• 3 junio, 2011



Explicitar los beneficios de mejor forma y más cercana a la gente podría ser la mejor alternativa para que HidroAysén vea finalmente la luz. Por ejemplo, con la aplicación de un royalty, o algo similar.


HidroAysén produce lo que los economistas llaman “externalidades”. La Real Academia las define como “perjuicios o beneficios experimentados por individuos a causa de acciones ejecutadas por otras personas o entidades”. Por el lado negativo, la degradación del medio ambiente y por el positivo, el ahorro en la cuenta de energía, el aumento del empleo, la recaudación tributaria y las menores emisiones de CO2, NOX y SO2.


Las externalidades negativas, al parecer, se producen con la sola realización de las centrales. Que el proyecto inunde 40 mil o 5 mil hectáreas parecieran no ser tan relevante. Lo que a muchos molesta son las torres de alta tensión y las represas en lugares de gran belleza natural. De esta forma, este grupo percibe los “costos” como un hecho cierto que va a ocurrir independiente de las mitigaciones que pudiera aplicar la empresa.


Las externalidades positivas cuesta demasiado entenderlas. Como los precios en el SIC se determinan a costo marginal y como éstos, con o sin HidroAysén, casi siempre están determinados por las centrales termoeléctricas, no queda tan claro que el proyecto vaya a significar menores costos para los usuarios finales.


El proyecto es muy intensivo en mano de obra en la construcción, pero la operación de este tipo de centrales no requiere de un gran contingente humano, por lo que también hay dudas de su efecto en el empleo. Desde el punto de vista tributario, si opta por la aplicación de la depreciación acelerada es probable que HidroAysén no pague impuestos por muchos años y que los importantes beneficios de recaudación que el proyecto ofrece al país probablemente se vean en la década de 2030. La disminución de emisiones, al evitar la operación de centrales térmicas, parece ser el beneficio que tiene más certeza inmediata y el que, curiosamente, muy pocos de los que se dicen ecologistas parecen valorar.


De esta forma, los costos se perciben como ciertos y los beneficios, inciertos. Para lograr más apoyo político, HidroAysén y el gobierno deberían tangibilizar los beneficios del proyecto, ya que por el lado de los costos es más bien una concepción filosófica y, por lo mismo, difícil de modificar. ¿Por qué alguien no se opondría a un proyecto con costos y sin beneficios claros?


A todo esto se suma que HidroAysén no es un proyecto cualquiera, en el sentido de que usa recursos naturales escasos, valiosos y cuyos derechos fueron heredados por Endesa hace muchísimos años, cuando no se sospechaba su valor. Quizás por eso hoy la gente no percibe la propiedad del proyecto como lo suficientemente legítima, y algunos consideran que es un patrimonio de todos los chilenos y que la administración de éste no se adjudicó en forma competitiva. Es decir, hay también dudas importantes en relación a que las reglas del juego sean las justas.


Muchos de estos elementos están presentes en la gran minería. En mi opinión, esa situación se resolvió exitosamente por la vía de cambiar las reglas del juego imponiendo un royalty. Hoy, pocos reclaman cuando se destruye la belleza del paisaje nortino, porque todos sabemos que es todo el país el que se beneficia con la explotación de esos recursos que se consideran patrimonio de Chile y, al final, aunque sea poco romántico, es el precio que estamos dispuestos a pagar por ello. En el caso de HidroAysén parece que la gente no ve que su gestión vaya a “chorrear” mucho al país. Quizás ese el verdadero problema del proyecto en su forma actual, y es ahí donde habría que hacerle modificaciones, como un royalty o algo similar. Si no, vamos a farrearnos esa tremenda riqueza energética que yace en el sur de Chile; no tanto por proteger Aysén, sino porque la gente piensa que el beneficio se lo llevarán unos pocos y que el costo lo sufriremos todos.