La típica respuesta argentina a la pregunta “¿y che, cómo estás?” es simple y lacónica: “y… remando”. Que quede claro: por definición, la vida es dura.
Esa parece ser la situación del presidente Piñera. No sólo por los terremotos, incendios y otras inclemencias azarosas. No sólo por las masivas movilizaciones sociales. No sólo por la manifiesta hostilidad de tantos que no lo quieren. O por la agresividad de la oposición, sino también por la decisión de los propios de desatar los vientos que más les agradan, que son los vientos de fronda. Parece que la moda es hacerle la vida imposible al presidente. Convengamos en que ese es el costo que paga un jefe de Estado por ser impopular.
La percepción generalizada es que Piñera rema contra el viento. Ese juicio ya traspasó fronteras. La prensa internacional no sólo le achaca mal manejo, sino también mala suerte. Y como nos enseñó el maestro Macchiavello, el ejercicio de la política, para ser exitoso, requiere voluntad, sabiduría y también algo de buena fortuna.
Como consuelo se recuerda que tanto en el caso de Lagos como en el de Bachelet, la segunda mitad del periodo de gobierno fue mejor en popularidad que la primera. Según la encuesta CEP, Lagos pasó de 47% de aprobación a fines de 2003 a 59% al término de su gobierno en el 2005. Con Bachelet la cosa fue más extrema, pues saltó de un modesto 39% en 2007 a cerrar su administración con un 78% de apoyo en 2009.
De la interpretación de los datos se extrae que la adhesión no sigue reglas estables. En el sexenio de Lagos la popularidad de su gobierno fue creciendo de la mano de la prosperidad y de un fuerte programa de acciones públicas. El caso de Bachelet fue distinto: su apoyo se incrementó en medio de la severa crisis iniciada en 2008, con la economía casi estancada, arremetiendo con su poderoso carisma y un conjunto de medidas de mitigación.
En lo político, Lagos acumuló en su gabinete a un conjunto de presidenciables (la propia Bachelet, Insulza, Alvear, Bitar, Ravinet). La potencia de la coalición era tal que produjo por unanimidad una opción presidencial ganadora. Contradictoriamente, mientras su apoyo crecía a niveles sin precedentes, Bachelet vio dividirse a la DC, al PS y al PPD. Al final del gobierno, la Concertación perdió la elección presidencial y la mayoría electoral, en medio de la fragmentación de su propia fuerza.
Lo evidente es que no hay recetas. Pero si el gobierno quiere modificar este curso negativo debe sacar lecciones de lo que pasó en nuestro país el año pasado. Y a partir de esa reflexión sobre la sociedad y sus reclamos, la indignación o la insatisfacción de los ciudadanos, armar una nueva estrategia.
De repente pueden surgir convicciones distintas para el cierre del cuatrienio piñerista. Algunas que, por de pronto, den pie para abandonar aquellas identidades fallidas tales como el “delivery” o la nueva gestión, que fracasaron (en seguridad pública, a niveles impensables), no se percibieron o se valoran apenas como deberes obvios de toda administración.
¿Es posible un nuevo relato? ¿Es posible proponerse la idea de un gobierno que se la juega por resolver cuestiones de fondo y que termina al final de su mandato con una sociedad más cohesionada que la que recibió al inicio? En ese cuadro, la encuestologia y la popularidad quedan relegadas a un segundo plano y otros tópicos pasan a ser más importantes en la evaluación final de la administración. Por ejemplo:
1. Si logra capear con éxito las dificultades económicas del año que se inicia, en particular en materia de ingresos y empleo de los chilenos pobres y de clase media.
2. Si concreta grandes acuerdos en temas tributario y electoral. En lo tributario, que haga el sistema más equitativo y en lo electoral, que lo haga más competitivo.
3. Si concluye el trámite legislativo de un paquete sustantivo de proyectos que mejoren el acceso y la calidad de la educación.
Nada de esto es fácil. Pero nada es imposible. Todas son tareas que requieren de mucha decisión. Exigirá, en su momento, pelearse con los propios (la principal fuente de liderazgo en la política moderna). Quizás sea necesario un nuevo cambio de gabinete. Quizás se deba acentuar el bajo perfil del primer mandatario para minimizar sus reiterados errores comunicacionales.
En todo caso, si la coalición gubernamental obtiene un buen resultado en las elecciones municipales y si la Alianza gana las próximas presidenciales, habrá un balance más condescendiente con Piñera. Probablemente algunos apuesten todo a esa carta. Sin embargo, el riesgo –para lo que queda– es uno y simple: la irrelevancia total. Si se pretende un destino distinto, será imprescindible enfocarse en un legado más trascendente. La gran pregunta es si habrá ganas, voluntad y tiempo para ello.