En la vida pública y en la empresa parece bastarnos realizar la misión que se nos ha encomendado desde grandes paneles de control, no bajando a lo próximo, a atender al que nos necesita más personalmente. Sin embargo, la construcción de una sociedad más solidaria pasa por cada uno de nosotros y dentro del alcance […]

  • 20 abril, 2007

En la vida pública y en la empresa parece bastarnos realizar la misión que se nos ha encomendado desde grandes paneles de control, no bajando a lo próximo, a atender al que nos necesita más personalmente. Sin embargo, la construcción de una sociedad más solidaria pasa por cada uno de nosotros y dentro del alcance de nuestros brazos.

¿Qué hiciste para ayudarla? Esa es la pregunta que atribuye a la conciencia del fotógrafo Kevin Carter el redactor de una nota sobre su historia, en un matutino de nuestra ciudad en días recientes. Carter se hizo famoso al retratar la escena de una niña africana desnutrida y frágil, casi a punto de desfallecer por el hambre, que es acechada por un ave de rapiña que la observa a corta distancia. La escena transcurre en Ayod, una aldea de Sudán en 1994. Aparentemente la niña estaba a solo pocos pasos de un campamento de Naciones Unidas hacia donde se dirigía para pedir alimento. La fotografía fue publicada por el New York Times y le valió a su autor el premio Pulitzer de fotoperiodismo.

Sin duda alguna que el profesional hizo su trabajo. Se concentró en la imagen y, según dicen, esperó veinte minutos para que pasara algo que no llegó a ocurrir. Solo pudo captar el primer plano de la miseria humana representada por el cuerpo esquelético de una niñita postrada sobre la tierra, vencida por el hambre y a punto de ser devorada por un buitre que esperaba pacientemente el momento de su muerte.

El registro fotográfico describe el desamparo mejor que mil palabras y, probablemente, logró despertar en la opinión pública internacional la compasión que llevó a muchos a querer contribuir con recursos para ayudar a la causa humanitaria africana. Sin embargo, produjo en su autor una profunda tristeza. Había hecho su labor, pero se marchó de la escena sin asistir a la pequeña. Se dice que cada vez que le preguntaban ¿qué fue de la niña? le abrían una profunda herida. Poco tiempo después de recibir el premio, y a la edad de 33 años, Kevin Carter se suicidó. En días previos a tan extrema determinación habría declarado: “Será la foto más importante de mi carrera, pero no quiero ni verla. La odio”.

No puedo negar que la historia, que no conocía hasta ahora, me causó una gran impresión. Sin duda que la globalización ha traído muchos beneficios, pero este relato refleja un lado oscuro de ella. La continua exposición a los dramas en distintas partes del orbe nos ha ido quitando nuestra capacidad de asombro. Así muchas veces cumplimos con lo macro, con lo grande y espectacular.

Sin embargo, caminamos al lado de lo micro, de lo pequeño sin involucrarnos. En la vida pública y en la empresa parece bastarnos realizar la misión que se nos ha encomendado desde grandes paneles de control, no bajando a lo próximo, a atender al que nos necesita más personalmente. Cuando se trata de ser efi cientes y dar trabajo, o hacer grandes proposiciones de política estamos todos a bordo.

El mundo moderno sin embargo parece preferir observar el sufrimiento desde la altura. Aunque la historia de la foto parece alejada del Chile de hoy, no lo es su mensaje. Son muchas las personas que en nuestra sociedad requieren de ayuda. Los que esperan en los paraderos del Transantiago, a los que se suman los que buscan empleo, los que esperan para que los atiendan en los hospitales, los que aguardan por una mejor educación, por un salario más elevado, etc. En el mundo macro de las políticas públicas “grandes pensadores” buscarán soluciones a los problemas que nos aquejan. Ciertamente que el crecimiento económico ayudará a que se abran más oportunidades para todos. Sin embargo, la construcción de una sociedad más solidaria pasa por cada uno de nosotros y dentro del alcance de nuestros brazos.

Requiere también de lo micro, es decir que aterricemos con acciones concretas en nuestro mundo próximo, más allá del pago de impuestos, de la creación de empleos, del servicio público o del cumplir con nuestras obligaciones laborales. Muchas veces transitamos por nuestra ciudad como si anduviéramos enojados con nuestros conciudadanos.

Santiago parece transmitir la enfermedad de la indiferencia. Ello porque quizás sentimos que nuestros actos no producirán efecto relevante alguno. Casi como si hubiéramos sido sustituidos, como si la autoridad fuera la sola protagonista y responsable de nuestros destinos. La verdad es que, más que nunca ahora se requiere que recordemos cómo ser buenos vecinos.