De su vida pública se sabe casi todo y casi no necesita presentación. Pero, en lo privado, sorprende saber quién es Jaime Ravinet: un empresario con un patrimonio respetable y diversificado en negocios mineros, inmobiliarios y agrícolas, que –tras automarginarse del gobierno de Michelle Bachelet– volvió para hacerse cargo de sus propios negocios. La exploración de gas en el Golfo de Arauco, un proyecto multimillonario del cual es socio, es apenas uno de ellos. 

  • 27 julio, 2007

 

De su vida pública se sabe casi todo y casi no necesita presentación. Pero, en lo privado, sorprende saber quién es Jaime Ravinet: un empresario con un patrimonio respetable y diversificado en negocios mineros, inmobiliarios y agrícolas, que –tras automarginarse del gobierno de Michelle Bachelet– volvió para hacerse cargo de sus propios negocios. La exploración de gas en el Golfo de Arauco, un proyecto multimillonario del cual es socio, es apenas uno de ellos. Por Soledad Pérez R.; fotos, Verónica Ortiz.

 

El cruce de la política y los negocios, tan discutido en estos días, lo toca de cerca, pero no tanto como para ponerlo en las primeras planas como al empresario y presidenciable de RN Sebastián Piñera. De todas formas, sobre el tema podría hablar horas, no porque sea un hombre de polémicas –que sí lo es–, sino porque gran parte de su vida ha tenido que dividirse entre dos aguas, entre sus inversiones privadas por un lado y sus cargos públicos por otro.

 

Con todo, Jaime Ravinet de la Fuente –abogado de 59 años– es menos conocido por sus logros empresariales que por su trayectoria política, su paso por la alcaldía de Santiago, sus encendidas intervenciones o sus –a veces– incomprendidas diferencias de opinión al interior de la DC, partido donde milita. Pero eso no quita que, al igual que otros camaradas como Francisco Pérez Yoma, Guillermo Atria o Pedro Butazzoni, a estas alturas tenga un respetable patrimonio forjado en el mundo de los negocios, que no solo le ha dado tranquilidad económica a él y a su familia, sino también la libertad –confiesa– de no tener que mirarle la cara a nadie y de opinar de temas contingentes cuando le da la gana.

 

En el último año y medio se le ha visto menos de lo habitual frente a las cámaras o en las páginas de los diarios. Ha sido así por decisión propia. Después de 18 años de servicio público, dice, decidió hacer un break y quedar al margen del gobierno de Michelle Bachelet, a quien reemplazó en el Ministerio de Defensa a fines de 2004, mismo año en que renunció a cualquier aspiración presidencial o parlamentaria.

 

Terminado el período de Ricardo Lagos no se transformó en un viudo del poder, entre otras cosas porque se sabe influyente y también porque tenía claro que en los negocios propios le quedaban cosas por hacer. La búsqueda de gas natural en el Golfo de Arauco, proyecto del que es socio minoritario y que considera un horizonte de inversiones de 500 millones de dólares, es uno de ellos.

 

No es lo único que lo ocupa. Miembro del directorio de Aguas Metropolitanas –matriz de la sanitaria Aguas Andinas– y de la concesionaria Cintra, se confiesa “chico, pero diversificado”. Con eso se refiere a una serie de inversiones inmobiliarias e intereses en bodegas de vinos, en la producción de frutas para exportación en la zona de Buin y la venta de repuestos para la minería, a través de la firma Christensen. Eso, sin contar su negocio principal, Geotec Boyles, que se dedica al sondaje minero en Chile, Perú y México y cuya facturación anual se empina a los 120 millones de dólares anuales. En ella, Ravinet tiene el 50% de las acciones en sociedad, entre otros, con Pedro Butazzoni. La otra mitad es de capitales norteamericanos, un dato clave para explicar su historia empresarial de los últimos 30 años, de la que pocas veces habla en público.

 

De la política a los negocios Si se lo midiera con la vara del tiempo y no con la de la vocación, Jaime Ravinet debería ser más recordado por su veta empresarial, donde ha estado por 33 años, que por sus proyectos en la política. Sin embargo, las dos caras están demasiado entrelazadas en su vida como para contarlas por separado. Veamos por qué.

