• 5 octubre, 2007

 

En realidad, muy poco. El rasgo más dominante en las políticas públicas ha sido la falta de imaginación.

 

Entre las razones que se dan para explicar por qué la educación ha sido un sector muy postergado en la agenda de los últimos gobiernos está la extensión y lentitud de los ciclos educativos. Lo que se siembra en una sala de clases ahora viene a cosecharse con suerte recién cinco, ocho o diez años después. Por eso los mandatarios proclives a la voluptuosidad del corte de cintas prefieren invertir en puentes, en carreteras, en edificios monumentales o estaciones ferroviarias. Por eso también en Chile la educación está como está, no obstante la importancia que en teoría se le concede al unísono y de un lado a otro del espectro político.

Del mismo modo que a los presidentes les gusta conjugar el verbo gobernar básicamente en tiempo presente, también les encanta creer que los logros que el país consigue durante su mandato obedecen necesariamente a su gestión. Esta curiosa percepción ha convertido la práctica de vestirse con ropa ajena en una vieja tradición de nuestra vida política. Porque lo cierto es que lo que los países son no está en los titulares del diario de la mañana ni en las prioridades consignadas en el mensaje presidencial del último 21 de mayo.

Los países son el producto de lo que hicieron y dejaron de hacer muchos años antes. El Chile de hoy es efecto de los consensos que se alcanzaron durante la transición, del clima de confianza y el impulso modernizador que se hizo sentir a mediados de los 90 y del cambio cultural que comenzó a manifestarse hacia fines de esa década.

¿Qué va a quedar de los tiempos que corren para el Chile de cinco o diez años más? Algunas líneas se perfilan con cierta claridad. Sin duda que vamos a tener un país más asistencialista, que es la tierra donde actualmente a las autoridades se las ha visto sembrando con mayor entusiasmo e intensidad, quizás porque creen que los mayores niveles de desigualdad en Chile están entre los viejos, cosa que desde luego es un error porque en realidad las asimetrías son mayores entre los niños. Por otro lado, si los supuestos que se barajan a nivel académico terminan cumpliéndose, también vamos a tener seguramente una sociedad un poco más horizontal, puesto que las peores brechas de desigualdad en el Chile de hoy se explican en gran parte en función de los bajísimos niveles de educación, ingreso y productividad de un segmento de la población cada vez más envejecido y que tiene muy pocos años de escolaridad en el cuerpo. Las nuevas generaciones vienen con bastante más que los ocho años de instrucción que toma en la actualidad la educación básica. Dicho eso, puede ser temerario anticipar otros desarrollos.

Porque tampoco en el gobierno y en el sector público hay grandes apuestas. El rasgo más curioso, inexplicable y sintomático del Chile de los últimos años, por lejos, es la tremenda falta de imaginación de que vienen dando cuenta las políticas públicas, no obstante que hace rato el problema dejó de estar en la restricción de los recursos. Al actual gobierno, en lo básico, la inventiva le alcanzó para plantear una pensión mínima de acceso universal que, siendo necesaria, es también congruente con las posibilidades de la caja fiscal y con el gradual enriquecimiento del país. Este bien podría llegar a ser otro rasgo del país que viene: un Estado rico montado sobre una orgánica cada vez más anacrónica y encabezando una sociedad cuyas expectativas se están disparando y cuyos niveles prosperidad, a pesar de amplias conquistas en términos de bienestar, se han estado quedando atrás de las aspiraciones.

En esto, en el país que estamos construyendo para mañana, no gravita ni el azar ni la fatalidad. Lo que más gravita es la inmovilidad del cuadro político y sobre todo de la coalición gobernante, que ha llegado a un punto donde cualquier iniciativa para mover al país en una dirección u otra –como quiere Trabajo o como prefiere Hacienda, como le gustaría a Viera-Gallo o como preferiría el ministro del Interior- termina encapsulada en discusiones de gabinete o en comisiones especiales que al final dan como resultado inevitable el empate. Puros empates. En estas materias empatar significa dejar las cosas como están y generar la impresión de que vientos de ecuanimidad cruzan de un lado a otro los patios de La Moneda. Desde luego tales imágenes no son otra cosa que ilusión óptica.