¿Aún pueden quedar dudas de que el compositor estadounidense es uno de los pocos que pueden ser considerados clásicos del siglo pasado en las salas de concierto? Confírmelo con el atractivo programa que la Sinfónica ofrecerá este mes.

  • 3 octubre, 2008


¿Aún pueden quedar dudas de que el compositor estadounidense es uno de los pocos que pueden ser considerados clásicos del siglo pasado en las salas de concierto? Confírmelo con el atractivo programa que la Sinfónica ofrecerá este mes.

¿Aún pueden quedar dudas de que el compositor estadounidense es uno de los pocos que pueden ser considerados clásicos del siglo pasado en las salas de concierto? Confírmelo con el atractivo programa que la Sinfónica ofrecerá este mes. Por Joel Poblete.

Mientras disfrutaba del hermoso concierto con obras de Astor Piazzolla que a mediados de septiembre ofreció el Teatro de la Universidad de Chile, con la Sinfónica dirigida por la comprometida batuta del venezolano Rodolfo Saglimbeni, volví a pensar en cómo, aunque muchos han dado por muerta a la música sinfónica, aún es posible descubrir nuevas joyas que encuentran un lugar en el repertorio de las orquestas y salas de concierto. Han pasado entre 30 y 50 años de su composición, pero a estas alturas cualquier resquemor inicial se ha ido acallando y hay un consenso: piezas tan sublimes e inspiradas como Adiós nonino, Milonga del ángel, La muerte del ángel, Las cuatro estaciones porteñas y Oblivion –por nombrar algunos trabajos del compositor argentino interpretados en la ocasión– tienen todo el derecho a ser programadas en las temporadas de música docta de cualquier parte del mundo, y pueden ser consideradas como clásicos modernos.

En el transcurso del siglo XX fue generándose la convicción de que, ya fuera por la evolución de los estilos musicales o simplemente por la magnitud de los talentos de las nuevas generaciones, sería prácticamente imposible el surgimiento de nuevos Beethoven, Mahler, Strauss o Debussy. Y, sin embargo, algunos nombres y obras han conseguido cimentarse en el tiempo, lo que lleva una vez más a preguntarse ¿cuándo se puede saber que una pieza sinfónica logrará trascender en el tiempo? ¿Por qué algunas sí y otras no? No hay una respuesta definitiva para esas interrogantes, pero de todos modos el paso de los años se encarga de poner las cosas en su lugar y, ayudarnos a contextualizar la realidad: así, Piazzolla ya es un clásico del siglo pasado, y junto a él otros más, entre los cuales es ineludible regresar una y otra vez al siempre irresistible George Gershwin, que precisamente será el protagonista de otro concierto de la Sinfónica que promete, el 24 y 25 de octubre: dirigida por su titular, el polaco Michal Nesterowicz, la agrupación abordará la Obertura Cubana, la obertura del musical Strike up the band, y dos de las obras maestras del músico estadounidense, la Rhapsody in blue –con la pianista Luisa Cánepa como solista– y Un americano en París.

Aunque no alcanzó a vivir 40 años y han pasado siete décadas desde que Gershwin murió, su legado sigue conquistando nuevos adeptos: sus canciones han sido versionadas por los más famosos intérpretes, que van de las clásicas versiones de Ella Fitzgerald, Billy Holiday, Judy Garland y  Frank Sinatra, hasta Nina Simone, Madonna y Sting, al tiempo que ha recibido el tributo de cineastas como Woody Allen (desde ese inolvidable inicio con Rhapsody in blue, su ya clásico film Manhattan es un auténtico canto de amor hacia Nueva York y la música de Gershwin). Y a pesar de eso, aún muchos lo desdeñan considerándolo intrascendente, como si fuera un autor más de Broadway; pero por si no bastara con defender la belleza y encanto de canciones como I got rhythm, Someone to watch over me o Summertime, cualquiera que se dedique a escuchar con atención sus obras sinfónicas –defendidas en su tiempo por directores de la talla de Pierre Monteux y Otto Klemperer, por cierto– descubrirá la inteligencia y sensibilidad con las cuales el autor supo absorber la influencia de Ravel y Debussy, mezclándola con los sones del jazz, para finalmente desarrollar un estilo inconfundible, contundente y propio. ¿Y qué decir de su única ópera, la fascinante Porgy and Bess? Por sus mil detalles orquestales y su habilidad al mezclar música y teatro, es uno de los pocos títulos del siglo XX que merece ser considerado un hito de la historia del género. Como el propio Gershwin.