El economista Patricio Rojas advierte que la tarea que el instituto emisor tiene por delante es ardua, ya que supone reconquistar la confianza de los agentes económicos en su manejo inflacionario. Al gobierno, en tanto, le reprocha su debilidad en materia de gestión y el que no esté generando condiciones para que los privados vayan por más.

  • 20 agosto, 2008

El economista Patricio Rojas advierte que la tarea que el instituto emisor tiene por delante es ardua, ya que supone reconquistar la confianza de los agentes económicos en su manejo inflacionario. Al gobierno, en tanto, le reprocha su debilidad en materia de gestión y el que no esté generando condiciones para que los privados vayan por más. Por Roberto Sapag; fotos, Verónica Ortíz.

En los años 90, el Banco Central construyó un gran activo. No sólo llevó las tasas de inflación bajo los dígitos, sino que además lo hizo en forma sostenida y con creces. Eso le forjó una credibilidad y una reputación inexpugnable, la cual se ha visto algo menoscabada en los últimos meses, por la resistencia que han mostrado los precios para ceder y porque más allá de las explicaciones, la gente común y corriente ve que la inflación anualizada es el triple de la meta. Punto.

El economista Patricio Rojas, un hombre que conoce bastante bien y por dentro las dinámicas del Banco Central donde se desempeñó en los años 90, advierte que el cuadro supone un reto no menor para el instituto emisor, el cual a su juicio debe volver a usar albañilería en la construcción de confianza. De alguna forma, Rojas no es de los que creen que la confianza es como la virginidad (una vez que se pierde no se recupera), sino que se anota entre aquellos que es posible recuperarla, aunque con mucho esfuerzo.

Muy entendido además en temas micro (flanco en que siempre ha sido fuerte, tanto cuando era socio de Roberto Zahler, como ahora, que tiene su propia firma consultora), Rojas también cree que el país tiene retos importantes en materia de regulación y señales del sector público. Es un severo crítico de la falta de gestión en éste y de la falta de creatividad para abordar las reformas que Chile necesita para salir del pantano que nos tiene creciendo al tres y al cuatro.

De más está decir que el hombre tiene otras teclas. Sí, porque es un emprendedor outdoor, a través de su empresa Suri, Andes expeditions, pero como eso es harina de otro costal, sólo lo mencionamos de
pasada.

-Patricio, ¿cuál es tu sensación ambiente? ¿Hay una dicotomía entre expectativas y lo que está pasando con los indicadores?

-La economía chilena hace tiempo que tiene un comportamiento lento, por no decir mediocre, ya que pese a contar con condiciones internacionales bastante buenas, no ha crecido más allá de 5% en promedio. Eso deja una cuota de insatisfacción. De hecho, esta economía probablemente va a crecer en torno a 4% este año: y el próximo, un poco por encima de eso porque madurarán unos proyectos mineros y porque con un año normal de lluvias se recuperarán sectores como el agrícola y la parte hidráulica de energía.

No obstante, cuando la gente se saca la foto, siente insatisfacción porque ve que un panorama internacional era fue bueno no fue aprovechado por nuestra economía. Y ahora que el cuadro del 2008 y 2009 se anticipa relativamente flojo, es natural que haya preocupación. Adicionalmente, en términos domésticos se ven falencias en innovación, un conformismo con las cosas que ya tenemos y poco interés por implementar reformas más agresivas, por ejemplo en el mercado laboral donde no tomamos cartas por restricciones políticas. Sabemos, también, que tenemos déficit regulatorios en sectores como los puertos; en telecomunicaciones y en lo medioambiental… y no hacemos mucho.


-¿No será que nos hemos puesto exquisitos? Es decir, un 4% o 5% de crecimiento tampoco es tan malo, y acá eso tiende a deprimir los ánimos.

-A ver, no estoy diciendo que la economía está creciendo poco. Lo que digo es que, dado lo que pasó con la economía internacional, se esperaba más; y dado que ahora se enfrentan unas perspectivas más pobres, es natural que haya preocupación.

-Okey.

-De ahí que en el análisis surjan estos problemas domésticos, como el tema de la innovación y las reformas estancadas (…) Si te fijas, acá se está discutiendo una ley de MKIII, pero no se ve ese mismo ímpetu en otros sectores. Es más, vemos un gobierno que ya va en el tercer año sin una reforma económica importante… más allá de lo que ha hecho en lo social.

-¿A qué atribuyes eso?

