• 11 octubre, 2018

La herencia

Los tres primeros gobiernos de la Concertación fueron bastante responsables en su manejo presupuestario. Más aún, en el gobierno socialista de Ricardo Lagos, Eyzaguirre, sabiamente y con coraje técnico, impuso la regla del equilibrio fiscal estructural. Este principio tan importante para el desarrollo, fue simplemente destrozado por el primer gobierno de Bachelet, casi restaurado en el primer gobierno de Piñera, y de nuevo, literalmente masacrado en la segunda gestión de Bachelet. Es decir, fue la manera de gobernar basada en el gasto populista.

Cuando el gobierno militar entregó su mando a Aylwin, la economía crecía sobre el 8%. En el período de Aylwin su promedio fue el notable 7,7%. Frei, que le siguió, logró el 5,4%, aún muy razonable. Después Lagos apenas creció 4,4%, y finalmente Bachelet al 3,3%. Es decir, vemos una baja sistemática y persistente del crecimiento y eso no es casual ni depende de lo que pasó afuera. Cuando Piñera toma su primer mandato, sube el crecimiento al 5%, mostrando que efectivamente era posible y que lo que estaba ocurriendo era simplemente mala gestión económica. Asume Bachelet por un segundo período y los resultados son simplemente lamentables. Apenas logra un 1,7% de crecimiento, con una caída muy seria de la inversión y la productividad. El discurso persistente antiempresarial (“los poderosos de siempre”), la pésima reforma sindical y la reforma tributaria hicieron estragos simplemente por ser técnicamente muy deficientes. Era todo más bien ideológico, con gran desprecio a lo técnico.

El déficit corriente heredado fue superior al 3,5%, y el déficit estructural fue del 2%, cuando la regla exige un 1% de superávit. Junto con ello, Bachelet tuvo que aumentar la deuda fiscal externa en unos 30.000 millones de dólares, dejando una pesada carga financiera, sin hablar siquiera de pagar el capital. Lo más grave es que este endeudamiento fue utilizado para pagar gastos corrientes, no inversión. El peor de los escenarios.

2018 en curso

El presupuesto fiscal de este año fue realizado por la administración anterior, como es habitual. Por cierto, mal hecho, con compromisos de gasto no financiados, sin holguras, y con una economía languideciente. Este presupuesto requiere nuevamente en 2018 un endeudamiento internacional de unos 10.000 millones de dólares de los que no puede responsabilizar a este gobierno, pero como es obvio, la oposición lo hará. El nuevo gobierno debió partir por restringir el gasto, a pesar de la estrechez, pero eso es lo único responsable para el país. Sin duda, a un gobierno que gasta menos, en una historia de farra, le cuesta lograr el apoyo popular en una cultura irresponsable de derechos sin responsabilidades. Con todo, el déficit corriente será cercano al 2,5% y el estructural, un 1,8%.

Qué pasa en 2019

Por primera vez en décadas, el presupuesto se expandirá menos que la economía. Esta última crecerá en torno al 4%, y el presupuesto solo 3,2%, y aún así el déficit estructural bajará apenas del 1,8% al 1,6%. Sirvan estas cifras solo para testificar la enorme irresponsabilidad del gobierno anterior. Sirvan también para entender cuán lejos estamos del superávit de 1% estructural, que es la regla aceptada, y cómo nos guste o no, deberá crecer la deuda por muchos años. El legado económico de Bachelet es simplemente delirante. Es la misma tendencia de Argentina, Venezuela, Nicaragua y todos los países que siguen las recetas añejas del socialismo.

Para este presupuesto se ha considerado un PIB tendencial del 2,9%, y un precio del cobre cercano a tres dólares la libra. En este erario, por primera vez en dos años, la inversión pública empezará a crecer nuevamente, lo que considera además fuertes inversiones en concesiones que aparecen estadísticamente en la inversión privada. Esta última ha empezado a crecer nuevamente tras cuatro años sistemáticos de caída en el gobierno anterior. También este presupuesto considera medidas adicionales de austeridad fiscal por 4.400 millones de dólares, que ayudarán a contener la gran farra populista en la que veníamos. Pero aún hay demasiada “grasa” en el aparato público nacional.

73.300 millones de dólares

El sistema estatal de Chile ha estado sistemáticamente en proceso de engorda. Estamos hablando de un presupuesto de unos 50 billones de pesos, una cifra difícil de concebir. Un presupuesto que está en el entorno al 25% del PIB, y que está literalmente lleno de gastos innecesarios, partiendo por un exceso de funcionarios de no menos de cien mil personas.

Las cifras más relevantes de este erario señalan que 1 de cada 4 pesos irá a la educación y 1 de cada 5 pesos irá a la salud. Es decir, un 45,6%. Considera además cerca de 200.000 nuevas soluciones habitacionales y unos 250 millones de dólares para las líneas 2 y 3 del metro. También ayudará a más de 400.000 estudiantes con gratuidad, y 1.300.000 adultos mayores beneficiados.

 

Innovaciones 

Una de las ideas más interesantes del gobierno y su presupuesto es la “red clase media protegida”. Está basada en poder enfrentar las cinco contingencias que, de ocurrir, más afectan a la clase media: eventos catastróficos de salud, dependencia severa de adultos mayores, dificultad para encontrar empleo, incapacidad de pagar la educación superior de los hijos, y ser víctimas de delitos violentos. 

Otro tema relevante es el camino a igualar oportunidades con las regiones. No solo aumentan los recursos de todas ellas, sino que hay un 25% de incremento real en la inversión regional a través del Fondo Nacional de Desarrollo Regional. Por cierto, hay un énfasis especial en La Araucanía, con un plan especialmente dedicado a ello. Este considera ocho mil millones de dólares hasta el 2026, con unos mil dólares para 2019, que equivalen a un 40% de aumento en relación con el 2018.

Conclusiones

Vuelve la seriedad al manejo de los recursos públicos y con un énfasis en las políticas sociales y la inversión, las claves para el progreso. La población debiera tomar conciencia de que el sector público se gasta cada año la friolera de 75.000 millones de dólares al año. Tenemos derecho a exigir más eficiencia, y bajo ninguna consideración seguir aceptando el déficit fiscal, que tomará años remediarlo. En mi opinión, a este presupuesto le falta coraje para terminar con los bonos populistas por un lado, y mostrar una mayor decisión en el tema de ciencia y tecnología, que es la clave de futuro. Entiendo que es el primer año, pero no debe ser aceptado para lo que viene.