 

En sus tiempos de presidente de la Fech, cuando era un joven estudiante de derecho, Ravinet ya estaba en el debate sobre nacionalizar o no el cobre. De ahí pasó a ser jefe de gabinete del ministro de Minería Alejandro Hales el año 70, en los mismos tiempos en que su amigo Pedro Butazzoni era subsecretario de Economía. La llegada de la junta militar marcó el punto de inflexión. Tuvo que olvidarse de la política y emprender por cuenta propia. Fue entonces que, junto a Guillermo Atria, Fernando Martínez y el propio Butazzoni, se acordó de la norteamericana Boyles, una multinacional de sondajes mineros que se había ido de Chile dos años antes, en 1972, a causa de la inestabilidad económica y política del gobierno de la Unidad Popular.

 

-Les propusimos que volvieran. Pero ellos, que le tenían miedo a la junta militar de Pinochet, nos dijeron: ok, lo hacemos, pero si ustedes se asocian con nosotros. Así nació Geotec Boyles, donde somos accionistas en partes iguales. Yo me hice cargo de la gerencia general -recuerda Ravinet. Por esos años Codelco –empresa donde Butazzoni había trabajado antes– llevaba un buen tiempo con sus proyectos de exploración minera paralizados. El team de Geotec Boyles lo sabía y apostó sus fi chas a ese negocio. Buen ojo. “Empezamos a trabajar en un peladero, que en esa época se llamaba Pampa Norte –dice–, y donde hoy está emplazada la mina Radomiro Tomic”, que entró en operaciones a comienzos de 1998, tras una inversión de 680 millones de dólares.

 

Pero Boyles no solo tenía aprensiones con Chile. En Perú las cosas se estaban poniendo color de hormiga, básicamente por una serie de conflictos con el jefe de gobierno, el general Luis Velasco Alvarado, un férreo opositor de Estados Unidos que había llegado al poder en 1968. Eran tiempos complejos en Lima, de nacionalización del petróleo, la banca y la minería y de una profunda reforma agraria que aún se recuerda como una de las mayores dentro de América latina.

 

-Boyles tuvo problemas con Velasco Alvarado, en la época más socialista del Perú. Por eso nos pidieron que, con nuestra experiencia en este tipo de cosas, los ayudáramos, relata.

 

Aunque no se explaya sobre los detalles de la operación, afirma que salieron tan airosos del impasse que la multinacional americana los invitó a ser socios también en Perú. Se fueron por un tubo, se transformaron en accionistas de todas las operaciones dentro de la región –México, Colombia y también Argentina– y Ravinet asumió como flamante vicepresidente de la compañía, cargo del que se alejó a fines de los 80, cuando fue llamado a ser secretario ejecutivo del comando presidencial de Patricio Aylwin y empezó su carrera en cargos públicos, partiendo por la alcaldía de Santiago, donde estuvo 10 años, el biministerio de Vivienda y Bienes Nacionales el 2001 y el Ministerio de Defensa, entre fines de 2004 y el fin de la administración Lagos.

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Antes de volver a la política, eso sí, Ravinet también dio forma a un interesante negocio inmobiliario, siempre en alianza con Pedro Butazzoni. Entre otras cosas, cuenta orgulloso, fue parte del grupo que lideraban Felipe Amunátegui y la familia Noemí Callejas y que se hizo cargo de proyectos de construcción emblemáticos en Santiago, como el World Trade Center o el edificio Policentro, donde hasta hoy opera la cadena de multitiendas Falabella. Poco dado a los detalles, dice someramente que ha participado en edificios residenciales y de oficinas dentro de la ciudad y también, aunque a baja escala, en la construcción de viviendas sociales. Temas de los que, al menos por 18 años –que fue el tiempo que estuvo en la arena pública– debió olvidarse, afirma.

 

 

 

Ravinet sub terra

 

 

Pero ahora está de vuelta como presidente de Layne Energía Chile, la empresa que formó Geotec con la estadounidense Layne –que hace 8 años tomó control de Boyles a nivel mundial– para explorar gas metano en una zona de más de 300 mil hectáreas en el Golfo de Arauco; esto es, cinco veces la superficie urbana de todo Santiago. La idea fue del socio americano, que ha hecho grandes desarrollos con este energético, que en Chile se conoce como el temido gas grisú del que hablaba Baldomero Lillo en Sub terra y que solo en Estados Unidos provee del 20% de toda la demanda por gas. El proyecto partió hace apenas un año. Enap, cuenta Ravinet, había hecho algunas exploraciones en la zona en la búsqueda de petróleo y, aunque encontró evidencias de este gas natural del carbón, nunca se pensó en un uso comercial.