-Yo diría que el gran problema tiene que ver con la gestión del Estado. Hemos vivido una situación de fuertes ingresos que han permitido ahorrar más de 25 mil millones de dólares y uno esperaría más creatividad. Cuando hay recursos, como ahora, es cuando hay que implementar reformas, y no se ve una discusión respecto a qué se va a hacer para aumentar nuestro nivel de crecimiento. Yo diría que tenemos un Estado que no es lo suficientemente eficiente para manejar la cantidad de recursos que hoy tenemos ahorrados. En la medida que no haya una reforma significativa del Estado, es difícil pensar que éste pueda tirar el carro. Creo que tenemos un problema de creatividad…

-¿Por qué? ¿Por miedos ideológicos, por desgaste o por falta de talento?… ¿O todas las anteriores?

-Creo que hay de todo un poco. A los economistas nos han enseñado a administrar recursos cuando éstos son escasos, pero cuando sobran no sabemos mucho qué hacer. Es ahí cuando se requieren más creatividad, más flexibilidad, como la tienen las empresas privadas (…) De eso se trata, y no como ahora en que se evita hacer cosas por miedo a equivocarse, por miedo a tener una mala política.

-Convengamos en que es un miedo bastante justificado a la luz de las últimas experiencias.

-Por eso te digo que a nivel político, a nivel del gobierno y en particular del ministro de Hacienda (que ve esta debilidad en materia de gestión), se prefiere evitar gastos cuyo destino no se tiene claro. Es decir, se evita comprometer gastos más permanentes, prefiriéndose autorizar gastos o subsidios por una vez. Claramente, este es un tema de gestión del Estado y ahí estamos entrampados.

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-¿Sabes? Me queda la sensación de que aquí se tiran la pelota de un lado para otro. Hace poco entrevisté a Andrés Velasco y me dijo todo lo contrario. Me dijo que los indicadores del World Economic Forum y otros muestran a un sector público bien evaluado, añadiendo que los principales déficits están a nivel privado.

-Ese es un análisis que no es incorrecto, porque se refiere a que el gobierno ha tenido mejores indicadores en gestión de gasto en términos de transparencia. Pero cuando uno quiere hacer cosas nuevas, se encuentra con que el gobierno tiene falencias, tiene poca capacidad de gestión. Ha pasado, por ejemplo, con la plata que va a regiones, donde muchas veces los recursos no se gastan porque las regiones no tienen capacidad de gestionar o de ofrecer proyectos. Si quisiéramos ser más agresivos y hacer una gran reforma para que la economía tienda a crecer y mejoremos a los grupos medios-bajos, ahí es donde nos falta gestión.

-¿Y cómo mejoras la gestión cuando los gobiernos tienden a reclutar gente con criterios políticos y no en función de atributos o capacidades?

-Algo se ha hecho, por ejemplo, con el sistema de Alta Dirección Pública, aunque me parece que ahí también han tenido problemas, según las mismas personas que están dentro del modelo. Como sea, es un elemento que ayuda.

Por otra parte, habrá que hacerse cargo de que muchas personas que hay dentro de la administración pública a lo mejor llevan mucho tiempo… En ese caso, habrá que aceptar que parte de la plata deba ir a indemnizaciones para sacar gente y contratar personal más eficiente, ya que hay consenso en que se requiere asegurar, antes de hacer las reformas, que se tiene la gestión.

También hay consenso en que hace falta más agresividad. Hoy estamos acumulando una gran cantidad de recursos, cerca de 30 mil millones de dólares a fines de año, y prácticamente no hemos discutido en qué vamos a usar esos recursos. Como que los estamos guardando para las vacas flacas. Eso no puede ser, porque hay proyectos sociales que tiene una rentabilidad mayor que lo que están rindiendo hoy esos recursos. Necesitamos una reforma del Estado y eso supone quebrar huevos.

-Pero probablemente eso no pasará, dado el momento electoral…

-Así parece. Y por eso insisto: no creo que haya crisis, pero como no se ven perspectivas, no se ven cambios, es natural que la gente sienta desanimo. Así, desafortunadamente, no vamos a retomar las tasas de crecimiento del 6% al 7%… Podría ser en un año particular, porque aumentó la producción de cobre y cosas así, pero en general esta es una economía que hoy tiene una tasa de crecimiento de tendencia entre 4,5% y 4%. No es una mala tasa, pero así como ya corrimos la meta del desarrollo desde el Bicentenario al 2020, de repente nos vamos a ir ahora al 2030. Una pena, porque esta es un economía ordenada, que respeta las instituciones; contamos con un Banco Central que es muy profesional,con una parte de Hacienda que también lo ha hecho bien…

-Con una muy pertinente regla fiscal.

