Chile ha sido, históricamente, un país temeroso del desborde y suele magnificar los peligros que comprometen la estabilidad. Quizá eso explique la manía por restringir.

Cuesta que salga a flote como tema de debate, pero últimamente emergió con cierta fuerza. A propósito de la última Cumbre de las Américas, la despenalización de las drogas volvió a instalarse fugazmente en la agenda, pero la desidia de nuestra clase dirigente ha dejado que se hunda otra vez, sin antes abrir siquiera la posibilidad de un debate serio sobre el asunto.

La política prohibicionista está saturada de una ideología conservadora sin mayor asidero en la realidad, y abusa de una cultura del terror que apela a sentimientos primarios. Se nos dice que en el caso de flexibilizar la política nuestra sociedad se convertirá en otra Sodoma y Gomorra. Se nos dice que el consumo se expandirá y la adicción arrasará con los jóvenes con la fuerza de una plaga bíblica. Para evitar semejantes atrocidades, la prohibición debe mantenerse a rajatabla, e incluso se han corrido sus fronteras a fin de ampliar el ámbito de lo proscrito, catalogando a la marihuana como a una droga dura. Esta excentricidad chilena desafía el sentido común, la evidencia disponible y los criterios internacionales imperantes sobre el tema.

Las autoridades del caso, bastante flojas a la hora de argumentar con apoyo en información empírica, rehúyen cualquier abordaje racional del problema. Tanto la historia como la sociología han ofrecido amplia evidencia de los efectos nocivos del prohibicionismo, además de revelar el carácter contingente y arbitrario de los criterios usados a la hora de discriminar entre sustancias prohibidas y sustancias admisibles para el libre consumo. En rigor, el alcohol cumple a la perfección con todos los requisitos y, sin ir más lejos, causa más problemas de salud pública que varias de las sustancias declaradas ilegales. Los daños individuales y sociales de su abuso son ostensiblemente mayores que los derivados del consumo recreacional de la marihuana. Al alcohol lo asisten, sin embargo, la masividad de su consumo, el desarrollo de una industria validada como ejemplo nacional de emprendimiento y la inercia de la costumbre.

El prohibicionismo crea mercados ilícitos extremadamente lucrativos y éstos, a su turno, fecundan mafias. Basta ver la serie histórica de Martin Scorsese Boardwalk empire, para recordar cómo la ley seca energizó a la mafia estadounidense; catapultando de hecho, al mismísimo Al Capone. Y las mafias siempre se hacen acompañar de crímenes y de corrupción, debilitando a las sociedades y a los Estados.

A veces hay que pagar costos altos para obtener algo importante a cambio. Pero en este caso, adondequiera que se mire, el prohibicionismo ha aportado poco o nada. Los ex presidentes Zedillo (México), Cardoso (Brasil) y Gaviria (Colombia), conociendo de primera mano el tema, en 2009 alertaron sobre la necesidad de alejarse de la estrategia prohibicionista, debido a su rotundo fracaso. Desde esa fecha han ido sumando apoyos entre presidentes en ejercicio.

¿Por qué persistir en algo que no reporta los beneficios esperados? ¿Por qué, si además acarrea males imprevistos? En Chile la política de sobre-penalización ha colmado las cárceles, y esa respuesta rígidamente punitiva no ha debilitado ni el consumo ni el tráfico. Lo peor de todo es que ha vuelto más vulnerable al mundo popular, desgarrando sus redes de apoyo con cada nuevo sostenedor de familia que es recluido, agudizando su pobreza y reproduciendo la desigualdad.

Este ha sido, históricamente, un país temeroso del desborde y suele magnificar los peligros que comprometen la estabilidad. La política como el arte de dosificar el cambio para mantener a raya a la anarquía se instaló en el imaginario de la elite dirigente en la década de 1830, y desde entonces ha rondado la imaginación de importantes sectores políticos. Los miedos que concita el desorden pueden variar con el tiempo; me pregunto si esta manía prohibicionista no es otra expresión de ese temor ancestral. Las autoridades políticas debiesen hacer algo para conjurar esos temores, en lugar de acrecentarlos invocando los fantasmas de la disolución moral de una sociedad menos sometida a prohibiciones.