El poeta habla de su extraordinario y voluminoso último libro, en el que mezcla poesía y memorias, arte y política, y que tuvo su origen en una estadía en Berlín en la que pensó en el suicidio. Por Marcelo Soto

  • 23 agosto, 2011

 

El poeta habla de su extraordinario y voluminoso último libro, en el que mezcla poesía y memorias, arte y política, y que tuvo su origen en una estadía en Berlín en la que pensó en el suicidio. Por Marcelo Soto

 

Zurita (Ediciones Universidad Diego Portales) tiene casi 750 páginas y pesa tanto como un ladrillo. En caso de necesidad, podría usarse como arma de defensa personal. Pero es mucho más que eso: se trata, probablemente, de uno de los textos más ambiciosos de la poesía reciente en español. Un volumen que, por densidad y estatura creativa, deja la vara alta para los poetas de hoy en la lengua.

No son muchos los autores que como Raúl Zurita, nacido en 1950, pueden mostrar un proyecto literario tan contundente, que llega a su culminación en cierta forma con este torrente lírico, que combina memoria y poesía, vida y arte de una manera por momentos sobrecogedora.

El narrador-hablante es el hijo de una inmigrante italiana, y su padre muere cuando él tiene apenas dos años; que estudia ingeniería civil en la Santa María de Valparaíso frente al mar y que luego del golpe es apresado y torturado. Un tipo enamoradizo que se convierte en poeta y protagoniza acciones de arte en las que un avión dibuja versos de humo en el cielo de Nueva York y se lanza ácido en los ojos para no ver la realidad que le repugna. Una celebridad literaria que se junta con Nicanor Parra y luego habla de sus aventuras con mujeres, de sus bajezas y se tira en picada contra otros poetas.

Ese personaje no es otro que Zurita y por lo mismo el título de su nuevo libro no es un acto de megalomanía, sino de honestidad. Una actitud radical, casi brutal en algunas ocasiones, que seguramente dejará heridos en el camino, pero que el poeta asume con una inesperada lucidez. Aquejado del mal de Parkinson desde hace diez años, Zurita parece más vivo que nunca.

El libro puede leerse así como las memorias del poeta, pero también como la visión de un país en llamas. El narrador va y viene en el tiempo, desde el pasado ancestral hasta un futuro de desolación, siempre con el 11 de septiembre de 1973 como leit motiv de las miserias nacionales.

Zurita no está para chistes, pero lo encontramos una tarde en su ofi cina de la Universidad Diego Portales de excelente humor. En paz. Afuera, en algunas partes de la ciudad hay protestas. En otras cae la nieve. Y entre tanto, Zurita sonríe.

-Un joven poeta, Víctor López, me decía que este es uno de los libros más importantes de poesía en español en mucho tiempo, que viene a culminar un proyecto poético muy potente y obsesivo.
-Es un libro que perseguí durante 30 años, y sólo en los últimos 10 años lo pude hacer. O sea, desde que publiqué Purgatorio, mi primer libro y que curiosamente para mí es el más parecido al último, quería una cosa: que la vida, la historia y la poesía borraran sus fronteras.

-Un viejo anhelo de los poetas, pero que nunca se logra.

-Nunca… por otro lado, estaba insatisfecho con las formas establecidas. Sentía que el poema, el verso, eran una jaula. Necesitaba que la forma se acomodara a lo que sentía que tenía que decir y no a la inversa.

-En estos 10 años de trabajo, este libro fue saliendo por partes. ¿Fue una manera de mantenerse publicando?
-Ya por el 2003, cuando saqué el libro INRI ya tenía más o menos la estructura, lo que pasa es que era muy largo, era un esfuerzo demasiado grande. Cada cierto tiempo tenía que sacar algo, para descomprimir. De hecho aparecieron cinco libros, con pedazos de este libro. Iba sacando pedazos como una forma de aliviarme.

-¿Por qué crees que poesía y vida deben borrar las fronteras?

-Porque es imposible. Nunca se borra. Nunca lo escrito es la vida.