-Sí, pero que creo necesita modificaciones. Hoy es una regla que sólo tiene incorporado que se requiere de un superávit estructural del 0,5% del PIB, pero sin restricciones. Una regla que, por ejemplo, en tiempos de bonanza como los actuales, no restringe cuánto crece el gasto y que cuando se está en periodos de vacas flacas, nos lleva a endeudarnos o a comernos los ahorros. Entonces algo falta…

-Debe haber una condición doble, digamos…

-Claro, una condición en la que no te puedas endeudar más allá de un porcentaje del PIB o que el gasto no pueda crecer más allá de cierto porcentaje del producto potencial. Nos olvidamos, pero esta regla empezó a correr a fines de los 90 con puros déficits seguidos en que se consumió todo el fondo del cobre que estaba en el Banco Central. Nos consumimos como 3.500 millones de dólares y justo cuando quedaban menos de mil millones de dólares el precio del cobre empezó a subir y el tema no salió a la discusión.

-¿Tiene algo de razón Velasco en su crítica a los privados?

-Es que el privado es un sector que responde a incentivos. Si se dan incentivos y señales correctas en términos regulatorios, lo más probable es que reaccione. Sin embargo, hoy lo que hay es un mercado laboral que se está rigidizando, una cierta inamovilidad en el tema ambiental y una percepción de que en el sistema de competencia la concentración está siendo mucho más cuestionada. Los privados están orientados a maximizar las utilidades de sus empresas, y si se les ofrece un marco regulatorio que permita mejorar sus actuales condiciones lo van a aprovechar. En el pasado lo hicieron y ahora hace falta re-encantarlos.

-Hoy el principal problema económico es la inflación. ¿Cómo llegamos a esta situación, siendo que el país tuvo un periodo bastante estable de inflaciones bajas, incluso en el piso de la banda?

-Lo primero es decir que este es un fenómeno mundial, que ha superado a casi la totalidad de los bancos centrales que tienen metas de inflación, producto del alza de los combustibles y los alimentos. Dicho eso, la verdad es que acá tenemos una inflación algo superior a la que tienen algunos vecinos que han sufrido los mismos shocks, lo que se explica por tres situaciones que potenciaron el efecto internacional: las heladas del año pasado, el tema energético (con una matriz que por distintas razones se terminó concentrando en el diésel) y el tema de la sequía. Yo diría que hasta 2007 al inflación de 7,8% uno la explica casi en su totalidad por estas cosas. Sin embargo, a partir de marzo se empiezan a ver efectos de segunda vuelta que se propagan a los demás precios de la economía. Ahí es donde la política monetaria tiene que dar la señal correcta.

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Recordemos que las tasas de interés se subieron a fines del año pasado, pero luego se detuvieron a principio de 2008 e incluso hubo un sesgo más optimista con respecto al tema inflacionario. Desde mi punto de vista, se pudo haber detenido el alza de tasas, pero se debió mantener el sesgo, como se hizo en Europa. Acá en Chile dejamos de subir las tasas, sacamos el sesgo y comenzamos a decir que todo venía de afuera. En ese momento se empezaron a generar estos efectos de segunda vuelta, las expectativas se empiezan a desanclar y el mercado deja de creer que la inflación va a caer. Hoy, del 9,5% de inflación, debe haber por lo menos un par de puntos producto de estos efectos de segundo vuelta. Y a medida que vamos teniendo inflaciones más altas empiezan a operar los mecanismos de indexación y los efectos se van intensificando.

-Vaya problema.

-Es que las expectativas se desanclaron. Por eso, gran parte de la tarea que tiene el Banco Central no es parar el consumo (el consumo privado está creciendo por debajo del 5%), sino que anclar las expectativas. Hoy todos creen que la inflación va a llegar al 8% a fines de año y se están reajustando las cosas en función de esos números… Los trabajadores están pidiendo reajustes que van del 8% hacia arriba. Si toda la gente está reajustando sus precios a ese nivel, es bien difícil que el próximo año la inflación caiga desde esos niveles. El Central tiene que anclar las expectativas, volver a tener la credibilidad fuerte que tuvo, para lo cual es relevante cómo sube la tasa y cuáles son las señales que da. La primera alza que hizo desde mi punto de vista tuvo un error en el comunicado, porque no dio ninguna señal de lo que iba a hacer en adelante. En la segunda dio una señal clara, lógica en la que se ha mantenido. Con todo, la última vez subió 50 puntos, y yo hubiera esperado 75, de manera de sorprender al mercado.

