Se han gastado decenas de páginas sobre Guillermo Luksic, fallecido el 27 de marzo, pero acá intentamos rastrear al hombre más allá del personaje: una semblanza realizada a partir de las voces de sus amigos y compañeros. Por Natalia Saavedra. Días de colegio “Mangengo. Mangengo es el prototipo de millonario con complejo de pobre, eternamente […]

  • 8 abril, 2013
Guillermo Luksic

Guillermo Luksic

Se han gastado decenas de páginas sobre Guillermo Luksic, fallecido el 27 de marzo, pero acá intentamos rastrear al hombre más allá del personaje: una semblanza realizada a partir de las voces de sus amigos y compañeros. Por Natalia Saavedra.

Días de colegio

“Mangengo. Mangengo es el prototipo de millonario con complejo de pobre, eternamente preocupado de su voiture y de su amor mon cher; profundamente enamorado de actividades que puedan rendirle sobre un 25% de ganancia.
Tomó posesión del rincón más estratégico del curso y recién hemos descubierto con qué fin: desde allí tiene vista panorámica para ver pasar a la “Gringa”, con la cual comparte su afición al arte. Este rincón es una torre de marfil, cual abandona en una inspiración de opiniones de alto vuelo en clase de Filosofía.

Aunque el muchacho habla poco, decidió sacar la voz por el curso convirtiéndose en presidente, aunque comprendemos su frustración al verse en la necesidad de auto-destituirse. Es uno de los tantos que quiere estudiar arquitectura o pertenecer al Jet Set Antofagastino.

Se caracteriza por: acercarse a las niñas con una sonrisa en la cara y decirles: Dame…. Sabe muy bien las diferencias entre un mal y un buen vaso de whisky.

Frase típica: ¿Qué pasa…oye?”

(The Gryphon 1973 Anuario colegio Grange)

“Fuimos compañeros de curso, muy amigos de toda la vida. Éramos parte de un grupo que se sigue juntando hasta el día de hoy. Comí con él en diciembre, ya estaba enfermo. Fue todo un proceso muy rápido, pero pese a eso nunca vi que perdiera el sentido del humor.

Si tuviera que pensar cómo recordarlo, Guillermo era un gallo 100% intenso, hacía todo así: jugaba en forma intensa, amaba en forma intensa. Le cargaba el fútbol y siempre fuimos del equipo más malo de rugby del colegio. Ese mismo grupo perduró en el tiempo y pese a que no nos veíamos todos los meses, porque él empezó a trabajar mucho con la familia, siempre mantuvo una amistad leal. Si uno lo llamaba y le decía que comiéramos el viernes, se hacía el espacio”.

(Jaime López)

“El colegio fue un época especial, como que lo que ves ahí no tiene nada que ver con lo que te pasa en la vida adulta. Era calladito, y en esos momentos jamás pensé que iba a tener una vida con tantas luces y logros. Era tranquilo; no podría haberme imaginado el empresario que llegó a ser el Mangengo.

Después en mi vida adulta, lo conocí de otra forma. Como trabajo como consultora, me tocó mucho estar con sus ejecutivos. Ellos siempre hablaron muy bien de él. De hecho creo que una época difícil fue cuando formó Quiñenco y tuvo que dejar un poco el trabajo codo a codo con su equipo. Echó de menos a esos gerentes”.

(Janet Sprohnle)

Primeras aventuras

“Nos empezamos a hacer más amigos en la enseñanza media. Ahí nos convidaba a su casa y era un lugar bien impresionante, pero él era un tipo muy común y corriente. Jamás se comportaba como si fuera diferente, pese a que era parte de una de las familias más ricas de Chile.

En esos años Guillermo era muy deportista y uno de los gustos que desarrollamos juntos fue el ski. Íbamos a Portillo, esquiábamos todo el día y en la noche partíamos a la discoteque. Ya cuando pasamos la barrera de los 17 años más o menos, Guillermo rompió cierta distancia que tenía con las mujeres y le iba a regio: les tocaba guitarra y se convertía en un galán, porque iba directo al grano. Tengo muy buenos recuerdos de esa época”.

(Diego Hernán Vicuña)

“Tenía con él un vínculo especial. Nos conocimos antes de nacer. Nuestras mamás eran muy amigas y en Antofagasta vivíamos en la misma cuadra. Estábamos en el mismo colegio y luego acá en Santiago también estudiamos juntos, aunque en distintos cursos.

