La reposición de un elogiado y creativo montaje mozartiano del 2008, esta vez en plena Plaza de Armas de Santiago, fue la partida para una propuesta valiosa y memorable: el primer Festival de Opera de Cámara capitalino.

  • 23 enero, 2009

 

La reposición de un elogiado y creativo montaje mozartiano del 2008, esta vez en plena Plaza de Armas de Santiago, fue la partida para una propuesta valiosa y memorable: el primer Festival de Opera de Cámara capitalino. Por Joel Poblete.

Uno de los más atractivos y meritorios proyectos musicales de los últimos años partió hace unos días con el regreso de la elogiada producción de Myriam Singer para El rapto en el serrallo, la deliciosa comedia de Mozart que ya tuviera un exitoso par de presentaciones en septiembre pasado en el Centro de Extensión UC y en el Aula Magna de la Usach. Esta vez el desafío era mayor, porque la nueva función, que daba inicio al Primer Festival de Opera de Cámara de Santiago, sería al aire libre, con entrada liberada y en plena Plaza de Armas capitalina, con todas las exigencias técnicas que esto implica y con el desafío de cautivar a una audiencia que, muy probablemente, nunca había asistido a una ópera. Y esta vez con un espectáculo quizás mucho menos masivo que el concierto de Plácido Domingo hace dos años o el ballet 30 & Tr3s horas bar, por mencionar otras dos presentaciones en ese mismo lugar que contaron con el entusiasmo desbordado del público.

En general, la función dejó un saldo muy positivo, al menos en lo artístico, porque en lo musical y escénico los logros fueron tan meritorios como en el debut: de partida: volvió a destacar la creativa propuesta audiovisual que prescindía de elementos de escenografía física para confiar en las imágenes, con filmaciones en paisajes reales y algunos trabajados digitalmente, los cuales no sólo ayudaban a ambientar la acción en la Turquía del argumento original, sino además hacían más fluida la acción teatral al permitirse divertidas conexiones contemporáneas, algunas más logradas y oportunas que otras, hay que decirlo; porque, a ratos, caían en el ridículo y en ciertos momentos distraían innecesariamente de la música.

Pero de todos modos la partitura siempre estuvo muy bien servida por la experta batuta de David del Pino Klinge, en una lectura certera y siempre atenta a apoyar a sus cantantes, en un elenco donde en lo vocal brillaron mucho más las mujeres: la notable Pamela Flores, enfrentando con seguridad y belleza vocal el difícil rol de Konstanze, y una cada vez más segura y chispeante Patricia Cifuentes, mientras Daniel Farías fue un divertido y entusiasta Pedrillo e Iván Rodríguez y David Gaez exhibieron buen material y línea de canto, aunque aún deben madurar sus personajes. Alvaro Rudolphy, el “gancho” popular del espectáculo, exhibió una sobria presencia, aunque su registro actoral fue notoriamente distinto al de los cantantes.

Que un arte tan habitualmente criticado como “elitista” pueda inspirar un festival veraniego y gratuito que merece un sitio de privilegio, incluso en la ya nutrida cartelera de enero, es desde ya un acierto; obre todo, considerando que los espectadores llenaron las localidades disponibles y a pesar de las deserciones que fue posible detectar durante la función, se quedaron en su mayoría hasta el fi nal, tras alrededor de dos horas de música. A pesar de eso, para los que estuvimos ahí es imposible no señalar ciertos desaciertos de la velada.

Obviamente, a estas alturas es imposible controlar a los perros callejeros que ladraban o a los “porfiados” que respondían sus celulares a pesar de la advertencia de apagarlos al inicio de la presentación; pero sí sorprendió, especialmente tratándose de una actividad apoyada por el Consejo Nacional de la Cultura y las Artes, que a nivel oficial no fuera posible bloquear o desviar el tránsito por las dos calles que pasan por la plaza, lo que influyó en el permanente ruido de micros y autos, o incluso bulliciosas motos como la que se escuchó inoportunamente justo en el aria más difícil y famosa de Konstanze, “Marten aller Arten”. Y aunque en general el público reaccionó con respeto e incluso cierta timidez y falta de entusiasmo, en algunos sectores se hizo bastante molesto soportar a la gente que conversaba en voz alta durante los números musicales, como si estuviera en el living de sus casas. Los breves pero contundentes aplausos con que fue recibido el fi nal confi rman que los asistentes quedaron conformes, pero de todos modos es imposible dejar de preguntarse qué tan preparado está nuestro público para este tipo de espectáculos; y eso podría conducirnos a un círculo vicioso, porque sin iniciativas como este festival -que incluso logró la prácticamente inédita asociación de la UC, la Usach y la Universidad de Chile- sería difícil saberlo, evaluarlo y acometer un largo camino para ir educando musicalmente a nuestra gente.

Tras el título mozartiano y el programa doble que escenifi có La cantata del café de Bach y Brundibár del checo Hans Krása, el próximo 28 y 29 de enero, en el Centro de Extensión UC, será el turno de un montaje que los melómanos esperábamos hace mucho; un título ineludible en la historia de la música al ser considerado como la ópera más antigua que aún se representa, la misma de la cual habláramos hace un tiempo en esta columna a raíz de sus 400 años: el bello y conmovedor Orfeo de Monteverdi. Desde ya, todo un hito en Chile.