Por María José López Fue una comida de carácter privado, pero tuvo impacto en la dirección que tomarían las políticas públicas del país. Estaban Máximo Pacheco, Ricardo Lagos y Eliodoro Matte. A fines de los 90, Lagos, entonces candidato presidencial, se juntó a comer con el presidente del CEP y el actual ministro de Energía […]

  • 13 junio, 2014

Por María José López

Nueva Zelanda1

Fue una comida de carácter privado, pero tuvo impacto en la dirección que tomarían las políticas públicas del país. Estaban Máximo Pacheco, Ricardo Lagos y Eliodoro Matte. A fines de los 90, Lagos, entonces candidato presidencial, se juntó a comer con el presidente del CEP y el actual ministro de Energía en la casa de este último, para hablar de un tema que les preocupaba: la necesidad de modernizar el Estado. Pacheco, quien entonces era ejecutivo de Carter Holt Harvey, la principal empresa forestal neozelandesa de la época y filial de International Paper, compartió con ellos la experiencia de ese país oceánico: en ese tiempo iba al menos seis veces al año a la isla.

No era la primera vez que Pacheco impulsaba la idea de Nueva Zelandia como ejemplo. Poco antes de esa cena, el ex ministro, Edgardo Boeninger, alentó al entonces ejecutivo a organizar la visita de una delegación chilena para conocer in situ las reformas que permitieron a los “kiwis” transformarse en una economía desarrollada. Tomó contacto con el CEP y Chile 21 y configuró la lista: Luis Sánchez Castellón, Cristián Larroulet, Tomás Flores, Harald Beyer, Pepe Auth, Carlos Vergara y Boeninger, entre otros. De ese viaje, la delegación concluyó que el modelo neozelandés era una referencia útil para enfrentar la modernización del Estado que requería Chile.

Veinte años después, esas conclusiones cobran vigencia: en la discusión por las reformas que el país necesita, muchos miran –y citan– a Nueva Zelandia. Las  similitudes entre ambos países –el tamaño de las economías, el aislamiento geográfico y la producción de recursos agrícolas– hacen preguntarse cómo lograron dar el salto que en Chile todavía parece lejano. En poco tiempo, vencieron la “trampa” del ingreso medio: actualmente su PIB es de 185 mil millones de dólares, con un salario promedio de 44 mil dólares al año.

¿Cuál fue la clave? Para muchos consultados, uno de los puntales fue la educación. El sistema escolar neozelandés –gratuito– es considerado uno de los mejores del mundo. El 96% de los cerca de 2.600 colegios son públicos y aparecen permanentemente en los primeros lugares en las mediciones que realiza la OCDE: en el Programa para la Evaluación Internacional de Estudiantes (PISA), el estudiante promedio obtuvo en 2012 una calificación de 511 puntos en lectura, matemáticas y ciencias. Este puntaje es más alto que el promedio de la OCDE, de 497. Chile alcanzó 436.

Para lograrlo, el gasto del Estado en educación es de los más altos del mundo: equivale a un 7,5% de su PIB. El promedio de la OCDE es de 5,8; en Chile, 4,3%. Es decir, hay una distancia sideral. ¿Cómo se educan los kiwis? Ésta es su receta.

 

Autonomía y flexibilidad

Una de las particularidades de los colegios de Nueva Zelandia, es que a pesar de ser estatales y  gratuitos –incluye libros– son autónomos: hay un directorio independiente y particular que administra y supervisa el funcionamiento de cada escuela. Este consejo se llama Board of Trustee, y está compuesto por un director y representantes de padres, estudiantes y profesores. “La idea es estimular una mayor participación de la comunidad. El ministerio establece las reglas básicas, pero de forma muy abierta. El board es el que toma las decisiones y diseña el plan y método de estudios de acuerdo a su propia situación y perfil de los alumnos”, explica Stuart McNaughton, profesor de la Facultad de Educación de la Universidad de Auckland y director del Woolf Fisher Research Centre.

En concreto, entre el “año 1” y el “año 10” (cuando tienen entre 6 y 15 años), los alumnos cursan siete asignaturas obligatorias –inglés; matemática y estadísticas; ciencias naturales; artes; educación física y salud; ciencias sociales; y tecnología– y dos ramos electivos, que cada establecimiento diseña a su pinta, de acuerdo al entorno donde se emplazan.

Un ejemplo: Catherine Attwood, profesora de Waiheke Highschool, cuenta que su colegio ofrece ramos de deportes náuticos, hospitalidad y viticultura. Porque Waiheke –una isla que está al frente de Auckland, a la que se llega por un ferry de 35 minutos– es conocida internacionalmente por sus vinos tintos. “Aquí hay cerca de 40 viñedos. Y es probable que muchos de los ex alumnos trabajen en esa industria. Por eso les enseñamos a cuidar uvas, preparar el vino y a ser director de una viña”, indica.

