En entrevista, Ricardo Lagos desmenuza el rol que cabe a los ex presidentes en el tablero político y esboza su visión del momento.

  • 12 mayo, 2009


En entrevista, Ricardo Lagos desmenuza el rol que cabe a los ex presidentes en el tablero político y esboza su visión del momento.

Por Jorge Navarrete P.; fotos, Verónica Ortíz.

 

No importa lo que diga ni la forma en que lo exprese, sus palabras siempre tienen gran repercusión en la opinión pública. No alcancé a sentarme en su oficina cuando ya me estaba comentando –con tono de queja– cómo los medios habían reproducido sus últimas declaraciones.

Confieso que al principio sospeché de una posible estrategia para “ablandar” a este ocasional entrevistador. Pero después de escucharlo un rato comprobé que Ricardo Lagos Escobar, el ex presidente de Chile, tiene la convicción de que nuestro debate político no alcanza el vuelo que exigen los desafíos del siglo que recién comienza.

Aunque el tiempo no pasa en vano y Lagos no es la excepción –con menos pelo y el que le queda, más blanco–, su vitalidad se mantienen intacta. Al mismo tiempo que acomodaba su sillón, me ofrecía café, se sacaba las primeras fotos, hurgaba en sus documentos y me relataba las últimas innovaciones en materia energética.

Cuesta seguirle el tranco, más todavía cuando se explaya en aquello que lo apasiona. Habla fuerte, a ratos como si te estuviera retando, lo que sin embargo no logró ocultar un gesto típico que hace cada vez que nos adentramos en temas que lo emocionan: hacer una pausa y poner sutilmente la lengua sobre su labio superior.

Quizás porque fui educado en un hogar con fuertes tradiciones republicanas, amén de que me desempeñé como subsecretario de Gobierno en su administración, siempre me dirigí a él como “presidente”, obviando el “don Ricardo” –lo que me resultaba tan falso como mamón–, y ni pensar en decirle simplemente “Ricardo”, privilegio que supongo está reservado para su familia y los más cercanos.

Entre los múltiples temas en una hora de conversación, esto es lo que modestamente me pareció más interesante.

 

-Después de haber dejado el cargo de presidente de la República, ¿lo inundó cierta sensación de vacío? ¿Qué es lo que más extraña de esa época?

-(Ríe) No tuve esa sensación de vacío porque al poco tiempo me tocó viajar. El anterior secretario general de las Naciones Unidas me pidió una participación especial, al igual que Ban Ki Moon después, por lo que he estado en una actividad bastante intensa. Ahora, a mi juicio, lo que más se echa de menos es el contacto con la gente.

-¿Hay un contacto genuino con la gente cuando se es presidente?

-Estás en contacto con el público y recibiendo cartas constantemente. Yo sé que cuesta, pero la labor de un presidente es abrir los muros de La Moneda, que por definición son muy anchos, e intentar sintonizar con la opinión de los ciudadanos es lo más importante. Hoy sales a la calle y la gente te dice cosas. También echo mucho de menos andar entre Arica y Parinacota, o en Puerto Natales, o en Vilcún.

-Varias veces se ha quejado de que la Concertación no siempre ha sabido defender su obra y sus logros. ¿Hay también en ese reclamo un dolor personal por las críticas efectuadas a su persona?

-No, es mucho más general. No se refiere sólo a mi gobierno, sino al de Aylwin, Frei y ahora Bachelet. Siento que a ratos nuestros dirigentes andan como desencantados porque nos falta tanto por hacer. Pero también los invito a mirar hacia atrás y revisar lo que se ha hecho. Nosotros le cambiamos el rostro a Chile, que hoy es otro país. Cuando era candidato dije “mañana será otro Chile”… y así ocurrió.

-¿Algo así como un progresismo vergonzante?

-A lo mejor… (Hace una pausa) En materia de derechos humanos, nómbreme a un país que haya hecho más que Chile: uno que tenga una Comisión Rettig y a un presidente Aylwin pidiendo perdón, o uno con la mesa de diálogo de Eduardo Frei. No existe en ninguna parte un informe sobre prisión política y tortura como el de la Comisión Valech. Y todo eso no aparece en ninguna parte. Eso no obsta a que en esta materia nos falte mucho. Creo, en consecuencia, que es muy importante creernos lo que hemos hecho.