-¿Siempre queda un déficit, una deuda?
-Claro, un desfase, que es lo que hace posible la literatura precisamente. Si no hubiera ningún desfase no escribiría. Es el intento por ver la vida como una obra de arte. O de transformar la vida en una obra de arte. Es lo que está en el corazón de todo. Y ahora que terminé este libro, más que nunca me doy cuenta de la imposibilidad de esa proeza.

-¿Como quedaste después de escribir las 800 páginas de Zurita?
-Quedé bien, con una sensación de término. Sentí que lo que quería hacer finalmente lo había hecho, que no tengo la más mínima sombra de un nuevo proyecto. Y que ahora me podré dedicar en paz a leer. Algo que tiene todas las ventajas de escribir, pero ninguna de sus angustias.

-¿No te sentiste vacío, como en el pasado?
-Esta vez la sensación ha sido placentera. Otras veces he terminado un libro y he quedado muy angustiado, en punto muerto. Esto ha sido bueno, rico. Un aspecto importante de este libro es que aunque la vida nunca se va a poder contar, los datos son reales. Mi madre efectivamente se llama Ana Canessa, a mi abuela le decíamos Veli pero se llamaba Josefina… los nombres son reales.

-El libro es muy personal, ¿hubo complicaciones con tu familia? ¿Hasta qué punto puedes decir algo que pertenece a la intimidad?
-Fíjate que la gente es más culta o más cínica o le interesa un pepino (risas), porque la verdad es que no lo leyeron. No he tenido el más mínimo problema con nadie, lo tuve con uno pero finalmente lo cambié… Ahora, cuando pones los nombres es de nuevo lo mismo que hablamos antes: es y no es el personaje. La imagen que me dominaba era: ver el presente como presente pero al mismo tiempo como si hubiesen pasado dos millones de años.

-Hay una presencia del día 11 de septiembre, pero igualmente vas y vuelves, y está todo narrado desde un espacio intemporal…
-Eso fue consciente. Quería hacerlo.

La posibilidad del suicidio

-¿Cómo empezó este libro?
-Estaba en Berlín, en una situación personal muy terrible, con una angustia y una sensación de sinsentido. El año 2002 me gané una beca en Alemania y creo que no me suicidé en Berlín porque había “Bolaño se convirtió en Bolaño porque era un pésimo poeta. Los poemas de Donoso eran horribles, igual que los de Faulkner. ¡Pero cómo compensaron todos ellos su falta de talento para la poesía! Lo de Bolaño es admirable. Ojalá todo los tipos que son malos poetas terminaran así”. un libro que se llamaba Morir en Berlín, de Carlos Cerda. Lo había leído y no quería que la vida imitara al arte.

-¿Pensaste que podía ser un cliché morir allá?
-Sí… (risas) un poquito cliché. Me acuerdo que me daba órdenes. Decía: “hazte un té” y me hacía un té. Para salvar el instante. Me había separado y estaba muy mal. Entonces lo principal era cómo salir de esa angustia. De pronto vi una manifestación contra Bush. No sé qué estaban bombardeando los norteamericanos, pero algo habrán estado haciendo. Me senté y me asaltaron algunos recuerdos y me imaginé unas ciudades de agua. Volví a trabajar sobre ese tema y lo dejé. Cinco meses después de que había vuelto de Berlín, lo volví a tomar. Así estuve hasta que el 2003 empecé a darle forma a un proyecto. Cuando yo empiezo algo me da mucho susto, sobre todo si me está saliendo bien. Pienso que en la próxima línea se va ir a todo al tacho. Al final, cuando ya estás metido en el proceso, es impresionante la capacidad de resistencia física que uno tiene. Se acaba el sueño, el día se hace noche, la noche se hace día. El último año y medio fue vivir casi como en un sueño.

-Todo volcado a las páginas.
-Claro. Y todo cuajaba, todo se armaba. Fue una sensación muy potente. Todas las escenas que recuerdo en el libro son escenas que en la vida me han provocado dolor o angustia, miedo, rabia… Si tu escribes sobre eso, tal vez uno lo hace con la ilusión de que va a provocar alivio al respecto, pero la verdad es que no. Se hace más nítido el dolor todavía. Por ejemplo, muy viejo me di cuenta de la falta que me había hecho mi padre, que se murió cuando yo tenía dos años. Son cosas de las que te vas dando cuenta después, al escribir. Tus yerros, tus faltas, tus abusos. Creo que tal vez este es un libro sin compasión con uno mismo. Hice un esfuerzo por rehusar la autocompasión y la falsa solidaridad.

