Durante los últimos veinte años me ha tocado estar en Montevideo en repetidas ocasiones. Un par de veces por trabajo y varias otras por placer. En todas estas oportunidades me tocó alojar en el centro de la ciudad. De hecho, guardo gratos recuerdos de una estadía en el entonces Victoria Plaza (actual Radisson) y también […]

  • 21 febrero, 2013
Montevideo, Uruguay

Montevideo, Uruguay

Durante los últimos veinte años me ha tocado estar en Montevideo en repetidas ocasiones. Un par de veces por trabajo y varias otras por placer. En todas estas oportunidades me tocó alojar en el centro de la ciudad. De hecho, guardo gratos recuerdos de una estadía en el entonces Victoria Plaza (actual Radisson) y también de varios otros pequeños hoteles más bien económicos ubicados en algunas de las calles que cruzan la Avenida 18 de julio. Y aunque todas las anteriores fueron grandes estadías en Montevideo, hace algunos meses pude repetir una visita de placer a la ciudad y esta vez decidí instalarme sobre la costa, más específicamente en el barrio de Punta Carretas. Al final, la elección no pudo ser mejor.

Ubicado entre los barrios de Parque Rodó y el muy conocido Pocitos está Punta Carretas, un agradable barrio residencial de Montevideo que se caracteriza por tener una buena mezcla de edificios en altura y casas de fachada continua y bungalows, calles arboladas y espaciosas áreas verdes. A todo esto se suma una buena cantidad de servicios como cines, restaurantes de varios estilos, hoteles, librerías, mucho comercio minorista y hasta un mall, el Punta Carretas, que albergó una cárcel hasta fines de los años 80 y aún conserva algunos vestigios de su arquitectura original.

Es pequeño en comparación a nuestros malls, pero muy acogedor, igual que Montevideo. De hecho, tuve la oportunidad de sentarme en un café en su interior y tomarme un whisky –sí, un whisky– mientras esperaba a alguien. Una delicia de experiencia. Pero volviendo al exterior, es deber decir que caminar por las calles arboladas –aunque con muchas veredas a mal traer– de Punta Carretas es muy agradable. Se pueden ir haciendo pausas para tomar un café o una cerveza, y además siempre se tiene a la Rambla Gandhi a pocas cuadras, y por supuesto el Río de la Plata ahí mismo, a tiro de cañón. Incluso, en algunos rincones del barrio, cuesta saber si estamos en un día hábil o feriado. Pura paz.

Ahora bien, uno de los imperdibles de Punta Carretas es sin duda el Parque Villa Biarritz, un área verde rodeada de edificios en altura donde los vecinos y visitantes del sector acostumbran a descansar, pasear o hacer deporte. Además, los días martes y sábados a contar de las diez de la mañana –y hasta cerca de las cuatro de la tarde– se instala allí una feria que lleva el mismo nombre del parque y que ofrece desde frutas y verduras, hasta artesanía, ropa y una que otra antigüedad. A la amplia oferta de productos se suma el que se encuentra en medio de un parque, con árboles que dan sombra y prados que lo invitan a uno a descansar entre compra y compra. Y por qué no, visitar alguno de sus carritos que ofrecen sándwichs, bebidas y cervezas. Un paseo realmente redondo.

Pero volvamos a la orilla del Río de la Plata. Para esto, nada mejor que caminar por la Rambla Mahatma Ghandi, que parte en el Bulevar General Artigas (donde comienza Punta Carretas) y que recorre el borde costero de este barrio, con sendos edificios en altura que miran hacia el río y con una costanera que a falta de playa ofrece anchas calzadas donde gente de todas las edades hace deporte, simplemente camina o se sienta a mirar el horizonte mientras toma mate. Por momentos, uno recuerda la última cuadra de Avenida La Marina en Viña del Mar, por las veredas amplias y los interesantes edificios en altura. Aunque claro, aquí la cosa resultó mejor y probablemente los visitantes lo relacionen más a Copacabana, en Río de Janeiro (aunque en una escala mucho más reducida) que a nuestra siempre contradictoria Ciudad Jardín.

La Rambla Mahatma Ghandi pasa a llamarse Rambla República del Perú cuando se llega a la playa de Pocitos, que toma el nombre del barrio en que se emplaza y que es una de las más populares y conocidas de Montevideo. Aquí en el verano el movimiento es constante, con mucha gente disfrutando del agua y el sol. ¿Y el resto del año? Bueno, el asunto continúa con cierto movimiento, sobre todo por las tardes, tras el fin del horario de oficina, y los fines de semana. ¿Las rutinas que se siguen acá? Las mismas que pudimos ver en avenidas, parques y plazas de la capital uruguaya: caminar, hacer deporte, tomar mate o disfrutar de una tertulia con amigos.

