El estreno de la cosecha 2005 de Carmín de Peumo, junto a una vertical de Terrunyo, de Concha y Toro, desmintió varios mitos sobre la variedad distintiva de Chile.

  • 5 septiembre, 2008

El estreno de la cosecha 2005 de Carmín de Peumo, junto a una vertical de Terrunyo, de Concha y Toro, desmintió varios mitos sobre la variedad distintiva de Chile. Por Marcelo Soto.

Se habla mucho de las debilidades del carménère, de que no da la talla, de que es una variedad secundaria, pero olvidamos que apenas llevamos poco más de una década conociendo esta cepa que desapareció de Burdeos hace un siglo y que en Chile fue confundida en los 90 con el merlot.

Quizá debido al aislamiento geográfico, en esta parte del mundo se suele mirar en menos lo propio -una especie de timidez o complejo de inferioridad mezclado con provincianismo- y el carménère, la cepa distintiva de Chile, no ha escapado a esta costumbre, tan arraigada como el pelambre.

Una de la críticas que con mayor frecuencia he escuchado sobre el carménère es que no tendría capacidad de guarda, de envejecer dignamente en la botella, pero una reciente cata demostró lo contrario. El escenario fue la centenaria casa familiar de Concha y Toro en Pirque, donde el enólogo Ignacio Recabarren presentó la cosecha 2005 de Carmín de Peumo, el carménère ícono de la viña chilena.

A modo de aperitivo, Recabaren dirige una mini vertical de la cepa en la línea Terrunyo, que también viene de Peumo y está unos peldaños más abajo en calidad respecto de Carmín, aunque sigue siendo excelente. “¿Quién dijo que el carménère no evolucionaba?”, pregunta el enólogo. La verdad es que, tras la degustación, queda claro que la variedad no sólo puede envejecer, sino que lo hace admirablemente. Veamos.

Terrunyo 1999. Nariz profunda y elegante, con aromas a frutos del bosque y cuero. Fresco en boca y con taninos todavía vivos, largo y amplio, de final especiado. Notable. Terrunyo 2001. Aquí la nariz destaca por la perfecta armonía entre la fruta y la barrica, que ya forman un todo bastante complejo, con las típicas notas a grafito de Peumo. Poderoso y de gran estructura.

Terrunyo 2004. Nariz muy fina con aromas a grafito, guinda, tabaco y especias dulces. La boca destaca por su frescor. Elegante y grato de beber, uno de los mejores de la serie.

Terrunyo 2006. La madera se siente todavía muy presente, pero hay fruta detrás, que necesita un tiempo para salir a las superficie. Algo alcohólico, se trata de un vino joven que seguramente ganará con la guarda. Terrunyo 2007. Este es un vino que aún no sale al mercado, pero ya promete una bomba de fruta fresca, jugosa y vibrante. Por lo que alcanza a mostrar, será seguramente un imperdible de la variedad.

Aunque la cata revela el gran potencial de la cepa, la duda que surge es el elevado alcohol presente en las botellas, que ha ido incluso subiendo ligeramente cada año. Recabarren responde: “no podría hacer un buen carménère con menos de 14,5 grados. El truco es el suelo. La variedad necesita suelos profundos, con buen drenaje, para que la fruta alcance la madurez deseada. Así logramos un pH impresionante, que compensa el alcohol”.

Hoy está de moda criticar los vinos excesivamente alcohólicos, pero la realidad dice otra cosa: ya es normal que los tintos chilenos se acerquen a los 15 grados. Recaberren, políticamente incorrecto, piensa que en el carménère es inevitable tener esos niveles de alcohol. Pero la gracia, agrega, está en mantener un equilibro. “Lo más importante en un vino es el balance. No quiero vinos ganadores de concursos, sino para el consumidor”.

Puede que está ultima frase la hayamos escuchado antes y que muchas veces sea más ruido que nueces, pero en el caso de Carmín de Peumo 2005 no es una simple expresión de buenas intenciones. Pese a ser un vino poderoso y concentrado, tiene una sedosidad, una textura, que se queda largamente en el paladar e invita a beber otra copa. De hecho, durante el almuerzo que siguió a la degustación, el vino se portó de maravilla con unas codornices preparadas con maestría por el chef Guillermo