Sí, otros países de la OCDE han vivido períodos de protesta: los Indignados de España, las protestas de Gezi en Turquía, Occupy Wall Street. Algunas incluso han sido violentas, como los disturbios en Inglaterra el 2011 (aunque en ese caso, el detonante no estuvo directamente vinculado con modelos económicos o políticos). Por lo tanto, esa visión tan chilena de que protestar equivale al desorden, y que el desorden sea una señal de subdesarrollo, es más mito que realidad. La incapacidad del Estado de imponer orden, sin embargo, es bien poco OCDE.

La angustia que sentimos todos y todas en las últimas semanas surge de distintos lados: algunos (erradamente) esperan que todo terminará y volveremos a la normalidad. Otros sin duda tienen un real deseo de responder responsablemente a las demandas, ¿pero a cuáles? Como observó el siempre lúcido Matamala, la diversidad de identidades representadas en las banderas de la marcha del 25 de octubre implica que este movimiento no se va a satisfacer con propuestas de política pública, sino con un cambio de actitud. El cambio estructural que se pide no es de datos sino de trato.

Dicho eso, los datos importan, porque siempre estuvieron disponibles para los que quisieron verlos. El presidente dice que nos cambiaron la pregunta, pero los datos siempre nos desafiaban con una pregunta que simplemente dejamos de lado: ¿hasta cuándo?

Cuando ingresamos a la OCDE nos sentimos orgullosos de, finalmente, entrar al “club de los ricos”. Y, efectivamente, nuestro ingreso per cápita ha dado un salto notable desde el retorno a la democracia, permitiendo, junto con otros importantes esfuerzos en materia de gobernanza (transparencia, funcionamiento del régimen tributario, estabilidad del sistema financiero, entre muchos otros), que entráramos al “club”. En estas materias formales seguimos siendo, dentro de todo, un país serio, un país OCDE.

Una vez dentro del “club”, nos empezaron a comparar con los otros 38 países miembros, una comparación en la cual, consistentemente, durante una década, hemos salido mal pardos. En desigualdad estamos en el lugar 37 de 39. Somos el país con la cuarta peor tasa de participación femenina en el campo laboral. En educación (habilidades básicas en ciencias, matemáticas y comprensión lectora), variamos entre el 33 y 35. En la OCDE, un poco menos de un tercio de los alumnos de pregrado estudian en universidades privadas; en Chile, esa cifra es del 80% (con la deuda que va asociada a aquello). Somos uno de los países que menos gasta en investigación y desarrollo (en la posición 37). Con la excepción del PIB per cápita (posición 30 de 39), casi no nos hemos movido en diez años.

Por donde uno lo mire, competimos con países como Turquía, Egipto y México y los ex estados comunistas de Europa oriental para ocupar los peores lugares en los rankings de la OCDE. Somos, empíricamente, un país poco OCDE.

Hay dos formas de abordar el problema. Uno es reconocer que ingresar a la OCDE fue un error. Nunca fuimos OCDE, fue una ambición bonita, pero tuvo externalidades negativas. Nos comparamos con Suecia y Alemania, en vez de con Perú y Argentina. Nos sacamos, mental y estadísticamente, de la región, cuando las realidades económicas, sociales, políticas e históricas están firmemente arraigadas en este continente, no en Escandinavia.

La otra forma de mirarlo es que, después de años de creernos los jaguares de América Latina, nos movieron la vara, y el desafío es trabajar para que logremos llegar, en el mejor de los casos, un poco más cerca al promedio de los países miembros. En los últimos años, hay poca evidencia de que esto ha ocurrido, porque no cambiamos la forma de hacer las cosas. No cambiamos, en la caricaturesca jerga de la calle, el modelo. El modelo no fracasó –nos llevó a la OCDE–, pero se agotó.  Si deseamos seguir comparándonos y acercándonos a los indicadores escandinavos, tal vez habrá que hacer más cosas como ellos, empezando por educación cívica que ayude a impedir destrozos, pero pasando por el régimen tributario, el sistema educacional y las regulaciones que aseguren verdaderas oportunidades. Las comparaciones con la OCDE ofrecen un camino hacia Copenhague en vez de Caracas. No hacerlo sería muy poco OCDE.