-Partiste de esta imagen de ciudades inundadas, destruidas, ¿por qué?
-Hay escenas cotidianas, dolorosas, el golpe militar, etc., pero detrás de todo están las ciudades flotando. Fue la primera imagen. Otra imagen que tuve es que cuando vas en el Metro y se para frente a otro vagón, y se detiene un rato y miras a alguien y ese alguien te está mirando… Esa imagen fue lo único que no pude poner bien en el texto. No pude plasmarlo. El instante en que miras y alguien te está mirando, el universo entero pasa ahí, al frente. No lo vas a ver nunca más, es un segundo, pero por una mirada así se escribió La divina comedia.

-¿Un punto aleph, como el cuento de Borges?
-El aleph. Fantástico. Eso fue de las primeras cosas que escribí, pero no lo pude realizar. Me impresionó también descubrir que una obra literaria, aunque tenga un millón de personajes, siempre finalmente es un monólogo. Como los sueños. En La divina comedia, uno tiene la sensación de que Dante escribió el libro para oírse decirle a Beatriz lo que nunca había sido dicho en vida, como si no fuese él mismo el que se lo está diciendo. Es un monólogo, en que te preguntas y te contestas a ti mismo. Y eso por un instante te alivia.

-El tema de la ausencia del padre, con ramificaciones bíblicas, recuerda algunas canciones de Dylan. Tú eres admirador de él.
-Absolutamente. Me alucina el tipo, por muchas cosas, pero sobre todo por la absoluta libertad que tiene. Mezcla de tiempos, situaciones, personajes.

-De hecho, me parece que algunas partes del libro se podrían cantar como un blues, ¿nunca lo has intentado?
-Ahora voy a sacar un disco con un conjunto rock, pero no es que le hayan puesto música a mis poemas, sino que me largo a leer a grito pelado mientras ellos tocan. La banda se llama González y los Asistentes. Lo hemos hecho dos o tres veces y ahora vamos a sacar un disco. Pero los resultados de musicalizaciones no me han sido muy pródigos. No toco instrumentos, pero me encantaría. A Dylan llegué por las letras, como a los 27 años, en los 70, después del golpe. Me empecé a fijar en la letra, no tengo facilidad para los idiomas, así que empecé escuchar y a traducirlo. Italiano hablo algo, pero no inglés. No fui bendecido por la diosa de los idiomas. He cometido errores de traducción que han sido increíbles. Yo escuchaba la canción House of the rising sun, de los Animals: My mother was a traitor. Mi madre fue una traidora, pensaba yo. Pero era: “mi madre fue una sastre” (taylor). En un poema construí toda una cuestión con que mi madre fue una traidora. Pero había traducido mal.

-El lenguaje del rock, ¿te interesa?
-Me rayan las letras, pero no la cosa relamida hispanoamericana. No me gustan los boleros. El bolero lo encuentro dulzón. No me gusta Silvio Rodríguez. Pero Dylan y algunas letras de Mick Jagger son impresionantes. Los poetas y la enfermedad

-Otra cosa que haces en este libro es que hablas de muchos poetas. Aparece Nicanor Parra, por ejemplo. Dices algunas cosas medio indiscretas, también.
– Pero a Nicanor lo trato súper bien, porque lo quiero mucho. Parra es tremendo. Fue muy importante para mí. Lo leí a los 18 años. Trajo la vida de vuelta a la poesía. La oposición Neruda-Parra me parece absolutamente absurda. Parra y Neruda están súper unidos. A Parra le debo mucho. Y pasé mucho tiempo con él, sobre todo en la época después del golpe. Conversamos mucho. Era un tiempo terrible, y él apoyó el golpe, entonces no tenía muchos amigos. Yo había estado preso, sin embargo lo iba a ver.

-¿Fue una figura paternal para ti?
-Seguramente. Uno tiende fácilmente a identificar padres. Los anda buscando en todas partes. Pero fíjate, la relación con Parra fue siempre buena, a diferencia de los poetas que venían después, con los que nunca me llevé bien. Ni con Enrique Lihn, ni con Teillier ni con Uribe. Esa generación de tipos muy malalechosos. Irradiaban mala leche.

