Llamativas terrazas y aires de moderna sofisticación distinguen a los nuevos restaurantes del Ritz. De fisonomías parecidas, el Estró y el esperado Arola definitivamente se diferencian. POR paola doberti

  • 1 marzo, 2012

Llamativas terrazas y aires de moderna sofisticación distinguen a los nuevos restaurantes del Ritz. De fisonomías parecidas, el Estró y el esperado Arola definitivamente se diferencian. POR paola doberti

Luego de tener uno de los restaurantes mejor rankeados de la ciudad –el Adra, en el que se coronó Tomás Olivera- y el bar de vinos más contundente de la plaza -el Wine 365–, el hotel Ritz replantea su propuesta gastronómica.

El hotel para damas y caballeros atendido por damas y caballeros cambia de lenguaje (en su sentido más amplio) al transitar el ceremonial pasillo que lleva al recinto culinario. Y se siente la música lounge fuerte y se perfilan las botellas del imponente Bar 100, que divide los dos flamantes nuevos restaurantes que renuevan y redefinen la experiencia Ritz. Cada uno cuenta con su moderno y sobrio comedor interior. Es en las terrazas donde los decoradores se inspiraron, con estilizados fogones, intencionada iluminación, paredes vegetales, muebles estilosos, puesta en escena ecléctica y lograda, con barra a la vista, dj a la intemperie, antorchas y un séquito de anfitriones, jefes de sala, garzones, sommelier.

¿Influencia mexicana? No, asiática
La primera vez que fuimos queríamos probar el Arola (la vedette de los dos, la propuesta de tapas de Sergi Arola, ver recuadro) pero la terraza estaba ocupada y un atardecer en enero no resiste un interior. Nos instalamos en la terraza del Estró, donde nos entretuvimos mucho con la puesta en escena: los platos base de greda de Pomaire, los individuales de forma irregular de piel de salmón y la novedad –para nosotros, al menos- de la carta de vinos en iPad.

Nos introducen con que la comida del restaurante rebalse del Arola es de influencia mexicana (luego nos pareció más bien asiática). El servicio es atento y amateur. Nos traen el pan y la cortesía de la casa para picar antes del aperitivo. La carta es escueta. Partimos con ensalada verde con camarones tibios, pepinos, tomate, palta, naranja. Rica. Sorbete para cambiar de sabor (qué bien venden estos detalles). De fondo, garrón de cordero desmenuzado y “rearmado”en torno al hueso con un cremosísimo puré. Estaba bueno, pero esperábamos el garrón con la carne pegada al hueso (En otra ocasión probé un muy buen pato glaseado al merkén, con cebollas acarameladas, manzanas, salsa de pisco añejo y miel).

El postre, una copa de frutillas con merengues, rústica. El ceviche de mangos y papayas con perejil picado y helado de piña, adecuado y refrescante. Petit fours y café.

Tomamos el atrevido y único pinot noir Montsecano 2010, del valle de Casablanca (que no nos costó nada elegir manipulando ágilmente y por primera vez la codiciada Tablet). Sensación final: agradable salida para una noche de verano que no sé si repetiríamos, por considerar que la comida no siempre vale lo que cuesta.

El toque distintivo
Dos semanas después vamos por el Arola. Y optamos por el comedor (ya teníamos la experiencia terraza con aires mundanos de sofisticación). El chiquillo que nos atiende es encantador pero sin escuela y cero supervisión: sirve el vino por el lado equivocado, torciendo la muñeca –su postura, ni en una fuente de soda–, y no se inmuta en toda la noche por la mesa sin levantar pegada a la nuestra, habiendo al menos 5 personas del servicio quizás mirando pero definitivamente no viendo. Nuestro amable prospecto de garzón nos cuenta sin problema que el chef Juan Morales –el representante de Sergi Arola en la cocina- no está esa noche. Las materias primas que aquí se trabajan hablan solas de lo buenas que son -salvo por lo ligeramente oloroso del atún–, pero a la primera vista también dejan ver la ausencia de ese toque de gracia que Arola seguramente le enseñó a su cocinero jefe (para que, por ejemplo, el filete de angus madurado en casa tuviera ese sabor distintivo que lo hace expresarse y diferenciarse).

Partimos por menú degustación con tres opciones de tapas, preparaciones que definen el concepto del Arola: pulpo a la parrilla (blando, rico, carente del toque ya mencionado); patatas bravas, que definitivamente aportan en su presentación, finas y sabrosas. Y los pejerreyes, lo mejor de la tríada, tipo boquerón con su pesto de perejil y ajo, coulis de tomate; delicados, exquisitos.

Pedimos una ensalada por lo atractivamente perturbadora de su composición: “edamame” (tipo de arvejas) salteadas, hojas verdes, foie gras en bloque (bueno) y morcilla. Como a nadie se le ocurriría juntar foie gras con morcilla optamos por ella para probar el trabajo de las armonías/desarmonías de Arola. Todo funcionó perfecto, salvo la morcilla, que la dejamos por lo disruptiva, fuerte y salada. Quizás el plato está concebido considerando la diversidad de preparaciones de embutidos de la madre patria y no nuestras rústicas y condimentadas prietas…

Los fondos, el filete de angus a punto, blando y jugoso y plano en sabor. El puré de porotos blancos, cremoso como el que más, en platillo de greda, que mantiene el calor. El atún, en su punto, con frutillas y mostaza verde, veraniega propuesta. El chocolate venezolano del postre de las 7 texturas, lo mejor de la noche.

Recapitulando: no importa si hay espacio en la terraza o no. Los precios valen la pena para conocer la cabeza de Arola (cuando esté el cocinero jefe, eso sí). No esperar servicio de hotel 5 estrellas.

Pd: en los próximos días viajo a Barcelona y me tinca que iré por la ensalada de foie con morcilla en el Arola catalán. Y por un dos estrellas Michelin, de todas maneras.