Ahora todo parece explicarse por el abuso: de autoridad, de derecho, de posición dominante, de superioridad, de letra chica. Tarea para los candidatos presidenciales, quienes deberán poner en rodaje narrativas que restablezcan el orden perdido. Con la irrupción de prácticas que extralimitaron el ejercicio de un derecho o cargo, algunos se preguntan si este […]

  • 16 mayo, 2013

 

Ahora todo parece explicarse por el abuso: de autoridad, de derecho, de posición dominante, de superioridad, de letra chica. Tarea para los candidatos presidenciales, quienes deberán poner en rodaje narrativas que restablezcan el orden perdido.

Con la irrupción de prácticas que extralimitaron el ejercicio de un derecho o cargo, algunos se preguntan si este concepto sustituye o releva al de desigualdad. Pero lo cierto es que a medida que la sociedad se ha vuelto más transparente, ya no sólo aparece el problema (la desigualdad), sino sus motivos (el abuso). Estamos transitando desde el efecto (desigualdad) a la causa (el abuso). Y en este tránsito, la díada abuso-desigualdad actúa como un cluster semántico obligatorio para la clase política.

Esto no es reciente. Se venía incubando desde hace rato. Y mucho más del que se piensa: me atrevería a decir que desde el gobierno de Frei. Este terminó su gobierno con bajísimos niveles de adhesión. Y no fue la crisis asiática. Los estudios de opinión de la época mostraban una solapada irritación ante el exitismo de las cifras macroeconómicas, los viajes presidenciales y las aperturas de nuevos mercados, lo que, sin embargo, no tenía ninguna relación con la vida diaria.

Así, el fastidio ciudadano se expresó al coquetear con el cosismo de Lavín. Esta molestia latente no impidió que Lagos ganara, pero lo tuvo muy abajo en popularidad en los primeros años, justo cuando surge en las encuestas el concepto de abuso de poder. Se instaló que los políticos trabajaban por sus intereses y que obstaculizaban el acceso a las bondades del modelo. Las personas sentían que ya no contaban con ellos y debían recuperar el poder que les habían entregado.

En este marco, surgió Bachelet. Bendecida por el mandato de resolver las colas de los consultorios, logró establecer un puente directo con la gente, saltándose a quienes impedían que los beneficios llegaran a las personas. Sin embargo, no logró traspasar su adhesión ciudadana a la Concertación, la que concentró toda la rabia contra quienes abusan del poder. En este marco, Piñera funcionó como candidato en dos sentidos; por la necesidad de alternancia del poder; pero también como modo de quitárselo a los políticos y traspasarlo a los empresarios (ellos “no necesitan robar”).

Como vemos, la díada abuso-desigualdad tiene al menos 15 años de vida en la opinión pública y está en su punto más alto de cocción. Es un error pensar que esto implica una agenda izquierdizada. No hay problema con el modelo. El punto es quién tiene el liderazgo y la calidad moral para hacerlo funcionar. La credibilidad de los candidatos estará determinada por su historia y éstos tendrán que demostrar que no han estado en el lado obscuro del abuso y que son capaces de resolver la desigualdad.

Golborne se había estancado en las encuestas porque su propuesta meritocrática estaba al margen de la necesidad de abordar la desigualdad y el abuso de poder. Y se acabó al ser parte del problema del abuso.

Allamand ha tomado difíciles decisiones, pero correctas desde las exigencias de la díada: el mordisco a Golborne le sirvió para hacer valer su posición ante el abuso; y su colisión con Novoa le permitió hacer propio el tema de la desigualdad, al desacoplarse de su tesis de que la “desigualdad era un invento de la izquierda”. Este posicionamiento le ha dado vía libre para acercase al centro. Por cierto, su vulnerabilidad está en que ha estado en las principales batallas de poder, alejado de la ciudadanía.

Longueira tiene una fuerte trayectoria en el plano del compromiso social, y de los acuerdos de interés país. Sin embargo, son asuntos conocidos sólo a nivel de base y de la elite (de hecho, genera altos niveles de rechazo). Pero su foco son las primarias y por ahora no se va a concentrar en la díada abuso-desigualdad. Su carrera es otra: movilizar a su sector para ganarlas. Después veremos. Pero su fuerte discurso de continuidad respecto al gobierno lo está alejando del centro. Si gana las primarias, tendrá que volver sobre él y veremos qué narrativa adopta.

Velasco se instaló directamente en el abuso, defendiendo la necesidad de cambiar la política, dejando atrás a los que han abusado del poder. Su dificultad está en transitar hacia el otro polo: el de la desigualdad. No capturó la agenda de protección social que promovió cuando fue ministro y pierde credibilidad cuando salta a ese plano. Pero los énfasis en el abuso dañan el posicionamiento de Bachelet, pues abre un flanco con lo que es su principal carga: los partidos de la Concertación.

Bachelet tiende a instalarse narrativamente en la desigualdad, y en gran medida representa la reserva moral ante el abuso. Y ante la desigualdad, su discurso se abre a la necesidad de grandes acuerdos. Es la desigualdad como un modo de liderazgo; y en este plano se enfrentará a Allamand. Por el lado del abuso, el que más daño le hace es Velasco (como MEO a Frei en la pasada elección).

En este marco la elección está abierta. Por primera vez, el poder lo tiene la ciudadanía.•••