• 29 julio, 2011



¿Qué tiene de particular la educación –en relación a otras actividades humanas– que algunos cuestionan la obtención de ganancias en ella?


“Queridos alumnos: En la clase de hoy trataremos el tema del lucro; en particular, el lucro en la educación. Pero antes es necesario ponernos en contexto y ver cómo opera este mal de males en nuestra sociedad.

¿Me van a creer que hay gente que lucra con el hambre de la gente? Sí. Se hacen llamar “supermercados y almacenes”. Los hay de todos tamaños y formas. Cometen una particular pero tremenda inmoralidad: cobrar por los alimentos que venden, tan esenciales para la vida humana. En esto hay involucrados oscuros personajes que son parte de esta verdadera asociación ilícita: gondoleros, pequeños agricultores de hortalizas, temporeros y toda clase de personas sin moral alguna que incluso cobran por sus servicios de cultivar alimentos.

Hay otros peores que, incluso, lucran con la salud de la gente: se llaman farmacias, y tienen la desfachatez de cobrar por los remedios que venden. Quizás existen otros aún más inmorales que cobran por el agua (elemento esencial para la vida humana); otros, por la electricidad (qué sería de nosotros sin ella); el gas; el transporte; las flores; las reparaciones domésticas, la vivienda, los medios de comunicación; las artes; el deporte; la construcción; los servicios profesionales… ni siquiera quedan fuera las colectas ni las limosnas. Total, sus destinatarios terminan lucrando.

Toda actividad humana es demasiado sagrada como para lucrar con ella. Y lucrar no sólo es una palabra fea, sino también mala. En definitiva, somos un país de delincuentes, inmorales sin remedio que tenemos la osadía perversa y mercantilista de cobrar por el trabajo o el servicio que realizamos, lucrando con las demandas de la gente por ese trabajo o servicio. ¡Qué nos hemos creído, querer ganarnos la vida con las necesidades de los demás! Y mientras más honesto y bien hecho sea el trabajo, más inmoral es cobrar por él.

Pero existe una solución muy fácil a todo esto, que –lamentablemente– sólo se nos vino a ocurrir en el siglo XXI en Chile: eliminemos el lucro. Lo primero sería partir por la política. ¡Y es que cómo una actividad tan noble puede ensuciar sus manos con dinero! Sería un primer paso para volver a tener un servicio público de calidad y políticos de excelencia que no cobren nada por su trabajo (porque eso sería lucrar con las esperanzas de las personas y la democracia, ya que utilizan fondos públicos). Luego sigamos con todas las empresas, microemprendedores y trabajadores independientes. Finalmente, con los empleados que prestan sus servicios a cambio del vil dinero.

¿Se dan cuenta de cómo ahora estamos todos felices y en paz? Hemos eliminado el lucro y ya nadie puede cobrar por lo que hace. Todo, gracias a que un grupo de iluminados seguidos por una masa formidable de ustedes mismos, que salían a protestar a la calle, apoyados por instruidos líderes formados en colegios públicos (sin tener vinculación siquiera remota con eso que llaman partidos políticos), fueron capaces de darse cuenta de que el lucro en la educación era malo, y que al desterrarlo iba a mejorar la educación chilena; sobre todo, la pública. Un momento: se supone que querían una mejor educación… para así poder conseguir un mejor título profesional o técnico… lo que les permitiría tener un mejor trabajo… que les ayudaría a tener mejores ingresos… o sea, ganar dinero. Esperen; ¿acaso eso no se llamaba “lucro”? Ah, no. Eso sí que no se los permito, alumnos. Desde este instante deberán dejar sus estudios porque la educación –si bien les va a permitir ser personas más instruidas– también les va a permitir primordialmente una cosa: lucrar. Y el lucro (ya lo dijeron los iluminados) está PROHIBIDO en la educación. ¿No ven que nosotros, como profesores, le pedimos cada año al Estado y a nuestros empleadores que nos bajen el sueldo? Ojalá el gobierno entienda nuestras demandas y termine por eliminar la totalidad de nuestra remuneración, para así desterrar todo lucro en la educación”.