En esta misma línea, el Raglan Area School, ubicado en Raglan, en la isla Norte, se especializa en clases de surf, mientras que los colegios que están cerca de centros de esquí, dedican un día a la semana a la práctica de ese deporte en invierno. Los que están en sectores ganaderos, dan prioridad a materias relacionadas con el trabajo de animales. La economía kiwi está basada en la producción y exportación de productos primarios como la lana, la carne y lácteos (exportan el 95% de la leche que producen).

Además, todos los colegios dan especial importancia al turismo: ese sector representa un 8% de la economía y de hecho, el primer ministro, John Key, es también ministro de Turismo, para promover al país como destino de viajes.

Para llevar su plan educacional, cada colegio recibe una inyección de capital por estudiante. Este monto varía: depende de la ubicación del establecimiento, tipo de alumnos y su tamaño. A pesar de que los colegios son gratuitos, hay una contribución voluntaria de parte de los padres. En los sectores más acomodados, ese aporte –que se llama voluntary donation– es superior.

“Algunos padres lo pagan si pueden, y otros no. El colegio entrega dinero a cada Board of Trustee de acuerdo a la situación socioeconómica de cada zona”, explica el embajador de Nueva Zelandia en Chile, John Capper.

Para el ex embajador de Chile en el país oceánico, Fernando Reyes Matta, la educación pública es un ejemplo de cómo opera el Estado kiwi en todos los aspectos –salud, transporte, etc.– desde que se modernizó, hace más de 20 años. “Antes, todo era controlado por el Gobierno, y después el rol del Estado cambió: se convirtió en tutor y las sociedades civiles comenzaron a encargase de la administración, gestión y toma de decisiones. El foco es la calidad, y para ello, después deben rendir cuentas a entidades especializadas e independientes”.

 

Profesores personalizados

En NZ no hay exámenes de admisión. “Todos los alumnos deben ser aceptados en alguno de los colegios de su barrio. Los establecimientos deben asegurar el espacio para el que lo requiera”, explica Capper.

La escuela primaria (los primeros 8 años escolares) y secundaria (desde los 13 años en adelante) es obligatoria para los niños entre 6 y 16 años (son 13 años de colegio en total). Eso sí, la mayoría asiste a partir de los 5 años. “El mismo día que los niños cumplen 5, pueden entrar a clases. Eso equivale al “año cero”, que es una especie de nivelación e interiorización en el sistema. A los seis años, entran al “año 1”, y parte el colegio de verdad”, explica Cecilia Allende, argentina residente hace más de una década en Nueva Zelandia, y apoderada de dos niños en Arrowtown School, en la ciudad de Arrowtown.

En algunos establecimientos, los alumnos tienen, durante los primeros seis años, en todas o en la mayoría de las asignaturas al mismo maestro. “Es una manera de fortalecer su estabilidad emocional y su seguridad”, explica Allende. En la secundaria eso cambia: hay profesores específicos por cada ramo y los cursos se reducen a cinco: matemática, inglés, ciencias, más dos ramos electivos, de acuerdo a sus intereses y desarrollo profesional.

Hasta el “año 5” no hay calificaciones numéricas y muchos colegios han optado por no mandar tareas a la casa –sólo lecturas diarias– porque la idea es concentrar el trabajo en clase. Los colegios más modernos ofrecen un dispositivo electrónico para cada alumno –tipo iPad– y no tienen aulas, sino que grandes salones con distintas zonas donde los alumnos forman grupos pequeños.

Las exigencias para ser profesor son altas: tres años de estudios universitarios, dos de trabajo en las escuelas, bajo la tutoría de otro profesor, antes de lograr la certificación como docente. En las aulas, la idea es que haya una atención personalizada. Por ejemplo, si hay un alumno que está atrasado o necesita ayuda, el profesor ofrece clases particulares después del colegio en forma gratuita. “Nueva Zelandia le da una fuerte importancia a la lectura, hacemos libros propios para que aprendan a leer, enfocados en sus propias experiencias. Y si hay alumnos que tienen un progreso inferior en esto, se hacen recuperaciones”, indica el profesor MacNaughton. La maestra Catherine Attwood complementa: “Si las clases extras fueran pagadas, no todos tendrían reforzamiento. En todo el país los chicos deben tener acceso a la misma calidad de educación, y al mismo nivel de apoyo”.

Los niños que viven en zonas remotas o que no pueden ir a la escuela por motivos médicos, reciben educación por correo a través de la Escuela por Correspondencia. El rol del Estado, tanto en esos casos como en el de las escuelas públicas y privadas, es garantizar que los estándares de calidad se estén cumpliendo. Para ello realiza permanentes mediciones y evaluaciones a alumnos y profesores. “El triunfo educativo de Nueva Zelandia se debe a un sistema de  control de calidad: hay organismos independientes que se encargan de evaluar y hacer reportes que miden tanto a estudiantes como profesores”, dice Pedro Pablo Díaz, quien conoció esta experiencia de cerca mientras fue embajador de Chile en Australia.