-¿Cómo evalúas la sintonía fina del Banco Central, en especial por las compras de dólares, lo cual algunos creen contradictorio para el control de la inflación?

-Para evaluar, hay que recordar el momento en que se implementan estas políticas. El Banco Central tomó un escenario optimista a principios de año, siendo que debió haber mantenido una postura más restrictiva. De hecho, en el IPOM de mayo esa postura estuvo ausente y fue generoso en que los efectos de segunda vuelta no se habían materializado. En paralelo a eso empezó a caer el tipo de cambio y el Central decidió salir a comprar, porque un dólar a 430 no generaba grandes problemas inflacionarios; menos, si en su modelo de inflación el tipo de cambio a fin de año era de más o menos 500. Sin embargo, si el tipo de cambio empieza a subir mucho más y si las expectativas se han desanclado, entonces se le genera un problema, ya que por un lado necesita que el mercado le crea que va a hacer todo lo necesario para volver a la inflación de 3%, y, por otra parte, tiene un política de intervención que parece ir en la dirección contraria.

Muchos creen, y lo comparto, que un tipo de cambio a 510 o 515 pesos está debajo del tipo real de equilibrio, pero también es cierto que el Banco Central no puede dar una señal de que la política monetaria que hoy está siguiendo es compatible con cualquier tipo de cambio. Por lo menos, para alinear sus objetivos, tiene que dar una señal respecto a su política de intervención. La más extrema sería eliminar la intervención, pero otra señal sería decir, por ejemplo, que en vez de comprar 50 millones diarios comprará menos o que en vez de comprar cinco días a la semana lo hará tres días a la semana. Es decir, dar una señal de que no es indiferente con cualquier tipo de cambio.

Con todo, a la larga igual tenemos que darnos cuenta que la perspectiva para el peso chileno es que va a perder
valor, y no descarto que gran parte del movimiento que hoy estamos viendo tenga más que ver con lo que está sucediendo afuera con el dólar que lo que está haciendo el Banco Central.

-Hemos hablado de dos precios clave, la tasa y el tipo de cambio. ¿Cuáles serían tus recomendaciones para las otras dos variables críticas, el gasto público y los salarios, que también son fundamentales para la inflación?

-Lo primero que hay que decir en cuanto al gasto público es que, ya sabemos por el ministro, éste crecerá un 6,8% este año. En ese cuadro será fundamental que en los meses que vienen el gasto se acote para dar con ese promedio. Eso ayudará a centrar las expectativas y a fortalecer la posición del Banco Central. Para el próximo año esperaría un presupuesto con entre 6 y 6,5% de crecimiento real.

-Pero eso está por sobre lo que crecerá la economía.

-Claro. A mí me gustaría un 4,5% o 5%, pero estoy siendo realista y hago el análisis en el contexto de un año electoral. Dado eso, también me parece muy probable que sea un gasto muy concentrado en áreas sociales. Como sea, cualquier cifra que se acerque al 6% será buena y ayudará a un Banco Central que no puede subir la tasa a cualquier nivel, porque ya tiene ante sí un consumo privado que se ha ido deteriorando. Es cierto que el gasto total crece, pero al ver las componentes, parte importante corresponde a inversión fija. Como el ingreso disponible es menor y el gasto privado no está creciendo mucho no se puede subir la tasa a cualquier nivel sin derivar en un problema mayor.

-¿Y los salarios?

-Bueno, dado este cuadro me parece evidente que el tema de la reajustabilidad será cada vez más crucial; y por reajustabilidad me refiero a precios, tarifas y en particular a los salarios. En este segundo semestre se viene un importante número de negociaciones colectivas y es probable que los sindicatos no confíen en las metas futuras de inflación, lo cual es una tremenda pérdida que hemos tenido en este tiempo. En la medida en que no seamos capaces de acotar las negociaciones salariales, la inflación va a terminar muy cerca de adonde vayan esos reajustes. Por eso el reajuste que se dé en el sector fiscal es fundamental…

También es clave que el Central insista mucho en el tema de la reajustabilidad. Incluso creo importante que describa la trayectoria que nos llevará de vuelta a las inflaciones de 3%. Ya no basta decir que ese resultado se obtendrá en un horizonte de 24 meses (lo cual es poco probable). Debe entregar una señal clara y cumplirla. En los 90 costó construir credibilidad y ahora debe volver a hacerse. ¿Por qué no fijar metas progresivas y alcanzarlas, ojalá con creces para que la gente vuelva a creer?