Nuestra primera aventura fue cuando los papás nos dieron permiso para irnos a Europa solos. Teníamos 15 años y la verdad es que no sé cómo lo logramos.

Los dos éramos parte del grupito de Portillo. Era un lugar de encuentro. Una de nuestras anécdotas es que cuando él sacó la licencia de piloto, me pidió que fuera con él porque una de las peticiones para aprobar era volar con un pasajero a bordo y dar una vuelta. Yo ahí le dije “amigo mío, con todo gusto”, porque sabía que con lo maniático que era, imposible que algo saliera mal. Siempre fue prolijo, perfeccionista, me sentía seguro con él”.

(José Patricio Daire)

El polo

“Varios momentos de encuentro los vivimos en el polo, porque los dos jugábamos pero en diferentes equipos. En la cancha demostraba que nada le gustaba a medias. Era una persona que le encantaba competir y lo hacía bien. El equipo se llamaba Chan Chan, igual que el campo que tiene en Panguipulli. De hecho, me contó que su idea era competir este otoño. Su mano derecha en el polo era Rodrigo Vial, agrónomo que lo ayudaba y le reclutaba el equipo con el que ganó muchos títulos. Era, además, muy cercano a Juan Pablo Solís de Ovando, que estuvo muy cerca de él toda la enfermedad”.

(Jorge Lyon)

“Nos juntábamos mucho en Paine. Aunque el tema del polo partió cuando teníamos 20 años. Ni mi papá ni el suyo eran poleros, aunque eran socios del club de Polo, así que por suerte cuando se nos ocurrió jugar, fuimos aceptados. Eso, además, se mezclaba con su gusto por los caballos y el campo.

En el polo le iba excelente, porque tenía una noción del juego espectacular. Era competitivo al máximo, pero muy caballero, algo que es una exigencia para este deporte. Amaba además los caballos: uno de sus regalones era El Banano. Un caballo grandote que ocupó varias veces, y que después no vendió ni lo dio de baja, sino que lo mandó como a un retiro, pero top. Entiendo que el Banano está por ahí en Tabalí y tiene una muy buena vida”.

(José Patricio Daire)

“Éramos compañeros de barrio. Ellos vivían cerca de Alcántara con Apoquindo y yo, hacia Martín de Zamora. Nos topábamos caminando, pero yo era dos años menor, entonces no me pescaba tanto en el colegio.

Nos hicimos verdaderos amigos por el 85, 86. Siempre nos encontrábamos en fiestas, pero esa vez coincidimos en algún lugar y hablando de diferentes cosas me dijo: oye, por qué no jugamos polo, hagamos un hombre, lo que quiere decir que a medias armábamos el equipo. Compramos dos caballos cada uno y partimos jugando. Como era obsesivo de que las cosas salieran bien, tuvimos harta suerte y jugamos en una división B con la que incluso viajamos después a Perú y Argentina. Yo seguí jugando de hobby, pero él, en cambio, se comprometió mucho y llegó a tener 60 caballos. Ahí fue cuando armó el equipo Chan-Chan, bautizado así en honor a su campo”.

(Juan Pablo Solís de Ovando)

Fanático del orden y guitarrero

“Viajamos muchas veces juntos y yo admiraba sus maletas tan ordenadas, cien veces mejores que las de una mujer. Primero doblaba toda su ropa, después la envolvía en papel de seda, y después, en una bolsa de plástico. Yo me sentaba a mirar cómo lo hacía. Eso demostraba lo organizado y perfeccionista que era. Pero ojo que no tenía nada de latero. Era el más gozador. Por ejemplo, recuerdo que cuando éramos jóvenes se hacía como un picnic en la playa de Hornitos. Ahí guitarreábamos y nos organizábamos para hacer diferentes tareas, como la de barman. A él le mataba servir un gin con Lautaro (ginger ale), con su perfecta torreja de limón y hielo.

En esos mismos días en Hornitos, además, teníamos un número artístico que mataba entre las mujeres: él tocaba en guitarra canciones que se sabía de los Chalchaleros o algunas en inglés, y yo recitaba unos poemas de la Gabriela Mistral que me sabía, o algunos que escribía yo. Las hacíamos todas: primero el bar, después el show, y ahí matábamos”.

