• 30 noviembre, 2007

 

Una mirada distinta a la obra del explorador Henry M. Stanley, a partir de una reciente biografía de Tim Jeal, permite conocer de mejor forma el pasado africano y analizar con objetividad un futuro que, a la luz de los resultados económicos, podría romper con tanta década perdida.

 

El 10 de noviembre de 1871, y después de numerosas aventuras y peripecias, el explorador Henry M. Stanley encontró, a orillas del lago Tanganyika, al doctor David Livingtone, un respetado misionero que llevaba años perdido en el corazón de África. Al saludar al célebre doctor, Stanley hizo una pregunta que con el tiempo se haría famosa: “Doctor Livingstone, I presume?” Sin embargo, en una biografía publicada recientemente, el británico Tim Jeal asegura que Stanley nunca dijo la conocida frase. El explorador la habría inventado en su libro sobre la expedición, para así darle un aire nítidamente británico y flemático al singular encuentro en medio de la selva.

Pero la verdad es que a nadie debiera importarle qué se dijo ese día de noviembre. Lo importante es que después de años de haber sido sindicado como un hombre violento y cruel, finalmente tenemos una biografía objetiva y balanceada sobre el explorador más importante del siglo 19: Tim Jeal, “Stanley: The Imposible Life of Africa’s Greatest Explorer,” (Yale University Press, 2007).

Henry Morton Stanley nació en Gales en 1841, como John Rowlands. A los 18 años emigró a Estados Unidos, donde se cambió de nombre, peleó en la Guerra Civil, y cubrió como corresponsal de guerra los esfuerzos de las tropas federales por pacificar las planicies del medio-oeste. En 1871, y después de convencer al editor del New York Herald que financiara su primera expedición africana, Stanley salió de Zanzíbar en busca del Dr. Livingtone.

Años más tarde sería el primer occidental en circunvalar el Lago Victoria, cruzar África –entre 1874 y 1877 lo hizo de este a oeste– y recorrer el río Congo en toda su longitud. No satisfecho con sus hazañas, durante los años 1887 y 1889 volvería a cruzar el continente, aunque esta vez en la dirección opuesta. Todo esto, vale la pena recordar, sin vehículos modernos, ni instrumentos precisos, ni aparatos de telecomunicaciones. Tampoco contaba con la ayuda de mapas; de hecho, en esos años los mapas de África tenían en su centro un enorme espacio vacío, el que el propio Stanley ayudaría a llenar luego de sus expediciones.

Pero el libro de Tim Jeal es mucho más que una biografía de Stanley. Es además una historia de África durante las últimas décadas del siglo 19, época en que las potencias Europeas se repartieron el llamado “continente negro”, para comenzar el oscuro y triste periodo de su colonización. La historia que nos cuenta Jeal es interesantísima, y nos ayuda a entender muchos de los problemas del África moderna, incluyendo el doloroso conflicto que desde hace años azota a Darfour en el Sudán.

Las Fuentes del Nilo

Uno de los misterios que obsesionó a los europeos durante la segunda mitad del siglo 19 fue la fuente del Nilo. John H. Speke aventuró que el mítico río nacía en el lago Victoria, idea que recibió el apoyo del explorador Richard Burton. Livingstone, sin embargo, no estuvo de acuerdo, y argumentó que el Nilo nacía más al sur, y que el río Lualaba era su primer tributario.

Pero no fue hasta que Henry Stanley realizara su expedición transafricana de 1874 que se aclaró el misterio. Después de navegar alrededor del inmenso lago Victoria, Stanley concluyó que éste no se alimentaba de otros ríos, como varios de sus contemporáneos habían especulado. Además, Stanley comprobaría que el Lualaba era la fuente del magnífico río Congo, y que luego de fluir hacia el norte por más de 500 kilómetros, se curvaba hacia el oeste, para serpentear entre la selva y finalmente desembocar en el Océano Atlántico. Desde la época de Stanley los expertos coinciden en que a pesar de la compleja hidrografía del Nilo, el lago Victoria puede ser considerado como su fuente principal.

El Rey Leopoldo y su Sombra

Dos factores explican la reputación de cruel y perverso que Stanley tenía hasta ahora. En primer lugar, el explorador tendía a exagerar, y en cada uno de sus libros – todos ellos extraordinarios bestsellers – dramatizó los hechos. Por ejemplo, en “Through the Dark Continent” dice que en una escaramuza en el Lago Victoria mató a 14 indios, número que a los humanistas de la época les pareció altísimo, además de innecesario.

Pero según descubrió Tim Jeal, en su diario de viaje Stanley escribió que sólo había matado a uno de los atacantes. Henry M. Stanley, nos dice Jeal en su magnífico libro, era un hombre bondadoso; quería enormemente a los africanos, y aborrecía el trato que les daban los comerciantes árabes. Stanley fue un anti-esclavista convencido, e hizo lo posible por terminar con el comercio de seres humanos.

Pero la razón principal detrás de su mala reputación es que ayudó al rey Leopoldo II de Bélgica, a establecer la tristemente célebre colonia del Congo. Con los años los belgas se transformarían en los colonizadores más crueles y depredadores en la historia de la humanidad. En el influyente libro “Leopold’s Ghost” de Adam Hochschild, Henry M. Stanley es, de hecho, uno de los principales villanos.

Pero después de leer toda la correspondencia entre el explorador y el rey – la que se encuentra en los archivos del Musée Royal de l’Afrique Central en Bruselas – Tim Jeal concluyó que Stanley fue engañado por el monarca. El explorador nunca se imaginó que el barbudo rey quería transformar al Congo en su propiedad personal, ni que buscaba explotar al país en forma sistemática y despiadada.

¿Una Devoción por la Eficiencia?

Desde sus primeros años como naciones independientes los países africanos enfrentaron enormes problemas económicos. En muchos de ellos el despilfarro y la corrupción terminaron por dominarlo todo. La imagen del déspota africano disfrutando sus villas en el sur de Francia, mientras la población pasa hambre y penurias, se transformó, hace tiempo, en un lugar común. En la extraordinaria novela de Joseph Conrad “Heart of Darkness” el narrador se interna en el río Congo y dice, “Lo que nos salva es la eficiencia. La devoción por la eficiencia.” Por décadas, sin embargo, nada estuvo más lejos de las economías africanas que el concepto de eficiencia. Al contrario, la norma era el derroche, la abulia, el autoritarismo mesiánico, y el desperdicio sin límites.

Pero para sorpresa de muchos, durante los últimos años el continente africano ha experimentado un renacimiento económico. En el quinquenio 2003-2007 la tasa de crecimiento de la región será 5.5%, casi un punto porcentual más alta que la de América latina. Y si bien el aumento del precio de los commodities ha jugado un rol importante, el surgimiento de África tiene mucho que ver con la adopción de políticas económicas que promueven la competencia y los aumentos de productividad. Los países más exitosos han sido Angola, Guinea Ecuatorial, Chad, Sudan, Mozambique y Sierra Leone.

Últimamente ha habido un gran aumento en la inversión extranjera, especialmente de compañías chinas que buscan expandir sus mercados y asegurar el suministro de materias primas. En una serie de artículos publicados hace unas semanas, Financial Times se refirió con entusiasmo al enorme potencial económico de varios países africanos.

África es una nueva frontera en el mundo de los negocios. No cabe duda que las compañías chilenas deben empezar a mirar al “continente negro” con interés y visión de largo plazo. Incursionar en él promete ser una aventura fascinante, tan llena de emociones como de oportunidades.

Sebastián Edwards, Ph.D. en Economía de la Universidad de Chicago, es profesor de Economía Internacional en la UCLA, California.