-A propósito de que no aparece en ningún parte, usted –al final de su mandato– dirigió una dura carta a Agustín Edwards. ¿Siente que hay una deuda de la Concertación con el pluralismo informativo y el mercado de los medios de comunicación?

-Sí, claramente. Se trata del tema más complejo que tenemos entre manos. Pero nosotros somos los responsables, nadie más. El que haya dos grandes cadenas informativas, y ambas de derecha, refleja una carencia que le hace mal a Chile en el sentido de un país más plural y abierto.

-¿Tiene que ver con la incapacidad propia del centro progresista o de las reglas propias del mercado en la cuales la Concertación nunca se hizo especialmente fuerte?

-Puede ser una mezcla de ambas cosas. Hay una responsabilidad nuestra, pero también –digámoslo– un sesgo ideológico muy profundo de nuestros empresarios. Lo digo con el afecto y el aprecio que les tengo, soy amigo de muchos de ellos, pero indudablemente que eso es así.

-A diferencia de los papas en el Vaticano, la mayoría de los presidentes se retiran en vida. ¿Cómo se conjuga ese patrimonio político con la necesidad de dar protagonismo a quienes lo sucedieron?

-Sabiendo guardar silencio, y es lo que yo hice durante tres años. Como han dicho muchas veces, los ex presidentes somos personas un tanto incómodas, no hay dónde ponernos, dónde sentarnos, pero creo que eso forma parte del ejercicio republicano, el que a ratos por cierto se nos olvida.

-Para muchos, cualquiera sea el resultado de la próxima elección presidencial, se está cerrando un ciclo. ¿Cómo percibe el proceso de los José Antonio Kast, Claudio Orrego o Marco Enríquez-Ominami?

-Yo lo veo como algo muy positivo. Lo que sí me parece negativo es que el sistema político hace muy difícil la irrupción de estas personas, de los nuevos liderazgos. Creo que el sistema binominal es pésimo. Hoy leí que Guilisasti proponía aumentar el número de candidatos si quieren mantener el binominal. Ahí usted tendría competencia en serio entre adversarios y no sólo con los compañeros de lista. Cuando usted ve el liderazgo emergente de David Cameron, de 40, de Rodríguez Zapatero y tantos otros que todavía no llegan a los 50, se da cuenta de que la vieja Europa es bastante más joven de lo que uno piensa.

-¿Es la falta de competencia lo que redunda en una mala política?

-Lo que redunda en la mala política es la incapacidad de potenciar nuevos liderazgos. La competencia ayuda, pero también se necesitan nuevas ideas. Schumpeter decía que las ideas brillante venían entre los 20 y los 30 años, y después uno se dedicaba sólo a justificar las ideas geniales que había tenido entre esas edades.

-¿Qué autocrítica hace a su generación, tanto en la visión como en los estilos? ¿No fueron víctimas de su propio éxito, en cuanto a que no han sabido leer las claves de una sociedad muy distinta a la de ayer?

-Das en el clavo. A mi juicio este es el tema más importante. Veinte años es mucho tiempo. Tú cambias a una sociedad si lo has hecho bien, y porque lo hicimos bien es que hay que hacerlo todavía mejor. No es solamente un problema de haber reducido la pobreza de 38% a 13%. ¿Qué hacemos ahora para continuar ese esfuerzo, sin que el 25% vuelva atrás? Tiene que ver con las oportunidades. Para esa gente que dejó la pobreza lo más importante es qué va a ser de sus hijos. Hoy, de 10 estudiantes que llegan a la universidad, 7 son la primera generación que accede a la educación superior. Eso implica otros desafíos. Hubo un profundo cambio cultural. Los jóvenes tienen una concepción más individualista, que los aleja de proyectos colectivos. Se comunican en forma diferente y se relacionan con otros de manera diversa. Eso es un mundo nuevo.

-Usted ha dado recientemente su apoyo a la candidatura de Eduardo Frei. Después de casi dos décadas en el poder, ¿qué es lo que debería ofrecer hoy la Concertación a los ciudadanos, que sea cualitativa y cuantitativamente distinto de lo que han venido haciendo?

