• 23 septiembre, 2011



La competencia por agradar (y que curiosamente no esta resultando rentable), tiene a la clase politica ensuciando la historia que construyo por decadas y de la cual deberia estar orgullosa y no avergonzada. Por Roberto Sapag Q.


Virtualmente no ha habido día en las últimas semanas en que alguna autoridad de gobierno o dirigente político de oposición no hayan condenado las “utilidades indeseables” de ciertas empresas, la forma “tan libre” en que se fijan los precios en determinados sectores o los “abusos” que cometerían las empresas contra los trabajadores de Chile, ya sea en su condición de empleados o de clientes.


Es cierto que la aproximación a este discurso, que se ha hecho sistemático, podría ser –entre comillas– benévola. Es decir, se podría conceder el beneficio de la duda y asumir que son frases para la galería, intentonas por agradar al electorado o, incluso, bajadas que al final del día se tendrán que perdonar dados los resultados de las encuestas.


Con todo, el número de golondrinas ya podría estar haciendo verano o, más bien, generando esa sensación térmica, más aún cuando gobierno y oposición, esta última inmersa en una suerte de crisis existencial de identidad, básicamente lo que han hecho es jugar a doblar las apuestas de las declaraciones.


Más allá de que esta competencia de afirmaciones tenga paradojalmente a gobierno y oposición disputando posiciones en el ranking de la desaprobación (y no en el de la aprobación) y que muchos finalmente sospechen que así es la esgrima política y, por lo mismo, logren dormir tranquilos, lo cierto es que el mensaje que inconscientemente se puede estar instalando es uno en donde todo lo realizado durante décadas en el país ha sido un engaño, un andamiaje mal montado, y que las lógicas de la iniciativa privada y el emprendimiento han creado un sistema inicuo que no sólo hay que fiscalizar, sino que, en parte, desmantelar.


Ahí es donde, justamente, está la amenaza. No se trata de cerrar la puerta a debatir con altura de miras y perspectiva –todo lo contrario–, sino que de evitar hacerlo con los ojos puestos en las cámaras y con las miradas encandiladas por los focos de la televisión. Es cierto que el país tiene déficits sociales que corregir –¿qué nación del mundo no los tiene?–, pero hacerse cargo de ese reto sólo por la vía del discurso fácil y populista podría producir un costo que hoy cuesta imaginar en el largo plazo.


Se echan de menos la inspiración y la disciplina con que los técnicos de gobierno y oposición analizaron y materializaron los perfeccionamientos institucionales realizados en las últimas dos décadas.


El presidente ha dicho que el país vive las tensiones propias de las naciones de ingreso medio y, muy probablemente, está en lo correcto. Pero, como él mismo ha señalado, lo que corresponde es hacer un esfuerzo que reste presión a esas tensiones sin debilitar el rumbo que tiene hoy a Chile en una sólida posición a nivel internacional.


La sociedad necesita y merece respuestas. Pero necesita que se le responda con la verdad y no con declamaciones desmedidas. En eso la clase política tiene una gran responsabilidad.