 

Con la llegada de Layne, que tiene el 85% del proyecto, las cosas cambiaron. Le propusieron al gobierno hacerse cargo de la zona, bajo la modalidad de un contrato especial de operación, lo que les permitirá trabajar por los próximos 35 años, período en el cual se les asegurará inamovilidad tributaria, de derechos de aduana y de importación. Si los cálculos están correctos, en lo que antes fueron las minas de carbón de Lota y Coronel habrá un floreciente negocio de explotación de gas metano, capaz de abastecer toda la demanda industrial y residencial del Gran Concepción, en un plazo no inferior a 20 años. En momentos en que el gas natural de petróleo de la cuenca de Neuquén escasea, el proyecto no le pudo venir mejor al gobierno de Bachelet.

 

Sin embargo, su viabilidad aún está en la interrogante. Los sondajes ya partieron y recién ahí se sabrá qué tanto gas hay y, lo más importante, qué poder calorífico tendrá para justificar la inversión. Porque en este terreno las cifras son en grande. Ravinet calcula que en la fase de explotación plena, a contar de 2009, se requerirán al menos 500 millones de dólares de inversión para poner en marcha del orden de 100 a 150 pozos por año, 1.000 a 1.500 en total. ¿De dónde sacarán tanto dinero? De endeudamiento, responde. “Pero también existe la posibilidad de buscar nuevos socios o de vender todo o parte del proyecto. ¿Por qué no? Los negocios son negocios. Lo peor es enamorarse de ellos”, dice.

 

Pese a todo, se le ve tranquilo. Y también muy entusiasmado. Si todo resulta, podrían pensar en expandirse con el mismo modelo a otras partes de América latina, Colombia entre ellas. Por lo pronto, está cruzando los dedos para que todo resulte. Y si eso pasa, quién sabe si se alarga su estadía en el mundo de los negocios.

 

 

 

Empresa y política, la delgada línea

 

 

El día que dejó el Ministerio de Defensa, Jaime Ravinet ya tenía decidido que se retiraría, al menos por cuatro años, de los cargos de gobierno. “Quería tomar distancia, después de 18 años en primera línea”, cuenta en su elegante oficina en el Hotel Marriott.

 


-¿Y cómo se ha sentido estos años en que no ha participado en este gobierno, del que usted ha sido tan crítico?

-¡Feliz!… y también aliviado. Me ha permitido controlar mis propios tiempos, reciclarme intelectualmente y gozar con toda impunidad y sin cargo de conciencia de los fines de semana.

 

 

-¿Cuánto tiempo más quiere estar de privado?

-Dios dirá. Estoy tan entretenido que no es fácil tentarse con volver a lo público. Solamente lo haría como parte de un equipo que pudiera hacer cosas entretenidas e importantes. Pero primero habría que ver quiénes son y cuáles son los objetivos.

 

 

-Oiga, pero a estas alturas se está dando el lujo de elegir.

-¿Francamente?… Siempre he podido. He tenido la independencia económica para no depender de un sueldo de la administración pública. Es más, cuando entré a la actividad pública, gracias a lo que había ahorrado y a lo que pude generar a través de múltiples actividades empresariales pude darle a mi familia el mismo confort que tenía antes. No he tenido que mirarle la cara a nadie. Y eso da una tremenda independencia.

 

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-Y mientras tenía cargos públicos ¿cómo enfrentó la independencia entre la política y los negocios?

-Siempre he tratado de no mezclar la política con los negocios. Tengo el corazón dividido entre lo público y lo privado, pero tengo claro que cuando uno está en un lado, no puede estar en otro.

 

 

-¿A quién le está pasando el mensaje?

-A todos los empresarios que participan en política, empezando por mí, que cuando estaba en el servicio público dejé todos los directorios de empresas. Cuando fui alcalde, de hecho, dejé el negocio inmobiliario para no tener conflictos de interés con directores de obras de otros municipios, me abstuve de trabajar en la comuna de Santiago y nunca ejercí cargos vinculados al sector minero.

 

 

-¿Cómo cree que se ha manejado Sebastián Piñera en ese terreno?

