A 18 años de la creación del Fondo Concursable Fondartm es momento de revisar su trayectoria. Conocido por financiar películas como El Chacotero sentimental o La Casa de vidrio, este fondo ha recibido tanto aplausos como críticas… y hasta dardos, desde todos los sectores sociales. Hoy, luego del cambio de gobierno y con una conocida y millonaria deuca del Consejo de la Cultura y las Artes, el ministro Luciano Cruz-Coke analiza el pasado y tira líneas sobre el futuro. Por María Jesús Carvallo; fotos, Verónica Ortiz.

  • 19 octubre, 2010

 

A 18 años de la creación del Fondo Concursable Fondart es momento de revisar su trayectoria. Conocido por financiar películas como El Chacotero sentimental o La Casa de vidrio, este fondo ha recibido tanto aplausos como críticas… y hasta dardos, desde todos los sectores sociales. Hoy, luego del cambio de gobierno y con una conocida y millonaria deuca del Consejo de la Cultura y las Artes, el ministro Luciano Cruz-Coke analiza el pasado y tira líneas sobre el futuro. Por María Jesús Carvallo; fotos, Verónica Ortiz.

 

Desde sus inicios el Fondart -Fondo Nacional para el Desarrollo de las Artes- ha estado en el ojo del huracán. Algunos lo asocian con éxitos rotundos, como la película Ogú y Mampato en Rapa Nui, que estuvo en cartelera durante 78 semanas y fue vista por casi 300 mil personas. Otros, con situaciones polémicas, como el proyecto de la Casa de vidrio y los desnudos de la actriz Daniella Tobar dentro de la misma y a la vista de los transeúntes.

Creado en 1992 durante el gobierno de Patricio Aylwin, el Fondart nació como una manera de fomentar la creación y el desarrollo artístico y cultural del país a través del financiamiento de proyectos presentados en concurso público.

El presupuesto se destina a respaldar distintas iniciativas, en cuyos análisis participan cerca de 500 especialistas. Pero las opiniones sobre este beneficio estatal son encontradas e incluso sacan chispas.

La galerista y socia de Ch.ACO, Irene Abujatum, es clara: “los Fondart son una herramienta buena para generar proyectos sin presupuesto. Gracias a ellos se han podido llevar a cabo creaciones que no veían la luz. Sin embargo, lo complicado va por el lado de la selección de los jurados. Es difícil saber quién está capacitado para evaluar. Siento que se deben reformular los equipos seleccionadores, porque son éstos los que eligen los proyectos ganadores y tienen en sus manos el desarrollo cultural del país”.

Cantidad versus calidad

Que los evaluadores sean idóneos, que posean la especialización necesaria y apliquen una mirada objetiva a la hora de elegir a los seleccionados infl uye directamente en la calidad de los proyectos. Sergio Parra, socio de la editorial Metales Pesados, lo explica: “el Fondart ha hecho que baje la calidad de los proyectos artísticos y que se haya producido una infl ación en el tema editorial que no es real. Se han entregado muchos fondos, pero a escritores no reconocidos, lo que implica que sus obras no son de excelencia. Cantidad no es calidad. Siento que no se premia bien y que así ocurre que los proyectos que se desarrollan no son buenos, sino libros que luego la gente no compra, porque no le llaman la atención”.

Otros apuntan a que el problema radica en la burocracia a la hora de postular a los fondos. Centenares de papeles, fi rmas ante notario, meses de investigación y recolección de datos han conseguido que, en vez de incentivar el proceso de postulación, ocurra lo contrario y sean menos los que apuesten por participar. “Lo que no ha cambiado, y esta circunstancia es de fondo, es la burocracia del sistema del Fondart. Yo he ganado algunas becas en el exterior, como la John Simon Guggenheim de Nueva York, y nunca he tenido que llenar tantos formularios como acá. Este sistema está basado en la desconfi anza. Por eso tanto papeleo. No hay que partir de la base del engaño”, se queja el artista visual Arturo Duclós.

Enfoques del ministro

El ministro de Cultura, Luciano Cruz-Coke, tiene claro el panorama. “En el Consejo de la Cultura ha habido graves problemas de administración. Deudas de 1.600 millones de pesos, informes lapidarios de Contraloría, juicios de cuentas a funcionarios del Consejo… Cuando le pedí a una consultora una comparación de esta gestión con la de otros servicios públicos, se me respondió que no había punto desde el cual comparar, que el Consejo de la Cultura es el servicio del Estado que peor funciona, por lejos. En mi opinión, tal dictamen es lapidario”.

-¿Cómo han sido el desarrollo y la evolución del Fondart durante estos últimos años?

