El realizador mexicano-canadiense es uno de los artistas urbanos más destacados a nivel mundial, y se apronta a estrenar una inmensa obra lumínica y sonora en la frontera de México y Estados Unidos.

  • 26 octubre, 2019

“En la película me ves jovencito, con un entusiasmo y una visión utópica, y según pasa el tiempo me voy poniendo más y más cínico. Es como la película Boyhood versión documental: salgo con pelo, delgado, con ganas. Y de a poco decae ese entusiasmo original porque termino cuestionándome a mí mismo. El documental me gusta y me molesta, ya que es tan fidedigno con el proceso de creación, que el director decidió mostrar también cuando las piezas no funcionan y estoy neurótico”, cuenta el artista electrónico sobre Megalodemocrat, la cinta que Benjamin Duffield grabó a lo largo de una década en 30 ciudades distintas y que se presentaría en Chile en el marco de DART, festival de cine documental sobre arte contemporáneo, que tuvo que  posponer su primera versión dadas las manifestaciones sociales de esta semana (ver recuadro). Efectivamente, en la película Lozano-Hemmer (51) aparece en una versión más joven que la actual, y va explicando algunas de sus obras de arte público de mayor magnitud: se proyectan sombras inmensas de transeúntes en rascacielos en Rotterdam; cientos de luces iluminan un parque de Nueva York al ritmo de las pulsaciones cardiacas de quienes participan de la obra y un túnel reproduce los audios de los que pasan por ahí. A través de su trabajo el artista invita a “organizar una toma democrática del espacio público, interrumpiendo el orden establecido y haciendo que las obras se completen mediante la participación del público”.

Su oficina está en Montreal, se llama Antimodular y trabajan quince personas. Los últimos meses han estado dedicados a Border Tuner, instalación que estará montada entre el 13 y el 24 de noviembre en la frontera de México y Estados Unidos. Específicamente en el Parque de Chamizal por un lado y en la Preparatoria Bowie por el otro, punto límite de las ciudades hermanas El Paso y Ciudad Juárez. Ahí se instalarán reflectores robóticos que crean puentes de luz, que a su vez  abren canales de sonido en vivo. En total serán seis estaciones, tres y tres, que constan de un micrófono, un altavoz y una perilla para sintonizar. Los reflectores crean brazos de luz que escanean el horizonte y cuando se encuentran con otro se activa el sonido. Mientras los participantes hablan y se escuchan, el brillo del puente de luz vibra en sincronización, como un destello en código Morse. Cada noche se abrirá un micrófono a invitados especiales –poetas, representantes de pueblos indígenas, historiadores y feministas, entre otros– y también al público en general. Al entrar en acción, las luces se cruzan y las estaciones pueden escucharse entre sí. Border Tuner está diseñado para crear interconexiones entre las comunidades de ambos lados y  para hacer visibles las relaciones que existen históricamente. “Darles voz a quienes viven ahí y también llamar la atención internacional”, dice Lozano-Hemmer, en el contexto del endurecimiento de la política migratoria por parte de la administración de Donald Trump y la constante amenaza de la construcción de un gran muro que fracturaría el área metropolitana binacional más grande de Occidente.

La ecuación artística

Rafael estudió química en la Universidad de la Concordia, en Montreal. Cuenta que desde niño le interesó la ciencia, básicamente por la posibilidad de experimentar: “Me gusta mucho la idea de pensar en el experimento como algo radicalmente empírico, donde no puedes pretender saber cuál será el producto hasta que ocurra la reacción”. Siendo adolescente vivió en Madrid porque su madre se emparejó con un español y a los 18 años llegó a Canadá. Dice que tiene una relación fuerte y romántica con México, en parte porque siente que le fue arrebatado y también por sus buenos recuerdos de infancia. Y aunque reconoce los muchos beneficios de vivir en un país tan organizado como Canadá, confiesa que adora Latinoamérica. ¿Cómo pasó de la química al arte? Cuando estudiaba  en la universidad todos sus amigos eran compositores, escritores, actores, coreógrafos. Según él no tenía ningún talento artístico, entonces fue convirtiéndose en el director de escena de producciones teatrales de su grupo. Poco a poco se dio cuenta de que tenía la cualidad de saber combinar distintas disciplinas y crear obras a partir de ese cruce. En 1992 comenzó a hacer arte público.