(Juan Pablo Solís de Ovando)

El gusto de volar

“Guillermo era un tipo muy intenso. De hecho, después de que sacó el curso de piloto, no pudo parar: sacó la licencia de aviones con instrumentos para volar de noche, luego para aviones jet, y un día me contó que se compró en un remate dos aviones de las fuerzas armadas que, creo, eran franceses, de guerra. Esos aviones no tenían repuestos pero él quería volarlos, entonces no encontró nada mejor que comprarse dos. Yo le dije ¿para qué dos iguales Guillemo? Y me dijo, uno para volar y el otro para los repuestos”.

(Jaime López)

“Nos conocimos el 99, cuando fuimos convocados por el general de las FF.AA. de esa época a participar en un curso de reserva. Se bautizó como reserva Cóndor y en el grupo estaban Walter Riesco, Gustavo Romero, Hernán Boher, los dos Kauffmann, Joaquín Villarino, Hernán Briones hijo, Esteban Solari y varios más ligados al mundo empresarial. Éramos 13 y Guillermo es el cuarto que se nos va.

Estuvimos 6 meses en la academia de guerra de la FF.AA. para ser reservistas del Ejército. Nos juntábamos al menos dos veces a la semana y ahí aprendimos todo lo que un aviador debe saber. Muchos de nosotros no nos conocíamos. De hecho, yo no conocía a Guillermo, pero en esa circunstancia lo conocí de forma íntima durante mucho tiempo. Éramos re desordenados, era un chacoteo violento. Guillermo era un desordenado reprimido, muy bueno para la chacota, pero jamás la comenzaba.

Cuando juramos, nos pusimos “Los Coyotes”. No olvidaré la tremenda emoción de don Andrónico papá ese día. Guillermo fue el primero en ingresar a las Fuerzas Armadas (más tarde los hicieron Andrónico hijo y Jean Paul), porque desde antes tenía un pasión por volar helicópteros y jets.

Esa misma noche la comida de egreso se hizo en la casa de Guillermo, esto muestra lo comprometido y cumplidor que era. Siempre muy cuadrado, muy preocupado del uniforme (que siempre fuera el correcto de acuerdo a la ocasión) y muy preocupado del protocolo, recibir órdenes, dar órdenes, del uso de la espada, etc…

Muchas de las veces que teníamos que ir a algún ejercicio, nos íbamos en su avión. Ahí se mostraba muy abierto, muy buen amigo y compañero. Nunca hizo diferencias con nadie, ni económicas ni políticas, ni etarias ni nada; menos en sus momentos de la fuerza aérea. Lamentaba mucho no poder dedicarle más tiempo a esta actividad.”

(Mario Agliati)

“Nunca farsanteaba, era generoso y jamás comentaba lo que hacía en negocios. Te invitaba a comer y te atendía como un rey”.

(Jaime López)

“En su postura de vida, siempre veía el vaso medio lleno. Estaba siempre lleno de desafíos que llevó adelante con éxito, y no sólo de empresas. Tenía menos de 30 años cuando se hizo cargo de la presidencia de la Corma y se comprometió con eso a full. El gremio creció mucho y su gestión fue muy agradecida”.

(José Patricio Daire)

Transformar la suerte

“Era una persona que se atrevía a hacer las cosas, tenía su esquema de pensar, era novedoso, creía en la innovación, o sea, tenía muchas cualidades para ser un gran empresario. Pero lo que más me importa a mí, es que fue tan buena persona con la Teletón. Tenía una relación muy cercana, incluso durante un tiempo fue director de la fundación. Este vínculo se afianzó los últimos años y él se preocupaba personalmente de cómo ayudar.

Era muy comprometido con los proyectos, no iba a calentar asiento en los directorios. Trabajaba, sabía cuáles eran los puntitos importantes y no hablaba generalidades, porque hay muchos directores que repiten lo mismo que los otros. El era una persona que buscaba siempre el lado novedoso, pero tampoco se quedaba solamente con la innovación. Tenía un esquema muy equilibrado.

Guillermo supo agarrar la suerte y las buenas oportunidades. Para tener suerte hay que trabajar mucho también, pero él era hábil y además sabía que podía hacer las cosas de nuevo; entonces no le tenía miedo al fracaso. No tenía miedo a vender una empresa, por ejemplo, porque después podía comprarla de nuevo. No era esa cosa que uno dice: no, esta es una empresa que la hizo mi papá, entonces no la puedo vender. El era práctico. Hay gente que cree que si vende una empresa, nunca más va a ser empresario, pero él sabía que ese dinero lo iba a poder aprovechar en otra oportunidad porque tenía buen ojo y tenía también garra para meterse”.

