• 23 enero, 2009

 

Obama enfrenta el desafío de recuperar terreno en el ámbito de las relaciones internacionales de Estados Unidos. Por lo mismo, se espera una política tan activa como amistosa. Pero el correcto y ordenado Chile no forma parte de las prioridades. ¿Mala noticia? Más bien, una oportunidad. Nuestro país puede ser el aliado que Washington necesita.

 


Si de desafíos para 2009 se trata, el presidente Barack Obama los tiene de sobra. Desde el complejo escenario económico y el aumento del desempleo, pasando por Irak, Afganistán, Pakistán, Rusia, los ataques terroristas en India, el conflicto palestino israelí, hasta llegar a América latina.


Respecto a la región, sólo para que tenga una idea del tenor del problema basta señalar que entre 2002 y 2007 la imagen de Estados Unidos en Latinoamérica se ha deteriorado profundamente, de acuerdo a la última encuesta del Pew Institute, con sede en Washington. En septiembre pasado, Bolivia y Venezuela expulsaron a los embajadores norteamericanos de sus países. El comercio entre China y América latina creció de 10 billones de dólares en 2000 a 102,6 billones en 2007, convirtiéndose en un importantísimo socio comercial de la región y agregándose la mayor presencia de Rusia, tanto económica como militarmente.


Esto es sólo parte del panorama que enfrenta la nueva administración Obama desde el 20 de enero y que tiene como principales prioridades una mayor integración comercial, la lucha contra el narcotráfico, la seguridad y desarrollo energético, el cuidado del medio ambiente, el combate contra la pobreza y una nueva aproximación a la relación con Cuba. En estas áreas, el gobierno de Estados Unidos está buscando aliados, tanto gubernamentales como privados y del tercer sector.


En este contexto, ¿por qué preocuparse por Chile? Cuando uno pregunta por Chile en Washington, las respuestas son más bien de indiferencia, de una indiferencia positiva. Los políticos y analistas se preocupan por los problemas, Chile no parece tenerlos. La elección presidencial de diciembre de 2009 será probablemente la menor preocupación que tendrá Washington al relanzar su relación con América latina. Según José Raúl Perales, asociado senior del Woodrow Wilson Center, un instituto no partidista financiado por el Congreso de Estados Unidos, “la falta de discusión en Washington acerca de la situación en Chile no significa falta de interés, sino más bien que se trata de un país normal”.

 

 


“El que no llora no mama”

 

La política exterior de Washington enfoca su atención en aquellos países con problemas, con riesgo de conflictos. Por el contrario, no se espera que la elección en Chile vaya a generar un cambio profundo de modelo, ni que pueda asumir una administración que genere conflictos en la relación con Estados Unidos, como podría pasar en otros países de la región si cambiara el partido de gobierno. Por ejemplo, la elección en El Salvador de mayo del año que viene es un caso paradigmático, que “llorará” mucho en los oídos washingtonianos en los próximos meses.


Todo político que se precie de tal sostiene que lo fundamental para un país es alcanzar “políticas de Estado”, que no cambien con los colores del gobierno de turno. Y en Washington se percibe que esto se ha alcanzando en Chile, que se ha generado un consenso básico sobre lo que funciona a nivel económico y social. Por el contrario, esta falta de consensos ha sido un problema histórico en América latina, donde el cambio de gobierno generalmente provoca la eliminación de las políticas que se venían implementando hasta el momento, por la sola razón de que eran lideradas por el otro partido.


Jeffrey Puryear, director del prestigioso think tank Inter American Dialogue, también se muestra optimista sobre la situación en Chile, pero señala que “el país todavía tiene que pasar un test fundamental de toda joven democracia: la alternancia en el poder, que Chile no ha probado todavía desde la salida de Pinochet del gobierno”.