-Tengo la impresión de que, desde su creación, el Fondart ha sido un mecanismo efectivo en términos de creación artística en Chile. Pero, a la vez, no ha sido tan exitoso en otras áreas. El Fondart ha permitido que el aumento de bienes y servicios culturales en el país sea formidable –si se toma en consideración lo que existía el año 92–, aunque no ha alcanzado igual triunfo al tratar de hacer que esos bienes y servicios lleguen efectivamente a los chilenos, al público general. Es decir, no es directamente proporcional la creación artística con su llegada a la audiencia. Y esta es una de las grandes razones de nuestra propuesta de modernización de los fondos concursables. En las administraciones anteriores se pensaba que los fondos tenían como cliente único al artista gestor. Pero eso es un error. Este beneficio se completa cuando vuelve a la ciudadanía. Está pensado para eso, para que toda la comunidad vea mejorada su calidad de vida con mayor acceso a la cultura.

-Y, concretamente, ¿cómo pretende solucionar este vacío?

-Nos dimos cuenta de que las industrias debían entrar al juego. Es decir, nuestra misión no es solamente proveer a artistas, gestores y productores la posibilidad de acceder a un fondo –lo que hasta ahora se ha transformado en una especie de beca de superviviencia–, sino también crear ciertos estímulos para que ellos tengan otras herramientas que les ofrezcan ciertas alternativas para autogenerar financiamiento a través de otros mecanismos. De esta forma se evita lo que pasa hoy, cuando estos actores esperan que les caiga el maná del cielo y si no se lo ganan, no tratan de crear el proyecto de otra forma, porque saben que al año siguiente tienen la posibilidad de volver a postular y, eventualmente, ganarlo.

– ¿Y qué hicieron?

– Un análisis completo de la cadena de valor que involucra la creación de bienes artísticos desde el primer paso, que es la creación del producto, hasta el último instante, que es la llegada a los públicos. No fue sorpresa descubrir que el problema estaba al final, en el proceso de difusión, circulación y publicidad de los bienes culturales. Percibimos que la compenetración del trabajo que hace el Consejo de la Cultura con los distintos fondos y la industria estaba completamente desconectado.

-Usted anunció un plan de modernización institucional. Esta medida incluía cambiar la denominación y reemplazar la actual de Fondart por la de Fondos Cultura. ¿Es una forma de desmarcarse del Fondart de administraciones anteriores, y limpiarlo de las polémicas y críticas que ha tenido desde su creación?

-El objetivo del cambio de nombre va más allá, son varios puntos. El Fondart es el primer fondo que se crea y la gente conoce y asocia esta generalidad a todas las áreas pero, en verdad, éste apunta sólo a las artes. Hoy, a 18 años, se ha ampliado el espectro de ayuda y hay otros fondos, como los del cine, la música y los libros. Por lo tanto, hablar sólo de Fondart es un error. Son fondos de cultura, un gran paraguas que busca promover el desarrollo cultural del país.

-Recientemente, el artista Iván Navarro afirmó que si no existiera el Fondart el ambiente artístico sería como en el resto del mundo, donde el Estado los apoya muy poco, y que en otros países tienen mejores museos o centros culturales porque el dinero se lo entregan a las instituciones y no a los artistas directamente.

-Es cierto lo que dice Navarro. Estamos incentivando al artista, pero nuestras instituciones culturales no están recibiendo ese mismo apoyo. Hasta ahora nos hemos esforzado en fortalecer una parte de la cadena, la del artista. Pero falta la otra parte, la del público. Para ello estamos trabajando en un mecanismo de estudio de subvención de la demanda. Faltan hábitos de consumo cultural. El fondo debe ir coligado con la industria, por una parte, y por otra con un mejoramiento legislativo que permita la integración de nuevos actores al financiamiento cultural. Es decir, los privados. Eso no implica privatizar la cultura, sino que la sociedad civil se haga parte, tal como ocurre en otros países. No podemos seguir pensando que el Estado es una especie de papá cariñoso con el artista, al que no se le puede dejar solo y, así, tratar de tener mayor cobertura. Eso está mal, porque existe talento de sobra. No puede ser que los artistas buenos se vayan al extranjero porque no creamos las condiciones para que puedan vivir acá y autosustentarse. Hay que dejar de pensar que la cultura y la economía son una antinomia. Estos conceptos deben ir de la mano.

Recursos sin destino

-¿Cómo ve los comentarios que Justo Pastor Mellado dio al diario El Mercurio en 2009: “…en regiones, los Fondart los ganan allí los artistas tardomodernos que no logran tener circulación nacional, pero se aseguran como héroes locales…”?

-El Fondart se ha transformado en una especie de estipendio que el Estado asigna a artistas que de otra manera no podrían sobrevivir por sí mismos. Eso no puede ser. No por el hecho de ser artistas o de creer que lo son, el Estado tiene que financiarlos, porque, si no, ¿por qué no hacerlo con otro tipo de actividades? ¿Quién legitima al artista sino su obra? Lo que Mellado dice es cierto. Hemos dilapidado recursos en productos creativos de regiones que no han llegado a ninguna parte. Y nos hemos dado cuenta de que en las regiones en que hay educación superior la postulación mejora enormemente en términos cualitativos.