(Carlos Alberto Délano)

“Yo no participé en la llegada de Guillermo a la Sudamericana, pero es cierto que él tomó los riesgos y sacó un negocio adelante. Y bueno, eso lo hemos visto. Esto significaba una gran capacidad de trabajo y compromiso. La compañía pasó momentos muy difíciles y situaciones dramáticas, y sin duda su fuerza fue clave. Me llevé, además, una muy grata impresión de una persona muy afectuosa”.

(José de Gregorio)

“Era extremadamente reflexivo, profundo y prudente a la hora de hacer negocios. No le gustaba dejarse presionar por prisas ajenas, pero cuando veía la urgencia y el momento, era muy rápido y decidido. En todos nuestros negocios en CCU enfrentamos enormes oportunidades de crecimiento y expansión, pero también amenazas y adversidades. Guillermo, sin desconocer las amenazas, siempre puso su foco en las oportunidades, pues creía que crecer era el mejor antídoto contra la adversidad”.

(Patricio Jottar)

La despedida

“En enero de este año me llamó y me dijo: ¿dónde estás? Yo iba camino a Viña como a las 5 de la tarde con mi señora, y me pregunta si nos podemos ir a Tabalí. Nosotros teníamos unos compromisos programados y se nos complicó ir a La Serena. Obviamente ahora entiendo mejor el sentido de ese llamado”.

(Diego Hernán Vicuña)

“Esa comida que tuvimos en diciembre fue muy especial. Hablamos mucho del pasado, del colegio, de las cosas que hacíamos. Hay una anécdota de la que nos reíamos mucho. Unas tres veces nos escapamos por la ventana del colegio y nos fuimos al aeródromo de Tobalaba. Guillermo estaba recién haciendo el curso para volar, y creo que no tenía ni licencia de manejar autos todavía. No sé cómo arrendaba un avión y perdíamos clases dando una vuelta. Lo peor era que se trataba de un avión que no tenía instrumentos, no tenía radio, así que para aterrizar yo miraba para atrás y él me preguntaba si la luz de la torre estaba verde o amarilla. Yo la verdad, no veía nada, pero llegábamos sanos y salvos. Algo muy divertido, y muy de él, era que antes de volar llenaba religiosamente la hoja de vuelo, aunque eso nos demorara y nos podrían pillar. Recuerdo que nos matamos de la risa esa última vez que estuve con él”.

(Jaime López)

“Estuve con él hasta el final. Siempre decía: “oye, cuando salga de esto voy para allá, voy a hacer esto”. Siempre fue un optimista, pero realista. Sabía que el cáncer era complicado, pero no se derrotó. Una vez me dijo que la moneda estaba en el aire y que podría caer del lado suyo, o del otro. Guillermo estaba preparado para los dos”.

(Juan Pablo Solís de Ovando)

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El socio capitalista

Por Carla Sánchez

A las hermanas Andrea y Celia Eluchans les llamo la atención que cuando le presentaron la idea de Revista Capital a Guillermo Luksic, el empresario no lo pensara dos veces y, sin preguntar demasiado, decidiera financiar una apuesta que “con suerte iba a recuperar la inversión”, como le advirtieron.

Llevaban meses trabajando junto a Héctor Soto en un nuevo proyecto. Los tres habían coincidido en la editorial Lord Cochrane, que editaba las revistas Paula, Mundo Diners y Elle, entre otras. “Falta una publicación dedicada a los hombres. Algo que mezcle política, economía, cultura y estilo”, pensaron el año 1995.

Andrea había conocido a Guillermo en los 70, cuando tenía el pelo largo y guitarreaba con sus amigos. Le comentó sobre el proyecto que se traía entre manos a lo que él respondió entusiasta: “Preséntamelo”. Fue así como sorteando pasillos llenos de consultas de dentistas llegaron a su oficina, ubicada en ese entonces en la calle Agustinas, con una rudimentaria carpeta. A Luksic le encantó la idea pero hizo una observación: “Me parece bien la mezcla de economía, política y cultura, pero el eje tiene que ser los negocios”, recuerda Celia Eluchans. Y el tiempo demostró que tenía razón. “La revista se posicionó muy bien en ese nicho”, agrega.

“Un hombre extremadamente afable, simpático, bastante gozador, de buen sentido del humor, buen talante. Con poco apetito mediático. Nada”, comentó Héctor Soto en su programa Terapia Chilensis, de Radio Duna. Después de meses de trabajo, Revista Capital debutó en julio de 1996 con Sebastián Piñera, Álvaro Saieh y Carlos Alberto Délano en portada. “Tres balazos… y con pólvora para rato”, tituló el primer ejemplar.