 

 

A levantar el perfil

 

En términos de desarrollo económico, se considera a Chile como ejemplo para la región y algunos analistas mencionan que tal vez sea este aspecto, en particular el comercio, el que el país podría capitalizar para convertirse en una interlocutor de más peso con Estados Unidos y de mayor liderazgo en el continente. “Chile tiene una excelente oportunidad de liderar la agenda de libre comercio en la región”, sostiene Eric Farnworth, vicepresidente del Council of the Americas, “pues tiene la autoridad moral para hacerlo y el respaldo de los hechos, ya que junto con Singapur tal vez sean los países de mayor libre comercio del mundo; al menos, en términos de tratados firmados y de política impositiva que fomenta el intercambio económico”.


Muchos se preguntan por qué los políticos y empresarios chilenos no “venden” su país en el exterior. ¿Son las montañas y el mar los que aíslan al país del mundo? ¿Por qué tantos otros países de la región, con menos éxitos y desarrollo, copan las conferencias internacionales como Davos, el Summit of the Americas, etc., y los chilenos brillan por su ausencia? La necesidad de la administración Obama de regenerar su relación con América latina puede presentar una perfecta oportunidad para que Chile ocupe el lugar de liderazgo tan merecido.


Juan Romero, presidente de Pearson para Latinoamérica, una empresa con fuerte presencia en Chile, añade que “en Chile el gobierno está comprometido con el sector privado, manejando procesos muy transparentes y competitivos. Tanto nosotros como nuestros competidores sabemos que hay reglas de juego claras. Entonces, nuestra energía se enfoca en generar mayor riqueza, en concentrar mayor inversión y expansión de nuestros productos y servicios”. Este es el mensaje que muchos en Washington querrían que Chile propagara en América latina. Especialmente, porque perciben que Estados Unidos ha perdido autoridad en la región para difundir el mensaje de que las reglas de juego claras y el comercio son fundamentales para el desarrollo de un país.


Ya no quedan países desarrollados con los cuales Chile no haya acordado un tratado de libre comercio. Firmó más de 50 con diferentes regiones y naciones. Como sostiene el especialista Jim Roberts, de la He ritage Foundation, “Chile ha estado siempre en las primeras posiciones del Heritage Economic Index”, que evalúa la libertad económica de los países, “y consideramos que será el primer país de Sudamérica que alcance suficientes niveles de desarrollo para ingresar a la OECD”.


De esta manera, el comercio podría ser un tema en que Chile trabajara más cercano a Estados Unidos. El país ya ha demostrado liderazgo en APEC y en la iniciativa de la Cuenca del Pacífico Latinoamericano. Estados Unidos ha manifestado en repetidas ocasiones su apoyo a estas propuestas y está negociando para ser parte del Trans-Pacific Strategic Economic Partnership Agreements, también llamado P4, el tratado de libre comercio entre 4 países con salida al océano Pacífi co: Brunei, Chile, Nueva Zelanda y Singapur, a partir de marzo de 009. Esto ofrece la oportunidad a Chile de conducir su relación con la nueva administración Obama basada en un comercio responsable, libre pero justo, free and fair, frase que han puesto de moda los demócratas desde que asumieron la mayoría en el Congreso en las elecciones de 2006. Y, de paso, colaborar en las negociaciones pendientes en la ronda de Doha.

 

 

¿De vuelta al poder?

 

El muy probable regreso al poder ejecutivo en Washington de Arturo Valenzuela, prestigioso académico y analista político de origen chileno, con amplia experiencia ganada en su paso por la administración Clinton, refuerza la oportunidad en esta línea.


Estados Unidos está deseoso de mejorar su imagen en el mundo, de volver a ser respetado y admirado, luego del negativo efecto que provocó la administración Bush. El acceso a la presidencia de Barack Obama, sumado a la designación de Hillary Clinton como secretaria de Estado, contribuirán enormemente a mejorar la imagen de Estados Unidos en la región, pero hasta que esa realidad se consolide existe una ventana de oportunidad para tomar la delantera y mostrarse dispuestos a volver a interactuar políticamente con Norteamérica.