• 26 junio, 2008

 

Es pertinente preguntarnos si en nuestras actividades familiares, empresariales, laborales, sindicales y públicas hemos excluido a Dios o no y cuáles son los efectos que de ello se han derivado.

 

El Papa Benedicto XVI pregunta en el discurso que dirigiera a los participantes de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, realizado en Aparecida, Brasil “¿qué es lo real?”. Se responde con otra pregunta: “¿son “realidad” sólo los bienes materiales, los problemas sociales, económicos y políticos?”. Y luego plantea: “aquí está precisamente el gran error de las tendencias dominantes en el último siglo, error destructivo, como demuestran los resultados tanto de los sistemas marxistas como incluso de los capitalistas. Falsifican el concepto de realidad fundante, y por esto decisiva, que es Dios. Quien excluye a Dios de su horizonte falsifica el concepto de “realidad” y, en consecuencia, sólo puede terminar en caminos equivocados y con recetas destructivas. La primera afirmación fundamental es, pues, la siguiente: sólo quien reconoce a Dios conoce la realidad y puede responder a ella de modo adecuado y realmente humano. La verdad de esta tesis resulta evidente ante el fracaso de todos los sistemas que ponen a Dios entre paréntesis”.

Esta tesis nos debe llevar a preguntar si en nuestras actividades familiares, empresariales, laborales, sindicales y públicas hemos excluido a Dios o no y cuáles son los efectos que de ello se han derivado. Lo que el Papa trata de decir es que la realidad toda se entiende adecuadamente en su verdad más esencial sólo a la luz de Dios que se constituye, en cuanto fundante de la realidad, también de una ética realmente vinculante. Nos recuerda Benedicto que una sociedad justa es impensable si no se basa en un consenso moral sobre valores fundamentales y en el convencimiento de la necesidad de vivirlos incluso renunciando a intereses personales. Reconociendo que no se puede construir una sociedad justa en estructuras injustas, el Papa apela a valores que cada cual ha de vivir y responsabilizarse de ellos. Desde ese punto de vista, la presencia de los católicos en la vida pública toda es fundamental; más aún, es una exigencia de su fe. En su primera encíclica dice que el orden justo de la sociedad y el Estado es una tarea principal de la política y no de la Iglesia. Pero postula que “la Iglesia no puede ni debe quedarse al margen de la lucha por la justicia”. Y, ¿cómo ha de hacerlo para ser fiel a su misión? Anunciando a Jesucristo y dando testimonio de tal forma de despertar en la sociedad fuerzas espirituales que se manifiesten en valores morales.

Otro elemento importante de cuanto se infiere del discurso de Benedicto XVI es que el mundo, y el quehacer del hombre en él, tiene una dimensión inmanente y terrena, pero no se agota en ella al quedar traspasada por Dios como realidad originaria de ella, adquiriendo una dimensión de índole espiritual y trascendente. Esto es especialmente notable en lo que al trabajo se refiere, cuando la Iglesia enseña que éste lleva una dimensión espiritual que es la que le da su sentido último y definitivo.

Dado que toda realidad humana está llamada a ser un “teológico” en cuanto que nos hable de Él y nos conduzca a Él, es importante prepararse adecuadamente en esta esfera de la vida que, siendo la más fundamental, es la que más relegamos. La invitación es a asumir todas las actividades que exige la vida en común desde una profunda experiencia espiritual. Es la respuesta al llamado de Dios manifestado en Cristo Jesús, que toma al hombre entero y lo abre a un horizonte de comprensión de la realidad más amplia y lo hace mirar más allá de sus fronteras y, además, lo capacita para que ese amor dado y recibido se extienda a los demás. Desde este encuentro personal propio de una vida de oración, que se extiende participando en la Eucaristía, así como en el servicio a los demás, es posible colaborar en la construcción de una sociedad que esté a la altura de la dignidad que todo hombre lleva grabado, y vislumbrar mejores tiempos.