Para celebrar el primer número, el equipo de 8 personas se reunió en el sucucho de calle Málaga, donde funcionaba la revista. “Guillermo había quedado de llegar como a las 8 de la tarde, pero se atrasó un poco. Pensamos que no iba a llegar y apareció justo cuando ya nos habíamos tomado todo el vino. Partí a la salita de al lado y en un vaso plástico junté varios conchos y se lo pasé para que celebrara con nosotros. ¡Se lo tomó feliz!”, recuerda la ex directora editorial, Celia Eluchans.

Una de las principales características del “socio capitalista” es que nunca se metió en el contenido de la revista. Los temas se resolvían en la reunión de pauta. Luksic nunca quiso escribir una columna ni menos leer un artículo antes de publicarlo. “Nos dio carta blanca desde el primer día. En mis 10 años de directora editorial, Guillermo me llamó dos veces. Una fue para contarme que un importante empresario estaba preocupado por un tema que estábamos preparando. Le dije que ya teníamos todo reporteado y que el tema iba a ser publicado. Lo único que me pidió fue que el artículo fuera equilibrado”, recuerda Celia.

“Guillermo jamás usó la revista en su beneficio”, complementa Andrea quien con Carolina Schmidt –la ex gerente general de Capital– solían reunirse con él en su oficina para analizar los números y tomar decisiones, como el posicionamiento de la marca a través de seminarios y ferias laborales, negocios que se transformaron en ingresos importantes.

No era común verlo por los pasillos de la revista. Pero las pocas veces que fue siempre saludó a todos e incluso se sabía el nombre de varios. “Emocionalmente estaba muy involucrado con este proyecto”, recuerda la periodista Paola Doberti. “Era una persona muy empática y generosa. Cuando empecé a escribir sobre vinos me invitaba a visitar viñas y conversar con sus asesores para que aprendiera más. Le encantaba mostrar sus cavas y estaba orgulloso de su Tabalí”, agrega.

El segundo tiempo

Los 5 años de Revista Capital fueron celebrados en grande. “Esta revista abrió una veta de mostrar a los empresarios en su lado más humano, no en su vida privada porque eso lo fijamos como límite desde el principio. Pero logramos que contaran su historia, sus experiencias y también cosas más difíciles de reconocer como sus fracasos. Fuimos más allá del negocio duro”, explica Celia.

La mañana del miércoles 24 de agosto de 2005 el equipo confirmó los rumores que venía escuchando hace un tiempo. La revista –junto a la ED y Paparazzi– fue vendida al empresario Ricardo Claro, quien anteriormente se había convertido en el controlador de Diario Financiero. Luksic concentraba más del 80% de la propiedad de la revista, mientras que las hermanas Eluchans junto a Héctor Soto tenían cerca del 17%. La operación superó los 6 millones de dólares.

¿Por qué Luksic vendió Capital? “Negocios son negocios”, dicen los entendidos. “Se le dio la oportunidad y además fue una buena negociación. Se convirtió en algo tan valioso que era impensado que se vendiera en más de 6 millones de dólares, volver a repetir esa hazaña es muy difícil”, piensa Andrea Eluchans.

“Nuestro equipo tenía una mística maravillosa, todos trabajábamos felices”, recuerda Celia. Algo con lo que Guillermo estaba totalmente de acuerdo. Por eso cuando convidó a sus socios minoritarios a comer, luego de la venta y éstos le plantearon que creían que todo el equipo merecía un bono, estuvo de acuerdo en hacerlo como reconocimiento al valor que le habían dado a la revista. •••

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Ovalle made in Luksic

Por Cristina Goyeneche

Los templados días de febrero acompañaron a Guillermo Luksic en su última visita al lugar que más quiso en esta tierra, su casa de campo en Ovalle, sus parras desperdigadas de mar a cordillera en el valle de Limarí. Tras mirar el vergel levantado en más de 3 mil hectáreas, emprendió el regreso a Santiago, a una habitación de la clínica Las Condes.
Fueron días únicos en los que Guillermo Luksic no hizo nada distinto a lo habitual en cada una de sus visitas a la viña, las que, por cierto, eran cada fin de semana que podía.