-¿De qué manera tu formación científica se hace presente en tu trabajo artístico?

-Aunque haya olvidado bastante de lo que aprendí, la ciencia me sigue inspirando. No me siento un artista visual que se para frente a un lienzo y se inspira, sino un organizador de escena que puede conectar diferentes medios y disciplinas. Creo en la colaboración. Las obras están incompletas hasta que el público las termine. Uso una serie de fórmulas y sistemas, pero de algún modo se trata de que la improvisación exista y que las piezas estén fuera de control. Me mueve el interés por encontrar cosas sorprendentes que no habías previsto. Tú imaginas un espacio de participación, pero una vez que lo abres no tienes el monopolio de cómo la gente lo va a utilizar.

-¿Siempre has concebido el arte como interacción?

-Mis padres eran dueños de cabarets y antros nocturnos en México, entonces siempre pensé que el arte tenía que ser como una fiesta donde tú puedes poner la música, las bebidas, y el ambiente, pero al final si la fiesta es buena, depende de los asistentes.

-¿Te parece que el arte deba educar?

-No, y no me gusta cuando la gente dice que el arte comunica. Si quieres comunicación, entonces habla o usa otra forma más efectiva. Me carga esa pretensión de que el arte es algo eficaz. El arte para mí son preguntas y ambigüedad. El buen arte confunde. No me gusta la búsqueda de la verdad ni el moralismo. Tampoco la misión pedagógica, y a pesar de que mi obra en ocasiones tiene una temática política, intento que no se presente de forma mesiánica. Por lo menos en México, los artistas creen que tienen soluciones para todo. Eso me parece absurdo. A la gente le gustan los manifiestos y las grandes verdades, pero en mi opinión los artistas no estamos equipados para eso.

-Sin embargo, tu obra es bien teórica. Hablas de la homogeneización de las ciudades refiriéndote a cómo una imagen de una ciudad moderna podría ser Europa, Asia o Latinoamérica. Basándote en tu experiencia de trabajo en más de 30 ciudades, ¿sientes que la humanidad también está homogeneizada o todavía hay identidades culturales que se manifiestan de diferentes maneras?

-La identidad y la especificidad de un lugar se mantienen pero a nivel de performance. El problema, decía Dick Higgins (pionero del movimiento Fluxus), es que la identidad es para principiantes. Estar conscientes de eso te da cierta libertad porque entiendes que nada viene dado de forma natural: el patriotismo no se hereda de forma genética. Son todas construcciones sociales. Y en una nueva era de nacionalismos, debemos recordar que en nombre de esas identidades se han cometido los peores errores históricos. La globalización está aquí; tienes un perfil virtual de dónde estás, qué compras y para quién. Tus elecciones ya no responden a tu votación, sino a las manipulaciones de algoritmos casi mafiosos, entonces hay una pérdida de sensación de individualidad, y justamente creo que el arte lo que intenta es interrumpir esas narrativas para volver a estar juntos y no perder la capacidad de improvisar. Ver las cosas de otro modo, estar en desacuerdo.

-A propósito del algoritmo, ¿somos los seres humanos tan predecibles?

-Cuando escuches sobre inteligencia artificial y cuán sofisticados son estos algoritmos, cualquier persona que verdaderamente los estudie te puede explicar que son extensiones muy lógicas de sistemas estadísticos que llevamos usando hace 50 años, pero ahora a alta velocidad. Las máquinas pueden reconocer ciertos patrones, pero la capacidad que tiene el ser humano de improvisar, de leer entre líneas, de entender el doble sentido, todavía es imposible de lograr con la computación. Supongo que algún día llegaremos a eso, pero no aún. Todavía quedan campos donde podemos expresarnos y convertirnos en entes difíciles de descifrar por parte de estas generalizaciones estadísticas. Eso a nivel poético, a nivel práctico, en el momento que los grandes autoritarismos tengan más accesos a estas tecnologías, sí estamos hablando de una totalización muy peligrosa.

