Magdalena Correa está de vuelta en Chile y por partida doble. Con una exposición simultánea en el Museo de Bellas Artes y en la Fundación Telefónica, nos revela una mirada distinta, intensa y sorprendente de paisajes extremos.

  • 8 agosto, 2008


Magdalena Correa está de vuelta en Chile y por partida doble. Con una exposición simultánea en el Museo de Bellas Artes y en la Fundación Telefónica, nos revela una mirada distinta, intensa y sorprendente de paisajes extremos.

 

Magdalena Correa está de vuelta en Chile y por partida doble. Con una exposición simultánea en el Museo de Bellas Artes y en la Fundación Telefónica, nos revela una mirada distinta, intensa y sorprendente de paisajes extremos. Por María Jesús Carvallo.

A simple vista son fotografías espectaculares, paisajes increíbles y casi paradisíacos. Pero hay más, porque más allá de ser una serie de tomas bonitas con buenos ángulos, el trabajo de la chilena residente en Barcelona hace ya varios años, Magdalena Correa, es mucho más profundo que parajes impresos en gran formato.

Hace tiempo ya que esta doctora en fotografía y video –porque en España logró este título en la Universidad Politécnica de Cataluña, además de ser licenciada en Arte de la UC– ha desarrollado su carrera y su vida en torno al significado social, por decirlo de alguna manera, de ciertas imágenes y de lo que puede aportar con ellas a la sociedad.

Seguidora de una corriente llamada land art, ha tratado de hacer lo suyo, su “grano de arena”, como dice, y que tiene que ver con mostrar territorios que, independiente de su belleza, reflejan una situación extrema y oculta para muchos. Como el día a día de sus habitantes, el aislamiento en que viven, la falta de condiciones básicas, la incomunicación, la pobreza y un clima extremo. Se trata de una propuesta social más que artística, un afán de revelar la coyuntura límite que se vive en esas zonas. “Tiene que ver con el territorio humano más que documental, con el desenmascarar a estos personajes que son desconocidos, que viven las inclemencias del clima y mucho más”.

Y la verdad es que ha logrado su objetivo. Magdalena ya tiene a su haber cinco proyectos en torno a esta propuesta; todos, relacionados entre sí, donde ha podido ir desarrollando esta idea que se ha convertido en el centro de su arte. Ahora, dos de ellos están en Chile. Por una parte, el MNBA está exhibiendo Austral, donde a partir de un viaje a la Patagonia, capturó imágenes y videos que evidencian la vida en la región de Aisén. Y la Fundación Telefónica está presentando Gobi-Atacama, en el que cajas de luz muy al estilo de Alfredo Jaar, plasmas con imágenes que relatan su recorrido, plotters en blanco y negro y más, reproducen el día a día en el desierto de Atacama y en el de Gobi, en China. “Yo quería viajar a lugares donde no llegase el turismo, incomunicados y desconocidos por el propio Chile. No quería que fuese un viaje ficticio, sino pertenecer como un habitante más de la zona”. Y así lo hizo. Con la ayuda de un guía se movió, durmió y habitó como una más en los parajes escogidos. Sólo así fue capaz de retratar esa mirada que buscaba, que la gente local tuviera la confianza para mostrarse tal cual es y, finalmente, reflejar su existencia.

Una realidad que no es tan mágica y que puede que no sea tan evidente, pero que Magdalena pretende que no pase inadvertida.