Por María Teresa Herreros, desde Londres Imágenes: gentileza de la National Gallery, Londres Tal como era de esperar, el interés del público está superando las expectativas que la National Gallery de Londres tenía para su magna exposición “Rembrandt: Los últimos trabajos” (Rembrandt: The Late Works). Sólo es posible visitarla reservando entradas con anticipación o haciendo […]

  • 12 diciembre, 2014

Por María Teresa Herreros, desde Londres
Imágenes: gentileza de la National Gallery, Londres

Rembrandt-autorretrato

Tal como era de esperar, el interés del público está superando las expectativas que la National Gallery de Londres tenía para su magna exposición “Rembrandt: Los últimos trabajos” (Rembrandt: The Late Works). Sólo es posible visitarla reservando entradas con anticipación o haciendo largas colas en el exterior bajo el frío otoñal frente a Trafalgar Square. La Galería ha anunciado la extensión del horario de visitas para los próximos domingos.

No importa cuántas veces hayamos visto algunas de las magníficas pinturas del gran maestro holandés, siempre sentimos la compulsión de acudir y admirar cada una de ellas, especialmente cuando se nos ofrece una muestra como la que presenta la National Gallery, organizada en conjunto con el Rijkmuseum de Ámsterdam, que reúne 40 pinturas, 20 dibujos y 30 grabados.

En esta oportunidad, la exposición se centra en las obras realizadas por Rembrandt durante los últimos veinte años de su vida, período marcado por la pérdida de su esposa e hijos, por la total bancarrota y juicios en su contra. Fue criticado entonces por vulgaridad y falta de finura; por la oscuridad de sus pinturas y su temerario uso de la pincelada; por haberse convertido en un ser inseguro y decadente. Sin embargo, lejos de disminuir su creatividad y energías, fue entonces cuando realizó algunas de sus obras más profundamente conmovedoras y también llamativamente modernas, como las que se reúnen en esta exposición.

En palabras del director de la Galería, Nicholas Penny, “aun tres siglos y medio después de su muerte, Rembrandt siempre asombra y maravilla. Sus invenciones técnicas y su profunda percepción de las emociones humanas son hoy tan frescas y relevantes como lo fueron en el siglo XVII”.

Sólo 10 días antes de la inauguración, la National Gallery informó sobre un nuevo préstamo excepcional que se incluiría en la exposición: se trataba de La Conspiración de los Batavos bajo Claudius Civilis (1661-2), una de las pinturas más ambiciosas de Rembrandt realizada durante estos últimos años, que llegaría a Londres como una adición de última hora facilitada por la Real Academia de Bellas Artes de Suecia.

De tamaño imponente, 196 x 309 cm, está ubicada en lugar destacado de la segunda sala de la exposición y es la única parte sobreviviente de una pintura realizada por encargo del Ayuntamiento (actual Palacio Real) de Ámsterdam a mediados del siglo XVII. En el palacio, de riquísima decoración interior, las autoridades quisieron celebrar el heroísmo de sus antepasados simbolizado en Claudius Civilis, el líder de la sublevación holandesa contra el Imperio Romano. Debía ser una obra de arte que lo mostrara en toda su grandeza y nobles virtudes. Rembrandt pensó y realizó una idea completamente diferente: una escena ruda, pero real, en la que un grupo de desordenados rufianes beben, celebran la victoria y aclaman a su líder tuerto que preside la mesa, con una composición reminiscente de la Última Cena. Una luz, inédita en la pintura hasta ese momento, recorre la mesa como una cascada iluminando las caras de los conspiradores. La inmensa tela original, de 500 x 500 cm,  fue instalada en el Ayuntamiento en el verano de 1662, rechazada y retirada en el otoño de ese año, y cortada probablemente por el propio Rembrandt para poder venderla, ya que no recibió pago alguno por su trabajo.

Rembrandt-cuadro1

El tema de personas reunidas en torno a una mesa reaparece en la que, a nuestro parecer, es una de las cumbres entre sus obras maestras, Los Síndicos de los Pañeros (191.5 x 279 cm). Por encargo de la Corporación de Fabricantes de Paños, debía retratar a un grupo de sus funcionarios que se dedicaban al control de calidad de telas. Éste podría haber sido solo un retrato estático de un grupo de personas, sin mayor interés. No así en la visión de Rembrandt; él decide ilustrar el momento en que el pintor entra a la sala y llama la atención de ellos sorprendidos en su trabajo, cada uno reaccionando con diferente expresión. En el fondo oscuro del maderamen, en sus trajes y sombreros negros, destacan sólo los rostros y sus pecheras blancas. Pero, como lo hace notar el crítico de arte Simon Schama, un elemento central del cuadro es la esquina de la mesa, cubierta con un rico tapete de color rojo con bordados, que se proyecta hacia el espectador y a través de ese ángulo convergen las miradas de los síndicos.

Hacia el pintor, hacia nosotros.

Sobresale en esta exposición su famoso retrato conocido como La novia judía (121.5 x 166.5 cm), considerado como una conmovedora expresión de amor en la intimidad de una pareja que se refleja en sus manos entrelazadas, elegidas como imagen de esta exposición. Probablemente inspirado en el Antiguo Testamento, Rembrandt se habría basado en la legendaria y profunda relación marital entre Isaac y Rebeca. Se cuenta que 220 años más tarde, en octubre de 1885, un joven aspirante a pintor se detuvo frente a La novia judía y se quedó allí todo el tiempo que pudo, estremecido de admiración. “Daría feliz diez años de mi vida para poder permanecer diez días frente a este cuadro con sólo un trozo de pan seco para comer”, le escribió Vincent van Gogh a su hermano Theo.

También capta largos momentos y pensamientos el hermoso cuadro Betsabé con la carta del Rey David. Ella, desnuda mientras su sirvienta le lava los pies, sostiene en su mano la carta del rey que la requiere. Refleja en la expresión de su rostro el conflicto que la fuerza a decidir entre la lealtad a su esposo y la obediencia a su soberano. Otras versiones de este episodio muestran al rey espiando a Betsabé; aquí Rembrandt pinta el dilema sólo a través de la carta en su mano.

Son magníficos los retratos que destacan en las diferentes salas. Los hay de apóstoles, de gentilhombres, de ancianas, de mujeres bíblicas. Pero coincidimos en que deslumbran y emocionan los cuatro autorretratos ubicados en la primera sala, donde necesariamente debimos volver. Ahí está él, vestido con ricos ropajes, en pose firme, serena, enfrentándonos sin rastros de los pesares que lo atormentaron en esos años. Luego de una segunda, de una tercera mirada, tal vez notamos un dejo de tristeza o resignación en sus ojos. Tal vez.

Rembrant Harmenszoon van Rijn nació en Leiden el 15 de julio de 1606 y murió en Ámsterdam el 4 de octubre de 1669. •••