La esperanza post humanista

-Te denominas post humanista, ¿qué significa eso?

-El humanismo nos trajo una forma de entender la naturaleza sobre la base de la dominación y ahora sabemos que esa visión ha desfalcado todo el sistema ecológico del planeta. Tiene que haber un nuevo entendimiento, donde nosotros no ocupemos la silla principal, sino que seamos partes de una interrelación con el resto de los seres vivos. Hay que ser más humildes y entender la insignificancia de nuestra existencia sobre la Tierra y lo cómplices que hemos sido de la destrucción masiva del sistema ecológico.

-¿Cómo se puede generar ese cambio?

-No sé. Pienso que antes el mercado estaba respaldado por una contrapartida real, el dinero era un pagaré que estaba sustentado en lingotes de oro. Eso ya no existe hace tiempo, y la riqueza está basada en el acceso a la información. Las empresas más poderosas ya no son solo las del petróleo, sino la de los datos, como Facebook. Ellas comercializan nuestra comunicación y la extracción de recursos ahora incluye nuestras relaciones humanas e intimidad. Tecnologías como Uber o Airbnb, de alguna manera son terremotos que dejan a millones de personas sin trabajo. Hay que averiguar cuál va a ser el formato del trabajador en esta nueva era. Si conseguimos que en Norteamérica los camiones sean autónomos, unas 7,5 millones de personas se quedarán sin trabajo.

-¿Tu arte se configura como un espacio de resistencia?

-A veces me gusta pensarlo así. Creo que hay lugar para el arte si existe la incalculable riqueza de conocer a alguien a través de una obra. Hay un compositor que se llama Frederic Rzewski y que en los años 70 hizo una serie de obras que se llamaba Coming Together; la idea de que cuando tú y yo nos encontramos en un mismo teatro o en una galería, y estamos ante algo que nos sacude, salimos de nuestro lugar de confort. Conocer a otro es lo más romántico y bello que puede hacer el arte. Eso no se ha extinguido y es necesario en épocas solitarias como esta. Como decía Jodorowsky: “No vamos a cambiar el mundo, pero vamos a empezar a cambiarlo”.

-El arte entendido como herramienta política.

-La gente en general piensa que el artista joven es muy político y que de viejo te pones más conservador, pero yo creo que es totalmente lo contrario. De joven haces una serie de concesiones porque buscas oportunidades, pero cuando ya tienes un cierto peso, debes decir lo que viene a tu mente. Tener más dignidad. Con Donald Trump hay una intensificación del nacionalismo y racismo, y yo me veo en la situación de que debo hacer algo. Cuando tengamos nietos, quiero mostrarles Border Tuner como algo que intenté hacer. Es un proyecto político, artístico y social para conectar a estas ciudades hermanas que ya están unidas mediante lazos históricos, sociales y fraternales.

 

Dart: arte a la pantalla grande

[Al cierre de esta edición se suspendieron las funciones de Dart. Todo el detalle en www.dart-festival.cl]

Es el único festival en Sudamérica y Europa dedicado exclusivamente al documental sobre arte contemporáneo. Dart se realiza en Barcelona hace dos años y ahora llega a Chile con una interesante cartelera. Un documental sobre la icónica artista japonesa,Yayoi Kusama; la restauración de un filme sobre el exponente del Pop Art, David Hockney; una película sobre la escuela Bauhaus  y War of Art, una odisea en la que se embarcan artistas en Corea del Norte, son algunos de los títulos más destacados además de Megalodemocrat: el arte público de Rafael Lozano-Hemmer. Representando a Chile se mostrarán los documentales Lemebel, de Joanna Reposi, y Escapes de gas, de Bruno Salas, que cuenta la construcción del Edificio UNCTAD III.  Además, la curadora del MoMA y dos veces ganadora del Emmy, Kathy Brew, será una de las invitadas internacionales a Dart.