-Empieza a quedar claro que nuestro planeta es una gran nave espacial que hoy tiene 6.000 millones de habitantes, pero que para el 2050 habrá que hacer hueco a 9.000 millones de personas y, obviamente, los recursos son limitados. El desafío del siglo XX culminó con dos exigencias mínimas: tener un sistema democrático y una economía que permitiera el crecimiento y desarrollo de las aspiraciones de los ciudadanos. Para el siglo XXI no sólo será relevante el ingreso per cápita de las personas, sino cuánto emitiste para lograr todo eso. El paradigma verde consiste en cómo los países darán cuenta de este nuevo fenómeno. Por ejemplo, cuando eres el gerente de una gran empresa de cobre y uno de tus grandes compradores quiera que le indiques cuánto se emitió para producir una tonelada de material, ¿dónde estará Chile? No valdrá lo mismo el cobre que se produce emitiendo 10 ó 5. Y lo mismo sucederá con el vino, la fruta, etc. Mira el caso de la energía. Cuando uno ve que hoy los únicos proyectos reales que tenemos en ejecución para satisfacer las necesidades energéticas son ocho plantas a carbón, entonces vamos para atrás. Afortunadamente, cuando esté lista la planta de Quinteros vamos a poder volver al gas, que es mucho más limpio que el carbón o el petróleo.

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-A propósito de energía. Hidroaysén: ¿proyecto virtuoso o un mal necesario?

-Proyecto virtuoso si hacemos las cosas bien. Si respetamos las normas medio ambientales no veo por qué podría ser un mal necesario. Ahora, si hacemos las cosas mal, mejor dejarlo así y nos quedamos con el carbón. En materia energética debemos estar a la vanguardia: ¿cuáles son los lugares buenos para energía eólica en Chile? No lo sabemos. ¿Puede Chile meter 10, 500, 1.000 millones de dólares para hacer más investigación y contestar éstas y otras preguntas? Aquí hay que irse con todo, ya que eso nos puede posicionar en el mundo de una manera distinta a la que estamos colocados hoy. Pero nada de esto se discute, el debate es chato. Necesitamos una discusión seria, con datos y números.

-¿Cómo se conecta este discurso con la “sociedad de garantías” a que hace referencia su último libro?

-Esa es la segunda parte de la ecuación y que se refiere a la sociedad que queremos. Una donde exista mayor cohesión social. Me refiero a una sociedad donde todos perciban que los frutos del progreso se reparten en forma equitativa; donde no importan la cuna, los apellidos o el colegio donde se estudió, sino el mérito y el esfuerzo. Cuando hicimos el Plan Auge introdujimos el concepto de “garantías mínimas”: la garantía de estar en hospital, de que si no tienes plata el Estado se pone, del tiempo en que vas a ser atendido. Es ahí donde hay un tremendo desafío, el que significa un paso adelante, pero que pone en tensión al aparato público.

-¿Se puede llevar adelante ese esfuerzo con la actual carga tributaria?

-Es un tema que habrá que conversar.

-El Transantiago por ejemplo. ¿Acaso no fue muy ambicioso pensar en un proyecto de esa naturaleza sin incorporar un fuerte subsidio estatal, como por lo demás ocurre en otras partes del mundo?

-La carga impositiva de un país debe ir acorde con su desarrollo. Mira el caso de Felipe González. Asumió el gobierno español con una presión tributaria del 22% sobre el producto y terminó con 86%. Felipe estuvo 14 años en el gobierno, que equivale a un aumento de un punto por año. ¿Qué habría pasado si en mi campaña yo hubiera dicho que aumentaría de 18 a 24 puntos? Tomé un camino distinto y que consistió en bajar los niveles de evasión, con gran éxito por lo demás. Discutamos los tributos de manera correcta, con altura de miras y no con el cuento de que hoy la moda en el mundo es la rebaja de impuestos. Ahora, eso también exige un Estado más eficiente, ágil y con menos grasa –como la chica de Ipanema (ríe)–. La Alta Dirección Pública, la transparencia y otras medidas van en esa dirección.

