• 15 junio, 2010


Una primera lectura de las propuestas indica que en ellas ha primado el impacto político y mediático. Son iniciativas muy ambiciosas, pero que más bien buscan castigar a la banca, en vez de reformarla y hacerla más segura.


Mucho se ha discutido en Estados Unidos respecto de la necesidad de evitar una situación como la vivida en 2008, cuando se produjeron los problemas de Bear Stearns, el colapso de Lehman Brothers y la posterior masiva ayuda estatal a los bancos comerciales y de inversión, evitándose finalmente una catástrofe que pudo ser de proporciones gigantescas.

En ese contexto ha surgido la llamada reforma financiera, a través de la cual el gobierno del presidente Barack Obama busca conseguir una serie de objetivos. Entre ellos, menciono los que me parecen más relevantes: (1) separación de la actividad bancaria de la actividad “especulativa”, también llamada regla de Volcker; (2) prohibición de fusiones o adquisiciones que lleven a una institución financiera a concentrar más del 10% de los depósitos del sistema; (3) regulación de hedge funds y fondos de capital privado; (4) creación de una agencia federal de protección al consumidor relativo a servicios financieros (un SERNAC financiero, para usar vocablos más conocidos en Chile); y (5) mayor transparencia y regulación en las transacciones de derivados.

Ambas cámaras han aprobado sus propuestas y ahora están abocadas a consensuar entre ellas, y con el gobierno, los contenidos finales de la reforma. Una primera lectura de las propuestas indica que en ellas ha primado el impacto político y mediático. Son iniciativas muy ambiciosas, pero que, en mi opinión, más bien buscan castigar a la banca, en vez de reformarla y hacerla más segura. En todo caso, el proceso está lejos de su etapa final.

Uno de los temas centrales consiste en separar la actividad especulativa, o trading propietario, de la actividad bancaria. ¿Es esto algo realmente novedoso? Un rotundo no. De hecho, es algo que existió por muchos años en Estados Unidos y se llamó Glass-Steagall Act, instalada tras la depresión de 1929, y que se mantuvo hasta fines de los 90.

Por muchos años trabajé en un banco norteamericano y uno de los temas fundamentales de cualquier negocio era si la transacción iba al lado bancario o al no-bancario, pues ambos vehículos estaban disponibles bajo una compañía holding. Las implicancias de si estaba en el lado bancario, era un financiamiento más expedito del público y, por lo tanto, un requerimiento menor de capital; en cambio, si estaba en lado no-bancario, requería más capital y, por ende, se le exigía un retorno mayor.

Si la actual reforma concluye con la segregación de actividades, el resultado será la separación de riesgos, una diferenciación de costos de financiamiento para distintos tipos de transacciones y un mejor conocimiento por parte de los accionistas y acreedores respecto de los riesgos que están asumiendo. Esta discusión de hoy en nada difiere de la que existía al interior de los bancos norteamericanos hace más de una década.

Lo que sí es novedoso en la reforma –y esto es probable que termine prevaleciendo– es la implementación de un mecanismo para evitar el “too big to fail” o “demasiado grande para caer”. Este concepto, que se acuñó durante la crisis de 2008 para referirse a los mega-bancos, obliga en la práctica al gobierno a rescatar a una institución financiera de gran tamaño por el simple hecho que, si la deja caer, se desencadena una situación aun más costosa que rescatarla. Para evitar la formación de estos gigantes financieros, se discute en las cámaras, entre otras alternativas, crear un impuesto especial a las instituciones demasiado grandes o con demasiados riesgos en su balance, de tal manera
de desincentivarlas por vía tributaria.

En todo este escenario, conviene preguntarse si hay que mantener inversiones en acciones del sector financiero estadounidense. Mi opinión es que gran parte del riesgo de la nueva regulación ya está en los precios, por lo cual el sesgo a la baja está acotado. Incluso, pienso que es conveniente aumentar la inversión en acciones de bancos de mediano tamaño y regionales, pues serán los beneficiados con una reforma que apunta a limitar el ámbito de acción y de crecimiento de sus principales competidores: los mega-bancos. Además, la economía norteamericana, en especial el mercado doméstico, está comenzando a crecer y el sector financiero es un motor importante de este crecimiento.

La reforma financiera, en su esencia, terminará pareciéndose muchísimo a la Glass-Steagall Act. Sin embargo, claramente llamarán de otra forma, pues precisamente quien lideró su eliminación durante el gobierno de Clinton, Larry Summers, es hoy uno de los principales asesores del presidente Obama.