– Frente a proyectos polémicos, algunos cuestionan la entrega de fondos a creaciones no idóneas.

– Acá hay un jurado, y el Estado y el Consejo deben velar para que las expresiones artísticas tengan una expresión según la ciudadanía lo postula. Son muchos proyectos por año; hay algunos más aceptados, otros que pueden funcionar menos y siempre habrá un margen de proyectos polémicos que no le van a gustar a todo el mundo. A los jurados les compete determinar el punto de vista estético, artístico. La ley no permite opinar sobre el contenido ideológico que esos proyectos puedan tener. Y, además, la moral tiene que estar fuera de la opinión del Consejo, porque ésta depende de las personas.

-La ex ministra Paulina Urrutia, ¿contribuyó o no a mejorar la imagen de los Fondos de Cultura?

-Es pública la debacle administrativa que existe en este Consejo. Por una parte creo que si hay algo que se puede rescatar de la administración anterior es que hubo voluntad política para aumentar los fondos de cultura, y eso es bueno. Pero pienso que también hubo excesiva desprolijidad en la forma en que los fondos se repartieron y que no hubo una decisión estratégica de entender que esto no solamente debía beneficiar a un grupo de artistas, sino también llegar a los públicos. Creo que debemos ponernos en los ojos del mundo. Chile, como mercado, no da para sustentar a tantos artistas. Hoy día salen y salen personas de carreras artísticas que terminan como cesantes ilustrados. Como Estado, no podemos hacernos cargo de eso. No podemos vivir aumentando infinitamente los fondos para hacer caridad artística.

-Entonces, ¿será que ahora su administración abrió los ojos ante las gestiones anteriores, vio las falencias y quiso hacer algo?

-Yo lo tenía claro desde hacía mucho tiempo, pero tengo la impresión de que cuando los gobiernos se mantienen durante largos períodos y las instituciones también, se crean ciertas inercias. A la ministra Urrutia le cambiaron al subsecretario cuatro veces. Era un cargo en que lo nombraba un partido político con cupos asignados. Eso puede parecer bien o mal. Pero lo que sí es cuestionable e inaceptable, a mi juicio, es que esta persona no sea de plena confianza del ministro. En ese caso pasó que se crearon dos gabinetes paralelos, el de la ministra con su total organigrama y el del subdirector, que se encargaba de la parte administrativa. Y muchos, no todos, entraron o usaron al Consejo como plataforma política, lo que devino en deudas por más de 1.600 millones de pesos. No sé como calificarlo. Es, por decir lo menos, extraño.

-¿Cómo explica que a pesar de la millonaria deuda –que implicó que este ministerio llegara a Dicom con categoría G, la más alta que tiene esta entidad financiera para los deudores– este 2010 se haya aumentado la cantidad de dinero para los fondos concursables?

-Este año se destinaron aproximadamente 19.800 millones de pesos para todos los fondos de cultura e incluso en 2011 habrá un aumento de 3.200.000 dólares más. Pero este aumento no tiene que ver con las deudas que acarrea el Consejo. Son cosas distintas. Los fondos no han tenido hasta ahora problemas con sus rendiciones. Me atrevería a decir, incluso, que es de lo que ha funcionado bien, como una república independiente. La deuda tiene que ver con honorarios no respaldados, entre otros asuntos. Harina de otro costal. Por lo mismo, el ministerio de Hacienda y el mismo presidente aceptaron aumentar el presupuesto para este año porque al final, aunque este sistema es perfectible, finalmente cumple con su objetivo de producir mayor creación de bienes y servicios de cultura.

-Se le viene un panorama desafiante entonces, por decir lo menos…

-El servicio que estaba entregando el Consejo era absolutamente deficiente. Y no sólo para el público general, sino también para los artistas, mis colegas. Pero hoy hemos conseguido un equipo de gente joven que está haciendo que esto funcione hacia una dirección en la que podremos ofrecer un servicio de calidad a las personas y de aquí a cuatro años más esperamos se transforme en un mecanismo de excelencia. Yo pensé que los artistas iban a ser mucho más resistentes a un gobierno de derecha, pero se me han acercado y me han dicho: “gracias, la cosa está funcionando mejor”. Hoy estoy preocupado de ordenar la casa. Y de hacer que el sistema sea eficiente y eficaz con los recursos. La ejecución presupuestaria que tendremos este año es de un 95% por lo bajo, a diferencia de la del año pasado, que fue de un 87% y la del anterior, de un 84%. Si le vamos a pedir recursos a Hacienda, también queremos demostrar que el Consejo de la Cultura no es el niño tonto de los ministerios. Que podemos hacer la pega bien.