Sobre la oposición

-Los temas de modernización del Estado no son patrimonio de la Concertación. ¿Qué divide la propuesta del oficialismo con lo que plantea la oposición?

-Nuestra diferencia fundamental está en el rol que asignamos al mercado. El mercado es esencial en asignar recursos, pero dentro de las normas que establece el Estado. En toda sociedad hay una relación entre sociedad, Estado y mercado. Muchos creen que basta con la relación directa entre sociedad y mercado. La sociedad a imagen y semejanza del mercado termina siendo una sociedad que reproduce las desigualdades propias del mercado. Distinto es cuando usted define una sociedad donde la educación no está determinada por el dinero sino que constituye un derecho; la que, al igual que la salud, está garantizada para
todos. Por sobre ese mínimo, claro que el mercado puede contribuir a un servicio más competitivo. La línea divisoria con la derecha está puesta en que nosotros queremos construir una sociedad a partir de los ciudadanos y no de los consumidores.

-Siguiendo con la derecha, ¿se puede ser presidente de Chile, por ejemplo, cuando se es dueño de un canal de televisión, teniendo un participación significativa en la línea aérea más importante del país o siendo también accionista mayoritario de un club de futbol?

-El concepto de fideicomiso apunta a la administración ajena de un patrimonio no porque éste sea grande, sino por los eventuales conflictos de interés. Al poco tiempo de estar Kennedy en el gobierno tuvo que enfrentar el poder de las grandes empresas acereras. Se habrá preguntado acaso Kennedy: ¿a lo mejor yo tengo varias acciones en estas empresas? No es correcto incorporar algunos negocios y otros no. Se lo pongo de otra manera. Cuando fui presidente tuve una obsesión con la idea de poder establecer un corredor de pasajeros con Asia, Australia o Nueva Zelandia, por ejemplo. Para eso debían ampliarse las pistas en más de 300 metros, de lo contrario esos aviones deberían aterrizar en otro lugar. Siempre sentí la libertad para hablar con los hermanos Cueto y plantearles estas y otras cuestiones. Mi disposición era: ¿qué puedo hacer por ustedes?, ya que era una forma de que Chile saliera al mundo. En ese caso, ¿hay o no hay un problema, entonces?

-¿No hay acaso también un cierto ánimo despectivo frente al rol del empresariado o un castigo por el hecho de poseer mucho dinero? Pienso en palabras como codicia, avaricia y otras que se han pronunciado con motivo de la crisis.

-Es cierto, pero es una cosa transitoria. Seamos claros, en un país como Chile, donde el 80% de la inversión es privada, entonces el desarrollo tiene necesariamente que ver con la capacidad y la innovación empresarial. Es injusto responsabilizar sólo a los empresarios cuando aquí hubo fallas estructurales. Aquí hubo desregulación, todos sabíamos de la burbuja inmobiliaria y que en algún momento explotaría. EEUU fue más allá de sus medios, ya que finalmente –para ponerlo en una caricatura– su déficit lo financiaban países como Chile. El drama es que cuando ocurre aquello, los responsables se van con paracaídas dorados de muchos millones de dólares.

-El sector privado participa en el desarrollo del país no sólo a partir de su rol en el mercado o en cuanto a la generación de empleo. ¿Cómo acercar este mundo a la definición de políticas públicas?

-Los acuerdos son fundamentales, porque el sector privado necesita de ciertas orientaciones generales. Si usted dice que le parece muy importante la posibilidad de tener más o mejores tecnologías de la información porque tenemos una población muy educada y adicionalmente una solvente infraestructura técnica, está dando una señal de para dónde debemos avanzar. Pero esos mensajes requieren una señal clara por parte de las autoridades.

-A propósito de lo público y lo privado, acabamos de estrenar una Ley de Transparencia. Dos preguntas en una: ¿cuál es su evaluación respecto al impacto en el sector público y, a continuación, a que áreas del sector privado debería extenderse este esfuerzo?