-Mire, yo tengo una óptima visión de Sebastián, de sus capacidades y de sus condiciones. Pero creo que se hubiese ahorrado muchos malos ratos si después de haber hecho la transacción de Lan (por la que fue multado) hubiese declarado que había sido un error. Porque si bien lo legal podrá discutirlo, desde el punto de vista ético quienes hemos sido directores sabemos que hay cosas que no se deben hacer. De todas formas, pienso que no hay ninguna incompatibilidad teórica en que un empresario aspire a ser candidato a la presidencia.

 

 

-Bajo ciertas condiciones, claro…

-En la mayor parte del mundo se le pide a esos empresarios que no administren sus negocios mientras están postulando o ejerciendo cargos públicos. Por eso comparto plenamente la idea de que se establezca la idea del fideicomiso ciego.

 

 

-El gobierno de Bachelet fue reticente a legislar al respecto. Usted, en cambio, está más cerca de la UDI en ese plano.

 

-Qué quiere que le diga. Yo estoy con lo que pienso. Incluso sin ley uno puede crear figuras para desligarse de la administración de los negocios. Cuando uno quiere hacer las cosas las hace.

 

 

-¿Usted lo hizo completamente mientras estuvo en el gobierno?

-Le advierto que soy ¡muuuchos ceros más chico que Sebastián Piñera!… En todo caso, sí, me abstuve. Me pareció correcto no estar en la administración de los negocios mientras fui funcionario público.

 

 

 

El negocio que no fue


A fines de los 80, cuando el DC Patricio Aylwin ganó las elecciones, a Jaime Ravinet le sobraban las razones para celebrar. Como secretario ejecutivo del comando que llevó a la Concertación al poder, se había jugado entero por el retorno a la democracia y se abría para él una importante carrera en la arena pública. Pero en lo empresarial las cosas no estaban para destapar champaña, según cuenta ahora. ¿La razón? En esos años de euforia, recién se estaba levantando de una gran caída. “Junto a Pedro Butazzoni entramos al negocio de los salmones. De hecho, fuimos los primeros en instalarnos en el lago Llanquihue, en la zona del río Pescado. Partimos con truchas, luego agregamos salmones y trabajamos con profesionales de muy alto nivel. Sin embargo, todo terminó en un fracaso económico. Durante muchos años, si veía un salmón… ¡me daba alergia!”, afirma con vehemencia. La empresa, que se llamaba Salmosur, había partido en grande, estaba en toda la cadena de producción e incluso tenía su propia fábrica de alimentos en Puerto Montt y un frigorífico a la entrada de Ancud, en Chiloé, que los socios habían comprado a la Corfo. Pero no resultó, el tipo de cambio se fue a la baja, las tasas de interés empezaron a crecer y para colmo los precios del producto en Japón, que era su principal destino, se fueron en picada.


-La mezcla fue explosiva, tuvimos que vender haciendo una gran pérdida. Y ahí aprendimos que los negocios no quiebran por las ideas o por una falla en las perspectivas de crecimiento, sino por la falta de caja –explica.

 

 

 

Petróleo, su próxima meta


La vuelta de Ravinet a la actividad empresarial ha sido sin respiro. Si lo del gas en Arauco tiene visos de gran aventura, no menos arriesgado es lo que está planeando, con sus socios chilenos, y no con los norteamericanos, en la zona de Magallanes. Ahí, el gobierno lanzó una licitación internacional para explorar y explotar hidrocarburos en un área de 32 mil kilómetros cuadrados divididos en 10 bloques o territorios, cuyas superficies van desde los 1.200 hasta los 6.700 kilómetros cuadrados.


La búsqueda de seguridad energética llevó al Estado chileno a abrir el negocio a terceros bajo la modalidad de contratos especiales de operación por 35 años, una oportunidad que Ravinet vio pasar y no dudó en tomar. Para eso, cuenta, está en conversaciones con grupos petroleros internacionales que prefiere no nombrar, pero con los que quiere dar forma a un consorcio tan pronto como sea posible. El tema lo tiene con la adrenalina a full. “Debería generar un boom de actividades de exploración en los próximos años”, explica.


Las energías renovables también están en su agenda. A través de Geotec formó una alianza con Estrella, una compañía de capitales argentinos y canadienses, para participar en la licitación a la que llamaron la italiana Enel y Enap para explorar yacimientos geotérmicos en la zona del Tatio, en San Pedro de Atacama. La definición será en agosto y a principios de noviembre, en tanto, se sabrán los ganadores del proceso en Magallanes. Para entonces, la agenda del ex alcalde estará más que copada.