Pero para uno que no es hombre de playa –y sumado a esto que mi visita fue en primavera–, debo detenerme en el que se convirtió en mi lugar favorito de todo este sector: la librería Yenny. En rigor esta es una cadena argentina (del mismo grupo que maneja El Ateneo), que desde hace algunos años tiene presencia en Montevideo con dos sucursales, una en el mall de Punta Carretas y otra justo en la intersección de la Rambla República del Perú y el Bulevar España. ¿Qué tiene en particular esta última sucursal de la librería? Primeramente, un excelente surtido en libros uruguayos, argentinos y de autores internacionales. Además, con mejores precios que en Chile (aunque no tanto como en Buenos Aires, salvo en el caso de los títulos uruguayos) y con una atención precisa, la que –afortunadamente– no se hacía presente salvo que uno la solicitara. En resumen: una librería como Dios manda. Otra cosa que me transformó rápidamente en fanático de este local fue su ubicación, justo en frente de la playa de Pocitos, con una vista privilegiada de lo que pasa en este sector gracias a su terraza techada con vidrio. Y por último, que en Yenny tuvieron la gran idea de mezclar las estanterías llenas de libros con un pequeño café muy bien surtido de medialunas, infusiones, obviamente café, cervezas y hasta algunos destilados. Mejor, imposible. Así las cosas, me pasé varias tardes de mi viaje a Montevideo tomando un café (o algo más) en Yenny, mirando la costa, leyendo algunos libros que compré e incluso haciendo algunas anotaciones para lo que sería esta crónica. Todo muy placentero.

Y si estamos en Montevideo, es imperdonable no aprovechar de comer buena carne, en porciones generosas y a precios más que razonables. Dentro de lo que pude ver –y degustar– en la zona de Punta Carretas, me quedo con Parrilla Williman, un lugar sencillo en la esquina de la calle que da nombre al local y Francisco J. Ros. Aquí se puede comer en la barra del primer piso, en el salón del segundo (donde de paso se puede ver algo de fútbol) o, si el tiempo lo permite, en las mesas ubicadas en la vereda. ¿Qué pedir en Williman? El matambrito de chancho, el asado de tira o el pulpón de vacío. Todos tiernos y jugosos. Para esperar la carne valen la pena las provoletas y para acompañar la carne están las típicas combinaciones de ensalada rioplatenses del estilo lechuga-tomate-cebolla-zanahoria-betarraga y un largo etcétera. ¿Para tomar? Vino de la casa. O una cerveza grande (Pilsen o Patricia), bien helada, que también funciona.

Ahora, si muchos días en Montevideo lo tienen con exceso de parrilla, el restaurante italiano Da Pentella no falla. A pocas cuadras de Williman, ofrece exquisitos antipastos, buenas pastas con productos de mar, platos de cordero y –lo mejor a mi juicio– unas milanesas al marsala con puré de calabaza que se hace un deber probar. Aquí la selección de vinos es más interesante, con una fuerte presencia de etiquetas mendocinas y mucho tannat uruguayo, la cepa emblema del país oriental.

Antes de finalizar, y sin miedo a caer en el lugar común, debo confesar que si bien me encantó pasar esta vez mis días en Montevideo cerca de playas y costaneras en desmedro del tradicional centro y la Ciudad Vieja, no dejé de reservar un par de días a la hora de almuerzo para tomar un taxi (todos con una división de vidrio para proteger a sus conductores, los que a diferencia de sus colegas bonaerenses no son demasiado dados a la plática) y trasladarme al Mercado del Puerto. Porque ahí, viendo desde la barra cómo morcillas, asados de tiras, riñones y pamplonas (mucho más grandes y jugosas que las que podemos encontrar en Santiago) se asan en la parrilla es donde mejor se puede –y debe– comer carne en la capital uruguaya. ¿Alguna recomendación? Más que un lugar específico, lo mejor es mirar las parrillas, consultar precios e instalarse donde les parezca más adecuado. De verdad, al menos en calidad de la carne, las diferencias entre locales son mínimas. Sin embargo, vale la pena pasarse por Roldós, una mezcla de bar y cafetería que ocupa un lugar central en este mercado desde hace más de cien años, ya que además de surtir de café expreso a algunas parrillas tiene el honor de ser el lugar donde se creó el Medio y Medio, esa mezcla de vino blanco y espumante tan típica de Uruguay. •••