-Primero, la transparencia es algo bueno e importante. Segundo, cuando uno mira el caso de EEUU –donde se sube a la página web la declaración de renta de Obama o Biden, y nadie se escandaliza– contrasta mucho con lo sucedido en nuestro país, donde estamos preocupados de ver cuánto gana zutano, o si fulano gana más. Tercero, lo que gana el ejecutivo de una de las principales
empresa de EEUU es de conocimiento público, de igual forma que el monto de los bonos por hacerlo bien. Pero en Chile toda esa información nos parece relegada al mundo privado. Entonces, una de dos, porque cuando usted tiene empresas de utilidad pública y la rentabilidad está determinada por algún tipo de beneficio que hay que asegurar, y sus tarifas se estrechan de acuerdo con eso, no es indiferente que el gerente gane 10 ó 20. En consecuencia, aquí hay un doble estándar que me parece pernicioso.

Partidos y equilibrios

-Volvamos a la política partidista. ¿Su gobierno recibió presiones para nombrar a los altos funcionarios públicos?

-La discrepancia no está en el equilibrio político, que es una cuestión normal, sino en la calidad del designado y en quién decide. Siempre entendí que era el presidente quien tenía la última palabra. Una cosa son los equilibrios y otra muy distinta es que los partidos sientan que son dueños de los cargos. Eso es absurdo e inadmisible, es desnaturalizar las instituciones.

-En torno a la crisis de los partidos políticos, y poniéndose la mano en el corazón, ¿subsistiría la Concertación, tal cual hoy día la conocemos, si resultara derrotada en la próxima elección?

-Ufff… difícil decirlo. La Concertación partió como resultado de un momento histórico del país. Su prolongación en el tiempo no fue producto de un pacto expreso sino más bien de un acuerdo tácito. Ningún partido político aprobó la continuidad de la coalición, ya que parecía algo obvio y normal. Lo que ocurrió fue que la Concertación descubrió que más difícil que una transición de dictadura a democracia era dar el paso a un país abierto al mundo, que quería competir, que requería modernizarse, y que todas las tareas que tenía por delante requerían de un gran acuerdo nacional. Ahora bien, producida una eventual derrota se abren nuevos horizontes. Muchos partidos políticos van a revisar si pertenecen, o no, a esta coalición, en especial de cara a seguir siendo una oposición creíble y con posibilidades de alternancia.

-¿No hay acaso un agotamiento, el que no sólo afecta a nuestros dirigentes, sino también a los acuerdos institucionales? Pienso en la relación sociedad, parlamento y gobierno.

-Claramente, pero eso tiene que ver con un diseño institucional que no hemos podido modificar. El sistema binominal, ha significado –aunque no me gusta decirlo así– que los partidos sean presos de sus propios parlamentarios y finalmente nos hemos acomodado. Muchos de nuestros problemas institucionales tienen que ver con el sistema electoral, el que habrá que revisar para tener más competencia política y una relación más adecuada entre ejecutivo, parlamento y partidos políticos. Coincido en que hay momentos en que tiene que haber un determinado ordenamiento y mayor disciplina. Esa es una importante contribución de un partido político.

Al final, cuando ya la entrevista casi concluía, Lagos comenzó a rememorar entretenidas anécdotas de su gobierno. Sin que yo se lo preguntara, me volvió a decir “extraño el contacto con la gente”. Percibí que aquel mismo que hace 20 años apuntó con el dedo a Pinochet bajaba por primera vez la guardia tras una hora de entrevista. Precedido de ese gesto más personal, y con brillo en los ojos, agregó: “¿sabes lo que pasa?, para esta pega hay que creerse el cuento… y yo me lo creo”.

 

10 políticos, un concepto
Francois Mitterand: “una visión”.
Pablo Longueira: “un hombre de Estado”.
Salvador Allende: “lealtad hasta las últimas consecuencias”.
Jovino Novoa: “presidente del Senado”.
Francisco Vidal: “vocero que a ratos lo traiciona su temperamento”.
Claudio Orrego: “la nueva generación, una esperanza”.
Jorge Arrate: “nostalgia”.
• Michelle Bachelet: “acogedora y estadista”.
• Camilo Escalona: “senador por la X Región”.
• Adolfo Zaldívar: “intuyo que el Parlamento no contará con su presencia en el próximo periodo”.