-¿Teillier también?
-Teillier era un tipo tremendamente violento, ejercía un dominio sobre los demás, sobre su corte.

-Pero de Parra alguna vez escribiste que se estaba convirtiendo en poeta oficial, el poeta perfecto, sin fisuras.
-Escribí sobre la nerudización de Parra, que significaba transformar su obra en Hello Kitty. Otra persona que tuvo mucho que ver conmigo fue Juan Luis Martínez. Juan Luis era de Viña, y al final vivía en Villa Alemana. Lo conocí a los 18 años. Lo vi una vez cuando yo tenía como 6 años, y no se me olvidó nunca porque tenía el pelo súper largo, en un tiempo en que no se usaba. Después lo volví a ver a los 14 años. “Bah, el mismo tipo que vi hace un tiempo”, pensé. Después lo volví a ver en una micro a Concón. Como si ya estuviera adelantándome que iba a ser tío de mi hijo, mi cuñado. Yo estuve casado con la hermana. Llegaría a ser alguien bastante presente en mi vida.

-Este libro está dedicado a Paulina, “con quien moriré”. ¿La muerte está muy presente?

-Bueno, llega un momento en que no tengo ninguna enfermedad terminal que yo sepa, uno nunca sabe, pero claro que la muerte es una cosa inminente. Uno ve cómo pasa el tiempo y es una cosa impresionante. Los amigos que se mueren. De repente vino una verdadera razzia de curados. Todos mis amigos curados se están muriendo. Mauricio Barrientos, Aristóteles España… El alcohol no perdona.

-Una vez hiciste un comentario sobre Bolaño, que tiene ese famoso discurso, Literatura + enfermedad = enfermedad, pero tu dijiste que en realidad literatura + enfermedad = muerte. -El mismo Bolaño lo podría corroborar. -Ustedes eran contemporáneos.
-Yo era dos años mayor que él.

-Y en su novela Estrella distante hay una referencia hacia ti, sobre un poeta megalómano que escribe versos en el aire. ¿Te molestó?
-Está bien. El hizo algo que es totalmente legítimo: tomar un elemento y transformarlo y darle la lectura que a él le pareciera. Me habría gustado conocerlo. Habríamos peleado, seguramente. El era un tipo enfermo de competitivo. Eso puedo entenderlo y me parece bien. Una parte del discurso de Bolaño era que en Chile no pasa nada. Y tenía que demostrarlo como fuese. Y en fin. Yo lo hago aparecer como dos o tres veces en mi libro.

-También dijiste que Bolaño se convirtió en escritor porque era un mal poeta.

-No es el único caso. Sus poemas son pésimos, pero eso no dice nada. Porque los poemas de Faulkner también eran pésimos. Y los de Borges tampoco me gustan mucho. Faulkner escribió poemas horribles y llegó a ser Faulkner, porque escribía malos poemas y quiso buscar una forma de remediarlo. Cortázar igual, lo mismo James Joyce. Bolaño se convirtió en Bolaño porque era un pésimo poeta. Los poemas de Donoso, uf. ¡Pero cómo compensaron todos ellos su falta de talento para la poesía! Lo de Bolaño es admirable. Ojalá todo los tipos que son malos poetas terminaran así.

-Así, dejarían de escribir malos poemas.
– Sería una buena cosa.

-¿Cómo te sientes ahora respecto al momento del país?
-Asisto con entusiasmo y dolor a esta especie de renacimiento. Con entusiasmo, porque no hay caso: las cosas vuelven a empezar. En otro punto, en otra esfera. En un momento dado todos querían mercado, y así se sepultó una serie de ideales, sueños, que ahora vuelven a aparecer. Creo que nos esperan años interesantes, me gustaría volver a ser joven. Con dolor, porque sé que me toca ver el principio, no más. El mundo que yo me imaginé, cuando yo era joven, durante la dictadura, no tiene nada que ver con el mundo que surgió.

