• 10 marzo, 2010


Ojalá la figura de este extraordinario ser humano, hoy fuera de este mundo, remueva nuestros corazones y nos acerque con un renovado espíritu de sobriedad a los más pobres.


A nadie dejó indiferente la muerte del padre Poblete. Todo Chile se detuvo, rezó, dio gracias a Dios por este hombre extraordinario. Su funeral fue emocionante. Llegaron desde las más altas autoridades políticas hasta el hombre y la mujer más sencillos. Muchos obispos, sacerdotes y seminaristas oraron por él el día de su despedida. Las calles se llenaron de flores y un señor, cuando el féretro salía de la iglesia de San Ignacio, sacó una trompeta y se puso a tocar una marcha fúnebre. Emocionante. El corazón
ardía en todos quienes allí estábamos. Todos los presentes teníamos un denominador común: ser amigos del padre Renato.

¿Por qué tanta conmoción? La razón es una sola. Fue un líder que, con sencillez y simpatía, conquistó el corazón de los chilenos, creyentes, no creyentes, o fieles de distintas religiones. Simpático, entretenido, abierto a lo que acontecía a su alrededor, pero, sobre todo y ante todo, un hombre de Dios, un sacerdote jesuíta entregado al servicio de los demás en virtud de su fidelidad al mandamiento de todos los mandamientos: amar a Dios por sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo.

Al padre Poblete se le conocen muchas facetas y obras. Se tuteaba con empresarios y con sindicalistas, se conocía la doctrina social de la Iglesia al revés y al derecho y la daba a conocer. No se imaginaba una vida digna de ser de vivida y auténticamente humana sin un espíritu de fraternidad. El se dedicó a construirla. Puso piedra sobre piedra, hasta armar un castillo maravilloso en múltiples sectores de la vida nacional. La verdad es que enumerar los lugares y las obras donde imprimió su sello de prudencia, pasión, inteligencia y compromiso evangélico sería muy difícil, por lo numerosas y variadas que fueron. Muchas, ni siquiera conocidas por la opinión pública; especialmente, las que tienen que ver con la formación de personas y su labor de confesor y consejero espiritual.

Era un hombre tremendamente creativo. Solía llamarme por teléfono o visitarme con bastante frecuencia para darme ideas que pudiesen ser implementadas en la Iglesia de Santiago. La última propuesta fue la de adquirir un departamento en cada nuevo edificio que se construyera para realizar labores pastorales y formásemos comunidades. Hay que estar más cerca de la gente, decía. Le preocupaba sobremanera la soledad de los chilenos, fruto de las extensas horas de trabajo y de la falta de contacto de los jóvenes con sus padres.

El padre Poblete fue un hijo predilecto del Concilio Vaticano II, en que se insiste en la vocación a la santidad como lugar común de todo bautizado y se comprende a la Iglesia como servidora de la sociedad, a través del anuncio del Evangelio que da vida y sentido auténticamente humano a la actividad del hombre en el mundo.

Como buen jesuíta, no le temía al mundo, lo amaba y se sentía muy cómodo en los lugares de fronteras, dando su testimonio evangélico. Era un innovador y su método encontró eco en miles y miles de personas que se sumaron a la obra de sus ojos, el Hogar de Cristo.

Era incansable. Estaba en todas partes. El sentido de urgencia marcó su vida. Hablaba con fuerza y gran convicción; hablaba a todos y con todos se comportaba de igual manera. Contra viento y marea y desde los tejados nos recordaba a todos que los pobres no podían esperar. Y se hizo oír. Pero más que con su palabra, con su vida. Era un convencido de que la sociedad hoy le da más crédito a lo que ve que a lo que oye. No sólo estuvo al servicio de los más pobres, sino que convivió con ellos muy de cerca. Y preocupado por esta división cada vez más notoria entre los que tienen más y los que nada tienen, les dijo a los primeros, sin resentimiento alguno, sino que por el sólo celo que lo movía, vengan y vean. Creó muchos puentes. Muchos fuimos, vimos y quedamos cautivados.

El le cambió la vida a mucha gente. Tanto sea sacando de la pobreza a muchos y generando posibilidades
de cambio en sus vidas como a los que les hizo ver que vale la pena dar para una causa tan noble como ayudar a los más desposeídos.

Al padre Poblete le interesaba el hombre, cada uno de ellos, y pensaba que desde el hombre más sufriente había que emprender la misión que Dios le encomendó. Hombre culto, con estudios de postgrado e impulsor de iniciativas que permitieran conocer más a la sociedad y sus vicios para actuar de manera orgánica y eficiente, no se dio tregua para mitigar el dolor de los demás.

El no era un hombre ideologizado. Su obra era apostólica en virtud del amor que al mismo Dios le tenía y a la Iglesia, especialmente a la Iglesia sufriente. Lo recordaremos como a un hombre bueno, como a un sacerdote digno de imitar, como a un chileno que fue capaz de sacar lo mejor de sí y de entregarlo sin esperar nada a cambio. A pesar de los múltiples vínculos sociales que tejió durante su vida, siempre fue un hombre austero. Entre las numerosas iniciativas emprendidas por el fallecido sacerdote hay una que le produjo una cierta frustración. Lo conversamos en alguna oportunidad. No pudo lograr que las celebraciones de los matrimonios y las fiestas fueran más sencillas y austeras y que ese día tan significativo para quienes se casan y sus padres fuera una hermosa posibilidad para compartir con los que nada tienen. Le dolía la ostentación de algunos, porque hería aquello que él más quería: la dignidad de los que no tienen un techo para cobijarse, un plato de comida caliente y con qué vestirse. Quién sabe si su figura, hoy fuera de este mundo, remueva nuestros corazones y nos acerque con un renovado espíritu de sobriedad a los más pobres.