• 1 diciembre, 2011

La largamente esperada aprobación de los acuerdos de libre comercio con Colombia y Panamá debería abrir una nueva etapa en la relación Washington-América Latina. ¿Pero será así? Durante los cinco años que los tratados estuvieron demorados en el Congreso, pareciera que la situación del mundo, y en particular de América Latina, y su relación con Washington han cambiado mucho.
Echemos un vistazo. Geopolíticamente, el eje bolivariano mira hacia otro continente; Brasil se ha convertido en una potencia en sí misma, y comercialmente China e India son crecientemente socios estratégicos. Hoy la región exporta más de 240 mil millones de dólares a Asia, y ha recibido más de 60 mil millones de dólares en inversión anual desde China, Rusia, y recientemente de Irán, con las tensiones que el antiguo imperio persa genera a cualquier lugar donde llega.
Sin embargo, con una estrategia de más bajo perfil, sin grandes anuncios o acuerdos, el Departamento de Estado ha reconducido y normalizado varios aspectos de las relaciones con los países de la región. Con Bolivia se ha firmado un “Acuerdo Marco de Relaciones Bilaterales”, que establece un mapa de ruta para restablecer los embajadores de ambos países, que fueron expulsados en 2008, y a su vez apoyar acciones eficaces de cooperación contra la producción y el tráfico ilícito de estupefacientes. Con Ecuador, el nombramiento de la ex ministra de la Producción, Nathalie Cely, como embajadora en Estados Unidos y la casi segura aprobación del embajador norteamericano Adam Namm, en Quito, abren un nuevo espacio de diálogo.
Además de los tratados con Panamá y Colombia, el Congreso aprobó los acuerdos de ATPDA, que reducen a cero los aranceles de los productos que los países andinos -excepto Venezuela y Bolivia- exportan a Estados Unidos. Medidas similares existen para Argentina, Brasil, Haití y Uruguay. Es decir, la relación de Washington en la región, ha mejorado mucho en el aspecto formal, aunque poco se haya publicitado.
Roberta Jacobson, recién nombrada subsecretaria de Estado para el Hemisferio Occidental, parece confirmar una tendencia de la política exterior de la Administración Obama, que busca mantener un bajo perfil, evitar los liderazgos y promover políticas sumando a otros países en coaliciones, o siguiendo a otros.
Hillary Clinton ha cambiado un subsecretario político, de alto perfil y reconocimiento en la región, como era Arturo Valenzuela, por esta profesional de 25 años de carrera diplomática, que tiene particular experiencia en coordinar iniciativas de seguridad y de combate contra las drogas.
Se trata, tal vez de otra señal de los tiempos que corren. Las prioridades en la relación con América Latina tienen más que ver con los desafíos que imponen el tráfico de drogas y la criminalidad, que con el comercio y otros proyectos vecinales en común.
En su reciente testimonio frente al Senado -que votará su aprobación o no en las próximas semanas-, Jacobson destacó los esfuerzos latinoamericanos que estaban teniendo impacto global, si bien ninguno era liderado por Estados Unidos. Mencionó el ejemplo de Brasil, que ha utilizado transferencias condicionadas en los programas sociales; el de Uruguay, como país con mayor contribución per cápita de fuerzas de paz a las Naciones Unidas; y el esfuerzo de la diplomacia mexicana para lograr acuerdos en temas de cambio climático. Para algunos, estas son más bien señales del retiro de Estados Unidos en los asuntos hemisféricos, y su pérdida de influencia. Para otros, es una estrategia más efectiva de situarse tras iniciativas de otros países para promover una agenda común.
Además, la futura subsecretaria se diferenció de su antecesor, enfatizando “la condena a los gobiernos que limitan la libertad de expresión y debilitan las instituciones de gobernabilidad democrática, centralizan el poder en el ejecutivo, y limitan los legítimos derechos de la oposición política”. Esto sería un cambio bienvenido.