• 5 septiembre, 2008

 

El escritor Gonzalo Garcés vuelve a adelantarnos un libro que pronto esperamos traducido en las librerías locales. Sobre todo, cuando se trata de uno que nos adentra en el verdadero fenómeno chino. Por Gonzalo Garcés.

 

 

¿Hacia dónde va China? ¿Qué podemos esperar de la próxima superpotencia? Estas preguntas no son nuevas; pero el boom económico que comenzó en los años 90 y no da signos de detenerse, combinado con el declinar comparativo de Estados Unidos, las han vuelto populares. Por estos días, los Juegos Olímpicos de Pekín han inspirado comparaciones inquietantes. Un columnista del New York Times evocó las Olimpíadas de Berlín en 1938: la sombría magnificencia de aquel evento fue un mensaje enviado por aquel otro gobierno totalitario al mundo. El mensaje era claro: nada podrá detenernos.

Para quienes quieran hacerse una idea de la China actual basada menos en fantasmas y más en hechos, China Road puede ser útil. Su autor, el periodista Rob Gifford, pasó seis años en China antes de emprender un largo viaje a lo largo de la ruta 312, que cruza el antiguo imperio desde Shanghai hasta la frontera con Kazakhstán.

De ese viaje surge este libro, por el que desfilan las contradicciones, arquetipos y rarezas de la nueva China: ricos industriales, gurús informáticos, campesinos descontentos, artistas posmodernos más salvajes que cualquier occidental.

Si una palabra definiera a esta China, sería implacable. Implacable fue la destrucción operada en los 60 por Mao Tsé-Tung; implacable, el capitalismo en años recientes. De acuerdo con Gifford, estos hechos están conectados. ¿Qué hace diferente al capitalismo chino? Que tiene lugar, por así decirlo, en el vacío. En 1912, tras un siglo de humillación a manos de las potencias occidentales, las élites se convencieron de la necesidad de reformas; éstas casi precipitaron la disolución de China como entidad. Mao logró reunificarla, pero completó su vaciamiento interior al destruir la ética confuciana que había vertebrado a la sociedad durante dos milenios. Como resultado, los empresarios chinos de hoy son más inescrupulosos que sus contrapartes occidentales; los funcionarios del Estado, más corruptos; sus científicos y artistas, más audaces: en la China del siglo XXI todo es posible; todo, imaginable.

 

Varios aspectos del desarrollo chino que salen al encuentro de Gifford quitan el aliento. El delta del río Yangtsé alberga hoy un parque industrial del tamaño de Portugal. Esta área genera cerca del 20% del PIB chino; si fuera una nación independiente, su economía sería mayor que la de Nueva Zelanda. En Hefei, el Silicon Valley chino, carteles oficiales exhortan: “Revivamos a la nación mediante la educación y la ciencia”. Y cuando los planificadores de Pekínordenan, ponen en marcha movimientos tan difíciles de detener como un maremoto. Hoy los técnicos en software chinos son tan capaces como sus contrapartidas norteamericanas, pero ganan treinta veces menos. La “Ciudad de la Ciencia”, en las afueras de Hefei, es un polo tecnológico desarrollado por inversiones estatales que superan los dos mil millones de dólares. No es necesario comparar la magnitud de estas iniciativas con cualquiera intentada en Latinoamérica. En cambio, explica por qué Europa y Estados Unidos ven a China con admiración e inquietud.

 

¿Cuán justificada es esa inquietud? Gifford matiza: China puede considerarse una amenaza, si se contabiliza la cantidad de empleos occidentales perdidos en beneficio de sus usinas. Por otra parte, China compra bonos del tesoro norteamericano, contribuyendo así a mantener las tasas de interés bajas; sin esto, puede argumentarse que la mala performance de la economía norteamericana se habría convertido ya en recesión. En cuanto a Chile, baste recordar que durante 2007 el comercio bilateral directo con la potencia asiática aumentó un 76,3%. Hay economías nacionales enteramente sostenidas por la demanda china; las hay también perjudicadas por el alto precio del petróleo, que a su vez se atribuye en parte a aquella demanda. Gifford concluye así con una paradoja que atraviesa la época actual: necesitamos que China aminore su marcha triunfal, pero almismo tiempo necesitamos que prosiga.