Estuvimos en la cata vertical de seis añadas del Gold Reserve de Carmen. Un vino tremendo, que rebosa carácter, sin perder su compostura. Afírmense. 

  • 10 agosto, 2007

 

Estuvimos en la cata vertical de seis añadas del Gold Reserve de Carmen. Un vino tremendo, que rebosa carácter, sin perder su compostura. Afírmense. POR M.S.

 

¿Cuánto puede durar un gran vino chileno? ¿Diez a quince años? Mucho para un país como el nuestro, no demasiado para los estándares del viejo mundo, donde algunas botellas, las clásicas, sobreviven perfectamente durante tres y más décadas.

La pregunta surge una y otra vez cuando me ha tocado participar en catas verticales de los mejores tintos nacionales. Un enólogo me dice que “más de 12 años, imposible… Puede que un tremendo cabernet sauvignon chileno de mediados de los 90 se mantenga hoy razonablemente bien, pero le queda poca vida, apenas unos meses. Lo recomendable es descorcharlo, antes que se apague”.

Todo esto se conversa y discute en una mañana de julio, en el Teatro Municipal, mientras se realiza una impecable degustación de seis añadas de Carmen Gold Reserve, uno de los vinos más notables del Alto Jahuel, a los pies de los macizos andinos en el Maipo. Un tinto que quizá no sea tan famoso o popular como algunos de sus hermanos o primos del mismo valle, pero que tiene una personalidad inconfundible. De hecho, si tuviera que elegir un vino nacional para impresionar a un amigo extranjero, probablemente sería éste. Por convicción, por origen, por carácter.

Detrás de cada gran vino hay un viñedo, una tierra, pero también una persona. En este caso, aparece la fi gura menuda pero intensa de María del Pilar González, una de las mejores enólogas del país, incluyendo hombres y mujeres, para que no quepan dudas.

El Gold Reserve nació en 1993, de parras plantadas a mediados del siglo XX en un cuartel conocido como Carneros 288. Desde entonces, y solo cuando la cosecha es excepcional, ha dado origen a un cabernet sauvignon de estirpe aristocrática, pero de ímpetus revoltosos. Imposible no advertir su trote.

“¡No hacemos nada!”, dice Pilar para subrayar que lo importante es la uva y que el enólogo sería aquí un actor de reparto. Pero ella se hizo cargo del Gold Reserve a partir de 2001 y, pese a todo, su mano se nota en que el vino expresa la fruta con mayor libertad, con más ganas.

Probamos seis vinos y debo confesar que TODOS me gustaron. Claro, hay una tendencia más fresca y frutal, más nerviosa, en la última década, que a mí personalmente me atrae, pero de todas formas las cosechas de los 90 están superlativas. Para evitar mayores distracciones, aquí van las notas de cata:

1995. El único de la serie con un 12% de merlot. Muy frutal, algo de cereza y arándano, con delicados tonos tostados. En boca es complejo; la fruta y la barrica logran una mixtura de gran carácter. Concentrado, se queda largamente en el paladar. Todavía muy vivo.

1997. Nariz a fruta negra, cassis, maki. Con toques de cuero y especias. Al fondo se alcanza a percibir un aire a menta, humo y confi tura. De textura suave, con taninos sin embargo aún presentes. Es un vino expresivo. Muy largo, deja un rastro a pan de pascua.

1999. Extremadamente fino, con aromas a frutos del bosque y especias. Un vino que recuerda el verano, mediterráneo. Gran cuerpo, elegante y concentrado, de gran personalidad. Un cabernet contundente, que abre el apetito.

2001. Posee una nariz clásica del Maipo Alto, con mentol y especias, y algo de laurel. La fruta es madura, con notas de habano y chocolate. De estructura envidiable y taninos fi rmes, se mantiene en la boca por mucho rato. Un tipo elegante.

2002. Aromas complejos, confi tura, chocolate y tabaco y al fondo una nota mentolada. Condimentos como cedro y laurel. Es un vino sabroso, que propone una mixtura jugosa de fruta y especias, concentrado y de gran persistencia. Tiene una personalidad indudable, le queda mucho por dar.

2003. Otra bomba aromática. Frutas confitadas, cerezas maceradas, licor de cassis, especias ligeramente dulces, tabaco y laurel. De gran cuerpo y estructura con taninos fi rmes, pero maduros. Concentrado, se mantiene en el paladar al punto que dan ganas de mascarlo. Un vino grande, con futuro promisorio.