Por: María Teresa Herreros

  • 26 abril, 2019

La Tate Britain Gallery de Londres ofrece una nueva oportunidad de disfrutar de pinturas icónicas del gran Vincent Van Gogh (1853-1890) en la nueva exposición que abrió a fines de marzo.

Entre ellas Girasoles, caso prácticamente único que, al nombrarlo, se asocia inmediatamente con su autor. La versión que aquí se muestra, pintada en 1888, es una de las cuatro existentes de esta famosa obra y fue prestada por la National Gallery de Londres. Otra de ellas, la perteneciente al Van Gogh Museum de Amsterdam, está corriendo el riesgo de “marchitarse”: una nueva técnica utilizada en su estudio está demostrando que la pintura usada en los pétalos está lentamente convirtiéndose a marrón debido a que sus pigmentos amarillos son sensibles a la luz.

 

Esta exposición se centra en la relación de Van Gogh con Inglaterra, habiendo vivido en Londres entre 1873 y 1876 como joven aprendiz de un art dealer, y explora su influencia desde y sobre pintores británicos. Es la primera exhibición de las obras del pintor holandés que la Tate Britain Gallery realiza desde el año 1947. Esta última fue tan ampliamente visitada, que los pisos de la galería resultaron dañados. En esos años de postguerra ,el público permanecía horas en colas bajo el frío y la lluvia para entrar a verla, tanto como en las entradas de tiendas de comidas durante la austeridad del racionamiento.

 

Girasoles es la estrella cada vez que se exhibe. Pero hay muchos que destinan largos momentos a contemplar y embelesarse frente al maravilloso Noche estrellada sobre el Rhône (1988), prestada por el Musée d’Orsay de París para esta exposición.

Fue pintada desde la orilla del río en las cercanías de la Casa Amarilla que Van Gogh arrendaba en Place Lamartine de Arles. “Una vez salí a caminar en la noche a lo largo de la playa; no era alegre, no era triste: era hermoso”, escribió a su hermano Theo. El lugar que eligió le permitía captar los reflejos de las luces de gas sobre las rizadas aguas azules del río. La armonía de la dirección descendente de esos reflejos hacia el espectador, así como el despliegue de las estrellas –casi flores, casi fuegos artificiales– en el cielo nocturno dan forma inigualable a una de sus más famosas obras.

Se ha destacado también un tema inusual y casi doloroso, como es el de los zapatos usados. Un conocedor de la obra de Van Gogh se ha referido a que el artista compró estos zapatos viejos en un mercado de las pulgas en París para usarlos caminando por el lodo hasta quedar inmundos. Solo entonces consideró que eran suficientemente interesantes para una pintura. Realizó varias naturalezas muertas con este motivo. La que se presenta en esta exposición es la pintada en 1886.

Un testimonio de honda desesperación es El patio de la prisión (1890), pintado a meses de su muerte en sus días “encarcelado” en el asilo en Saint-Rémy. Sus tonalidades de color azulado expresan soledad y tristeza, en un lugar sin escapatoria entre muros que se prolongan sin fin. Los reclusos caminan hacinados dando vueltas, formando una corona humana con sus cabezas gachas en miseria compartida; rostros anónimos excepto uno, el del centro, cuyo pelo rubio es iluminado por un rayo de sol imperceptible. Ese es el propio Van Gogh, en lo que se ha interpretado como un “Autorretrato metafórico”. Esta obra fue facilitada por el Museo Estatal Pushkin de Bellas Artes de Moscú.

En el curso de una década, Vincent van Gogh creó cerca de 2.100 obras de arte incluyendo alrededor de 860 óleos, la mayoría de ellos en los dos últimos años de su vida. Durante su breve carrera vendió solamente una pintura.