Esos días de febrero estuvo junto a su equipo, preguntó, los desafió a nuevas cosas y conversó cada detalle ligado al lanzamiento del próximo proyecto: el espumante Tabalí. Cataron, pensaron y hablaron de las primeras 1.500 cajas que lanzarían al mercado. Héctor Rojas, su viticultor, no puede creer que en esos días su cabeza estuviese en algo tan mínimo. Gesto que, por lo demás, abulta el retrato que sus cercanos han dado de él. Nadie deja escapar que un empresario de su talla se juntara en vivo y en directo con los compradores de sus primeros vinos, entrevistara a los ejecutivos sub 40 con quienes armó la dirección de la viña, se quedara en reuniones pasadas las 10 de la noche, escogiera etiquetas, revisara el color de los muebles de la cava y caminara con arquitectos buscando los mejores emplazamientos para su bodega.

Nostalgia. Buenos recuerdos. La magia del valle. Una mezcla de sensaciones, más que razones, fue lo que llevó a Guillermo Luksic a colonizar una zona que para cualquier ojo no eran más que tierras sin fortuna. Luksic no lo vio así. Estaban sus recuerdos, de esos veranos vividos en la casa de los Mac Pherson. Estaba la estela que décadas antes había dejado su madre, esa mujer de metro ochenta, morena y buenamoza que murió tras ser operada del corazón cuando él, Mangengo, recién pasaba los dos años. Guillermo Luksic supo que Ena del Carmen Craig Monett, la mujer que al partir les rompió el corazón a todos, en especial a su padre, fue enviada desde Antofagasta para que se educara en el mejor colegio nortino de esos años, Amalia Errázuriz. Ahí estudió y armó lazos, amistades, las mismas que Guillermo, sin querer queriendo, redescubrió de adulto.

Cuando su amigo el agrónomo Rodrigo Mondaca le propuso a comienzos de los 90 que trabajaran juntos, Luksic le puso un pie forzado. “Si tengo que elegir un lugar donde tener un campo, lo tendría en Ovalle, en el valle del Limarí. Si lo encuentras, te haces cargo”. Y así fue. El mismo Luksic contó que la compra fue por teléfono. Estaba en Nueva York y las tierras se rematarían en cuatro días. Mandó un par de emisarios que le confirmaron el diagnóstico: “te va a encantar”. El peladero, con una pequeña construcción de adobe, era la Hacienda Santa Rosa de Tabalí, que pisó apenas tocó suelo chileno sin tener una idea clara. Pronto, con sigilo y sin descanso, comenzó a plantar las 2.700 hectáreas.
El 2003, sin tener bodega propia, obtuvieron dos de las nueve medallas que entregó el First Annual Wines of Chile Awards. Tabalí Reserve Syrah y Special Reserve Chardonnay fueron los mejores en su variedad.

Era hora de levantar una bodega propia, pensó Luksic. Y la encargó al arquitecto Samuel Claro. En una de las quebradas del Valle del Encanto se proyectó una gran bodega abierta que sólo está flanqueada por rocas y vegetación autóctona. La decoración quedó en manos de Paula Gutiérrez, bajo supervisión directa de Luksic en todas las elecciones, como el símbolo de Tabalí tallado en la roca y los bocetos en carboncillo del mural de más de cuatro metros de largo que pintó Guillermo Lorca.

El trabajo con Samuel Claro fue más allá de la viña. El arquitecto fue el encargado de darle vida nueva a una de las principales arterias de la ciudad de Ovalle. Se trata de una subida de la avenida principal que termina en el colegio Amalia Errázuriz, calle que hoy lleva por nombre Ena Craig. En completo abandono, de la mano de Luksic llegaron luminarias, veredas de cascajos de piedra uniformes y la plantación de decenas de palmeras traídas de su vivero en Tabalí, y la reforestación total de un borde de cerro. En la oficinas de Samuel Claro quedaron, con la muerte de Guillermo Luksic, dos proyectos que pensaban abordar en conjunto. Uno, aún en etapa de sueños, era levantar un museo arqueológico en Ovalle. El segundo, ya bastante más avanzado, construir un almazara para albergar el fruto de las 500 hectáreas de olivos plantados en la hacienda y que ya están próximos a dar su producción.

Pero Luksic no abandonó Tabalí del todo. En el mural que pintó Lorca aparece un hombre de pelo largo y aro en la oreja, que se calienta junto al fuego en las tierras del Valle de Limarí. Un hombre llamado Guillermo Luksic. •••