• 2 noviembre, 2007

Con candidatos que compiten por quién reducirá con más fuerza los impuestos y mejorará la competitividad internacional, las próximas elecciones en Australia sirven para medirnos con los países que corresponde. También en el ámbito laboral y en la flexibilidad que Chile sí puede aplicar.
El 24 de noviembre Australia tendrá elecciones, y sus ciudadanos decidirán si prolongan el mandato de la coalición encabezada por el primer ministro conservador John Howard. Las encuestas sugieren que el público quiere un cambio, y que la oposición, liderada por el laborista Kevin Rudd, triunfará en los comicios.
En una visita reciente a Melbourne, Sydney y Canberra pude comprobar que la discusión política se centra en tres áreas: la política exterior –y especialmente la presencia de tropas australianas en Irak–, la pena de muerte, y los derechos de los aborígenes.
Flexibilidad, globalización y mercado
Lo más interesante de esta campaña, sin embargo, es el rumbo que ha tomado el debate económico. Tanto los conservadores –los que, para confundir las cosas, se agrupan en el Partido Liberal– como los laboristas han prometido mantener el carácter competitivo, globalizado y de mercado de la economía australiana. Los dos candidatos están compitiendo por quién presenta una plataforma más moderna y flexible. Nadie habla de “cambiar el modelo”.
La coalición gobernante prometió bajar los impuestos en 34 billones de dólares australianos. El primer ministro Howard ha argumentado que esto le permitirá a Australia mejorar su competitividad internacional y empinarse a los primeros lugares dentro de la OECD. Los laboristas decidieron no quedarse atrás, y hace unos días Rudd anunció que, en caso de ser elegido, durante su gobierno se producirá una rebaja de impuestos por un total de 31 billones de dólares australianos.
Ambos candidatos coinciden en la importancia de mantener la independencia del Banco Central, y en la necesidad de transformar a Australia en un centro financiero internacional de importancia.
Durante los últimos dos años el dólar australiano se ha apreciado en un 21% con respecto al dólar estadounidense (como comparación, durante el mismo período la apreciación del peso chileno ha sido del 9%). Durante mi visita pregunté si el tema cambiario sería importante durante la campaña. La respuesta fue, “no, ni siquiera es un tema periférico”. A continuación me dieron dos explicaciones: en primer lugar, las compañías australianas –incluso las empresas medianas y pequeñas– hacen uso de los mecanismos de protección cambiaria disponibles en el mercado –hedging, compras y ventas a futuro, swaps de monedas y otros. Esto es posible debido a una reglamentación clara y a un sistema fi nanciero bien desarrollado que facilita el uso de estos instrumentos a costos razonables. En segundo lugar, y quizás más importante que lo anterior, la economía australiana –y su mercado laboral– es extremadamente flexible y dinámica, y los costos asociados con ajustar las líneas de producción y responder a los shocks externos son bajos. De hecho, la gran mayoría de los expertos atribuye gran parte del éxito reciente de la economía australiana a la enorme fl exibilidad de su sistema económico.
Australia tiene una de las tasas de desempleo más bajas del mundo (4,2%). Para poder satisfacer la demanda por mano de obra califi cada, durante 2005-2006 el número de inmigrantes calificados fue aumentado a 60.000 personas. Este espléndido desempeño es el resultado de una legislación moderna y flexible, donde los costos de contratar operarios y de ajustar las nóminas en caso de necesidad económica de las empresas son sumamente bajos.
¡Sí se puede!
En una columna anterior planteé que, en contraste con Australia y otros países similares, Chile tiene una estructura económica relativamente infl exible, y que es necesario enmendar rumbo por medio de una reforma laboral moderna y profunda. También dije que no había ninguna contradicción entre aumentar la flexibilidad laboral y mejorar el nivel de protección social de los trabajadores. Mi planteamiento se basa en dos puntos: Para medir el nivel de flexibilidad de nuestra economía debemos usar comparaciones exigentes, y no los eternos países de la “Tercera División”. Mi sugerencia es compararnos con un grupo de exportadores de commodities avanzados, como Australia, Nueva Zelanda y Canadá. Cuando se hace esta comparación, Chile sale relativamente mal parado. En todos los ranking que presenté en mi columna nuestro país tiene un mercado laboral más inflexible que los exportadores avanzados de commodities.
Es posible fortalecer la protección de los trabajadores y de los más pobres por medio de dos programas audaces, innovadores y modernos: (a) un impuesto negativo al ingreso; y (b) un seguro de desempleo parcialmente prefi nanciado con dineros del cobre, que reemplazaría al actual, anticuado e inefi ciente sistema de indemnizaciones. En una respuesta a mi artículo, el ministro del Trabajo Oscar Andrade intentó rebatir mis ideas usando dos argumentos. En primer término, se refi rió a un ranking sobre “libertad laboral” publicado por la conservadora Heritage Foundation. ¡Pero resulta que los datos de la Heritage Foundation me dan la razón!
En efecto, el promedio del índice de libertad laboral de la Heritage para los países exportadores de commodities es 88,6 (en un rango de 1 a 100), mientras que el índice para Chile es 85,3. Resulta, entonces, que cinco índices validan mi posición -los cuatro mencionados en mi columna anterior y el de la Heritage Foundation. Los datos son majaderos: cuando se usan comparaciones exigentes, nuestro mercado laboral resulta relativamente rígido.
El segundo argumento del ministro Andrade es que en Chile la legislación permite contratos flexibles –jornadas parciales y temporales, así como remuneraciones atadas a la productividad–, pero que éstos no son utilizados. Pero el que estos contratos no se utilicen no se debe a que la economía sea verdaderamente flexible. Al contrario, el que estos contratos no se usen es un reflejo de que los artículos respectivos del Código del Trabajo están pobremente diseñados.
Lo importante es entender que es posible lograr el doble objetivo de mayor flexibilidad y mayor protección laboral –cosa que, por lo demás, plantea el Programa de Gobierno de Michelle Bachelet. Como dije en mi columna anterior, hacerlo requiere audacia y creatividad; pero de poderse, ¡se puede! De hecho, eso es lo que ha logrado Dinamarca con su tan publicitada "flexiguridad” y, hasta cierto punto, Australia. Más aún, si los laboristas de Kevin Rudd llegan al poder el 24 de noviembre, veremos un interesante esfuerzo por aumentar la seguridad de los trabajadores, sin destruir los aspectos esenciales de la
flexibilidad laboral que tan bien le han servido a Australia.