Algo sacó a Sebastián Piñera de la ruta empresarial. Tomó la caletera de la vía social y allí encontró un atasco del porte de la ex presidenta Bachelet. ¿De dónde esa idea de insistir en la agenda social? ¿Cuánto rédito podría darle? ¿Por qué vivir a la sombra de la ex?


La baja en las encuestas del presidente tiene varias aristas. Las primeras argumentaciones se cobijan en la débil performance del mandatario en los atributos blandos, que van desde que lo suyo es un problema de confianza –no logra cruzar el mágico umbral que logre trasladarlo a los terrenos de la credibilidad–, hasta una que es más dramática: lo que pasa es que no lo quieren.

A otros les gusta argumentar con conocimiento de causa y hablan desde la intimidad, aunque no dejan entrever una salida: lo que pasa es que Sebastián es así, tu sabís, no suelta la pelota, le gusta estar en todas y se sobreexpone, o improvisa. Los más pragmáticos la tienen clara: falta diseño estratégico, habría que haber evitado el enredo con Bielsa, o lo de la Van Rysselberghe, o lo de Magallanes… O sea, el problema es que todo está bien, pero son los hechos episódicos los que se le cuelgan como anclas, impidiéndole subir en las encuestas.

Piñera no salió electo por ser el más confiable, el más generoso ni el más infalible.

A Piñera, el país lo llevó a la presidencia por ser el más rápido del curso. El que si se necesitaba hacer un atajo, un atajo haría. El que haría todo para tener un gobierno exitoso, porque era lo que le faltaba. Era el que pondría toda su experiencia a disposición de un gobierno ganador. El que permitiría que los empresarios jugaran todas sus fichas. Un gobierno empresarial. Era la vía Piñera al desarrollo.

Y empezó muy bien. Puso un equipo técnico al frente de los ministerios de primer nivel; a las semanas estaba claro que su tema era gestión y que la cosa iba bien: bastaba mirarlo y uno se cansaba. Creo que todos sentimos que no había nadie como él, con la energía para echarse el terremoto al hombro y ponerse manos a la obra. Fue un alivio. Excelente trabajo.

Pero al rato, algo lo sacó de la ruta empresarial. Tomó la caletera de la vía social, y allí encontró un atasco del porte de la Bachelet. ¿De dónde esa idea de insistir en la agenda social? ¿Cuánto crédito podría darle? ¿Por qué vivir a la sombra de la ex?

La dimensión social de su gobierno ciertamente ha servido para reducir a la mitad el capital político de la Concertación. Pero al estar lejos del sello que se espera de su gobierno, éste se torna asistencialista y, sobre todo, oportunista; lo que, a su vez, redunda en mayores problemas de credibilidad.

No es su ruta.

Una de las tareas notables de Piñera ha sido reivindicar el carácter del servicio público. Ha logrado llevar a personeros de alto perfil del sector privado al gobierno que, lejos de vivir conectados a los terminales de Bloomberg, sacrifican vida familiar y económica por la ambición de servir al país. Y por extensión, ha servido para revalorizar el papel de los funcionarios públicos: en el Estado se trabaja, y hasta a altas horas; es complejo y difícil, los desafíos son nobles; no es chancaca, se requieren talento, esfuerzo y perseverancia.

Pero ello es insuficiente. La tarea es de doble vía: no consiste sólo en llevar a los empresarios al gobierno, sino también en fomentar en el ámbito privado el interés por lo público. Por ejemplo, impulsando una agenda público-privada que otorgue un espacio activo y creativo al rol de los empresarios en el indefinidamente pospuesto desafío de llegar a ser un país desarrollado.

Si el aporte de la Concertación fue legitimar el rol del Estado en el desarrollo del país, el legado del gobierno de Piñera –de la Alianza– debería ser el de legitimar el rol del sector privado para alcanzar el desarrollo económico a que el país aspira.

Se le otorga demasiado valor a la foto con la señora Juanita, en desmedro de la foto con el señor empresario. Mientras existan asesores que lo mantengan convencido de que aquella foto no le aporta, se estará estigmatizando el rol empresarial. El sello y la oportunidad histórica de Piñera son el resultado de la complicidad positiva entre su gobierno y el sector privado. Aunque ese producto de interés país todavía no emerge.

No es un tema de más ingresos –de hecho, el país ha retomado la senda del crecimiento–, como tampoco de atreverse a tomar medidas impopulares que, supuestamente, son las que crean riqueza, sino de promover una agenda de consenso con el sector privado, que exprese una visión compartida de desarrollo, de alto interés ciudadano… Con ideas abiertas, transparentes, frescas, sorprendentes e innovadoras. Hablar de crecimiento, de inversiones, pero también de algo novedoso, de algo que marque la diferencia respecto al rol que el sector privado ha tenido hasta ahora –en los últimos 25 años–. Ya todos tienen claro que no sólo se trata de hacer caja, como no todo puede estar sujeto al gasto público. Lo distintivo del gobierno de Piñera puede ser alcanzar este nuevo equilibrio.