramática y cómica realidad de trabajar en un cubículo.

  • 2 abril, 2009

 

The Office, una de las serie más brillantes de la televisión actual, funciona de manera admirable. No porque busque contar chistes sino todo lo contrario: porque refleja la dramática y cómica realidad de trabajar en un cubículo. Por Federico Willoughby

No hay duda de que una de las producciones que fue lamentablemente desperdiciada por la televisión nacional el año pasado fue La ofis, que era la versión chilena de The Office, la serie que en 2001 creó el genial Ricky Gervais para la BBC. El tema es que los ejecutivos de NBC vieron el potencial que la historia podía tener en Estados Unidos y cuatro años después lanzaron su propia versión, con tal éxito que sigue hasta hoy superando en cantidad de temporadas a la original, con más capítulos y líneas argumentales que su hermana británica.

La idea en sí es delirante y por lo mismo funciona: una empresa dedicada a la venta de papel integra a una de sus filiales en un programa de “transparencia radical”, lo que no es otra cosa que ser grabados todo el tiempo. No hay risas, no hay chistes, sólo los personajes trabajando y, de vez en cuando, hablándole a la cámara como si estuvieran participando en un documental.

El resultado es altamente perturbador, porque si bien la oficina y sus empleados son en sí disfuncionales, lo cierto es que muchas veces uno ve en pantalla situaciones tan cotidianas que perfectamente podrían haber pasado en el lugar de trabajo del espectador: paseo de fin de año con juegos, cantos y olimpiadas incluidas; romances entre compañeros que parten de manera inocente pero terminan casi en el borde de la sicopatía; el empoderamiento de ciertos personajes en torno a ridículos comités encargados de la decoración de la oficina para halloween o incluso inesperadas confesiones de los trabajadores a sus compañeros en el contexto de una fiesta de empresa.

No significa que necesariamente uno haya vivido un episodio idéntico a los que muestra cada semana la gente de Dunder Mifflin (la compañía que vende el papel), pero es indudable que existen cierta cadencia en la actuación de los personajes, cierto heroísmo en la idea de tener que trabajar cada día en un lugar que no va a ninguna parte. Y peor aún, con un jefe totalmente desconectado de la realidad. Lo anterior no sólo hace comprender el éxito mundial de una serie supuestamente localista, que habla al estadounidense promedio, sino que también permite un sincero y didáctico acercamiento a la idea de que finalmente la mejor comedia siempre nace del drama.

Como bonus consideren el hecho de ver actuar semanalmente a Steve Carell (que interpreta al jefe Michael Scott, una suerte de Homero Simpson de carne y hueso). El tipo no eso solamente uno de los más destacados representantes de esa nueva generación de actores con más personalidad que look (a la cual también pertenecen Will Ferrell y Seth Rogen), sino un intérprete de amplio registro, donde podemos encontrar desde comedias como Virgen a los 40 a obras con tonos mucho más grises como Little Miss Sunshine o Dan in the Real Life.

The Office, Lunes 22:00 hrs, FX