Entre ellas están el Educational Review Office, que proporciona al Gobierno evaluaciones periódicas independientes; The New Zealand Qualifications Authority, encargado de desarrollar y mantener un sistema de calificaciones a nivel nacional; y The New Zealand Teachers Council, que lleva el registro de los docentes, renueva sus certificados y aprueba los cursos de capacitación.

“Aquí no cualquiera puede dar clases, las reglas son estrictas. Por ejemplo, el Registered Teacher Criteria mide cómo son nuestras clases, si es que cumplimos las expectativas, si promovemos la cultura maorí, y en base a eso, nos dan y renuevan la licencia para ser profesor”, explica Attwood.

Los profesores ganan entre US$35 mil y US$ 70 mil al año y el Estado financia capacitaciones permanentes que se imparten en cualquiera de las 8 universidades estatales que hay en el país, o en alguno de los institutos privados. “La calidad de la educación se debe a que los profesores están calificados y, por lo mismo, son personas altamente respetadas, tanto como un médico, abogado o ingeniero”, indica Daniel Camus, presidente de la Cámara de Comercio Neozelandés en Chile. •••

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Integrados y abiertos

Uno de los motivos de orgullo de esta isla es la integración de las comunidades indígenas. Los maoríes constituyen un 16% de los 4,6 millones de habitantes. Desde 1987 el país es bilingüe y es obligación en los colegios impartir clases de idioma y cultura de ese grupo.

La integración también trasciende las fronteras del país: cerca del 30% de los alumnos son extranjeros, entre ellos, asiáticos, norteamericanos, australianos, brasileños, argentinos y también chilenos. “Tenemos el programa Pingüinos sin Fronteras que nos ayuda a traer jóvenes aquí, cuyo número esperamos aumentar”, dice el embajador de Chile en Nueva Zelandia, Isauro Torres.

El 2012 Corfo, cuando Pablo Longueira era ministro de Economía, lanzó ese programa estatal. “NZ es un ejemplo para Chile en varios aspectos y la calidad de la educación pública, la infraestructura de las escuelas, la diversidad y libertad en la malla curricular, es tanto mejor que la de muchos de los mejores colegios privados del país. La experiencia para estos jóvenes les abre un mundo de oportunidades que jamás soñaron. Vuelven con otra mentalidad”, dice Longueira.

Con todo, el panorama no es perfecto. La diferencia en resultados entre los estudiantes del nivel socioeconómico más alto y los estudiantes del nivel más bajo, es de 125 puntos en la prueba Pisa, una de las mayores brechas en los países de la OCDE. “El sistema escolar de Nueva Zelandia no brinda un acceso equitativo a la educación de calidad. El rendimiento de establecimientos maorí y de etnias del Pacífico es más baja que la de los sectores más acomodados. Nuestro desafío es igualar la cancha”, señala Stuart McNaughton.

 

 

Lecciones en energía

La semana pasada, durante su visita a Aysén, el ministro de Energía, Máximo Pacheco, recorría las tierras de la XI Región usando el clásico polerón negro con letras blancas de All Blacks, el equipo de rugby de Nueva Zelandia. Él es uno de los chilenos que más conoce ese país y sus cercanos aseguran que a veces se autodenomina “chi-wi”. En total, ha estado cerca de 70 veces en la isla.

Desde que asumió la cartera, ha puesto atención al modelo neozelandés que se abastece en un 75% de energía renovable (55% hidroeléctrica; 20% geotérmica y eólica) y 25% de gas y carbón. De hecho, se inspiró en él para elaborar la matriz energética del país. Aquí explica sus razones: “NZ tiene grandes similitudes geográficas con Chile. Son países relativamente pequeños, están en la misma latitud, tienen actividades agrícolas y un foco muy especial en las exportaciones. Hemos tomado a NZ como referencia en la configuración de nuestra Agenda de Energía, porque es un país donde el Estado tiene un rol orientador, que es justamente lo que necesitamos aquí para salir del entrampamiento energético de los últimos años. NZ es un país que ha aprovechado de manera sustentable y económica sus recursos propios, incluyendo los hídricos, que son abundantes como en Chile. En el uso del agua han desarrollado una cooperación pública-privada que explica por qué la hidroelectricidad ocupa un lugar importante dentro de su matriz. Algo parecido ocurre con la geotermia. En NZ han avanzado consistentemente en investigación e innovación, lo que ha empujado el desarrollo de esta tecnología, que hoy representa cerca del 15% de su matriz. Chile cuenta con un potencial geotérmico de entre 2.000 MW y 3.000 MW y tenemos que avanzar hacia su explotación”.