-Hace tiempo te diagnosticaron Parkinson. ¿Cómo te llevas con la enfermedad?
-Me llevo bien. Son diez años ya. Las enfermedades tienen su departamento de relaciones públicas. Por supuesto que entre tenerla y no tenerla preferiría no tenerla. Pero hemos llegado a tener una buena relación.

-¿Cómo escribes, cómo lograr realizar una rutina cotidiana?
-Escribir a mano me cuesta mucho, tecleo y me afecta más el lado derecho que el lado izquierdo. Me he estado transformando en un zurdo bastante diestro. Todo tiene un grado mayor de dificultad. Es una cosa motora. Es como la venganza del cuerpo, que tuve sumido en el más absoluto de los desprecios. Por una cosa idealista, pensaba que todo tiene que pasar por la cabeza. Ahora el cuerpo te dice: “no, fíjate en mí, que te voy a joder”. Pero no vivo el mal con patetismo. Me gustaría quedarme inválido de golpe para comprarme una feroz silla de ruedas eléctrica. Me cuesta hacer cosas muy cotidianas, como darme vuelta en la cama. Todo lo que signifi que movimiento tienes que hacer un movimiento extra, poner otra marcha. Las pastillas hacen una diferencia impresionante, como un interruptor. Pero no es fácil llegar a un equilibrio exacto. Hay un momento en que la cosa baja y es jodido, latero, pero nunca he sido un enamorado de la salud. Tengo momentos de paz, en mi casa, el fin de semana, con mi mujer.

El arte del blablablá

-En tu libro miras tu biografía de forma muy íntima, pero también con ironía. Te ríes de ti mismo, del personaje que has construido públicamente. De las cosas que hiciste en los 80, del ácido en la cara y las acciones de arte…
-y blablablá.

-Exacto. Hay un capítulo de Seinfeld, en que los personajes cuando quieren ahorrarse contar una historia latera simplemente dicen “y blablablá”. Lo mismo haces tú en algunos poemas.
-Sí (se ríe). Para evitar volver a contar toda la historia. Ya no es necesario volver a contarla.

-Terminaste este libro y fue la culminación de un proyecto.
-Por primera vez estoy en paz. Además que cuando escribes un libro de 750 páginas, al menos te libraste de la obligación de leerlo.

-¿Qué opinas de la poesía chilena joven?
-Muy fuerte, hay cosas buenas. Hombres y mujeres, que son muy contraculturales. Los mejores poetas son muy anarcos en su obra, son los primeros tipos que escarbaron en esta especie de oropel brilloso en que quería transformarse Chile. Lo raspabas y estaba la grande abajo. Gente como Paula Ilabaca, Diego Ramírez. Los leo con mucha pasión y curiosidad, porque es un mundo que ya no voy a ver.

-¿Estás dedicado a la docencia?
-Llevo 11 años en la UDP, y entre todas las cosas que he tenido que hacer para ganarme la vida, que no eran escribir, esta sería la mejor. Me da menos confl ictos, creo que me llevo bien con los chicos. Hago un curso de La Divina comedia, y uno que se llama Arte y dictadura en Chile. Ese es puro blablablá (risas). No tengo que prepararlo mucho, es como abrir una llave, hablo en primera persona.

-Estudiaste ingeniería civil, ¿son importantes las matemáticas en tu vida?

-Uno va olvidando las matemáticas, pero todavía le puedo hacer clases a chicos de cuarto medio sin problema. La ciencia para mí representa la exigencia de rigor. Si construyes mal un puente, se cae. Un poema tiene la misma exigencia que construir un puente. No se puede caer. La técnica, la ingeniería, es un trabajo en donde no puedes especular mucho. El no es no, el sí es sí. Eso me ha importado mucho en mi poesía. Por así decirlo, que haya una cierta verifi cación con la realidad. Una idea de proyecto. Nunca he escrito poemarios, en que junto poemas diversos. Eso para mí no vale. El libro tiene que tener una idea, un trazado.

-¿Te arrepientes de algo?
-Por supuesto. De tantas cosas. Pero he cambiado. Por eso escribí el libro. Representa la suma de cosas que tú eres. No hay vuelta que darle, uno es todo lo que ha visto, todo lo ha hecho, lo que no hizo. Todo. Pero claro que me arrepiento de muchas cosas.