Director Revista Capital

Hace pocos días, el Financial Times proclamaba a los cuatro vientos en sus anaranjadas páginas de alcance mundial que Chile está ad portas de malograrse oficialmente al alcanzar, gracias al pertinaz esfuerzo de quienes debieran despejar la ruta al impulso de los agentes económicos, con la primera recesión técnica desde la gran crisis de 2009.

La noticia fue reproducida por la prensa local, en donde la verdad de las cosas la información no es gran novedad, con algo de pudor. Lo sorprendente es que casi enfrentando esa constatación informativa estaba el registro en letras de molde de otro hecho profundamente llamativo de la actualidad: la bolsa chilena anota este año un rally alcista virtualmente incontenible, que la deja como la de mayor retorno a nivel mundial en 2017.

Raro. El mismo país en el que el gen recesivo se ha hecho dominante en la economía, los inversionistas están comprando acciones en grandes volúmenes. Comprando acciones de un país que se acaba de consagrar con la mayor baja en materia de inversiones desde la crisis política, económica y social de principios de los 70. Acciones de un país que descontados los años de crisis externas acaba de anotar la peor performance económica en dos décadas.

¿Son los inversionistas financieros estúpidos? ¿Será que no se dieron cuenta de que a Chile se le olvidó inventar nuevos negocios y que además adolece de una enfermedad estructural que no le permite crecer, como dicen en el gobierno? ¿Será que esta orgía bursátil no es más que el ataque carroñero de aves rapaces que, disfrazadas de capitales golondrina, sobrevuelan la bolsa de valores excitadas por las emanaciones que brotan de las pocas fibras aún no descompuestas de un animal mortecino?

No. Ni estupidez ni afán de carroña. Si un fenómeno de este tipo se está dando con la profundidad que se aprecia (cerca de 100 mil millones de pesos en transacciones diarias pese a que en el mundo las tasas de interés toman rumbo al alza) es por expectativas, por tomar posiciones antes de que sea tarde, porque se cree que algo positivo va a suceder que hará que las cosas vayan mejor, y que hará que más temprano que tarde la apuesta reditúe.

Además, que este contraste se dé en un año de elecciones, no es un asunto menor, y probablemente para algunos es parte de la explicación. Resulta odioso decirlo, pero no por eso deja de ser un hecho constatable.

Como sea, lo que está ocurriendo en la economía no deja de ser sintomático y estimulante. Y lo es porque la expectativa que alienta a los inversionistas en buena parte emana de lo que democráticamente harán los electores a fin de año, quienes quizás están anticipando su voto hoy, en tanto mantienen sus ahorros obligatorios y voluntarios en carteras de inversión que en la medida que apuestan por empresas, abaratan su costo de financiamiento y les dan oxígeno para volver a invertir y crear empleos.