¿De qué estamos hablando?

El progreso es una palabra igual de compleja que la felicidad. Todos quieren ser felices, todos quieren progresar, pero a la hora de hacer las definiciones es bien difícil ponerse de acuerdo. Es más, esas palabras tan importantes, y otras, se usan con una frivolidad que asombra. Cómo convivir si para algunos el aborto es un progreso y para otros, una barbaridad. Para algunos, la igualdad absoluta es el único verdadero progreso (que como todos sabemos solo puede ocurrir hacia abajo), para otros es la antinomia del “ser” humano que tratamos de diferenciarnos desde que adquirimos conciencia del yo. Para algunos, el crecimiento económico es la clave del progreso, para otros, el origen de las desigualdades. En fin.

Lo primero que es medianamente evidente es que el progreso es una categoría relativa, no absoluta. Es la otra cara del poder societal, que es un juego de suma cero. Para que alguien tenga más poder, otro debe perderlo, el resto es música. Otra cosa es el poder espiritual, que es infinito y todos pueden progresar al mismo tiempo. La cultura es quien va definiendo qué es el progreso y eso por cierto varía de cultura a cultura. La idea de progreso es diferente en el Tíbet que en Nueva York, por decirlo de alguna manera. Con todo, hay una corriente central que cada vez es mayor y hay países que marcan la pauta del progreso mundial y se transforman en referencias. En alguna época se hablaba de los países del primer y tercer mundo. Unos eran desarrollados, otros, subdesarrollados. Por cierto, estos últimos querían alcanzar a los primeros. Los partidos políticos tenían ideologías profundas con teorías del ser humano y la sociedad. Hoy es todo contingente, oportunista y carente de modelos. Peor aún, estamos en la era de la posverdad que complica todo. El conocimiento se expande de una manera vertiginosa, abriendo espacio a la paradoja de la información: las preguntas crecen más rápido que las respuestas, y por eso somos, en términos relativos, cada vez más ignorantes.

El camino sin retorno

La globalización ya hace del mundo uno solo. Nos transculturizamos. Para el 2050, el mundo tendrá cerca de 10 mil millones de habitantes prácticamente todos integrados. Para entonces, todos tendrán acceso a internet y a un teléfono inteligente. Probablemente a los recién nacidos ya les pondrán un chip.

El 75% de la población vivirá en zonas urbanas, y el 60% en ciudades mayores a 10 millones de personas en sistemas culturales extremadamente complejos tecnológicamente. La población de tercera edad será en el entorno del 30%, lo que es impactante, y los nacidos de entonces tendrán una expectativa de vida de 120 años o más. La familia será diferente. La mujer tendrá el control del poder político y económico y la reproducción será crecientemente tecnológica, y no hay que castigar al mensajero.

Muy pronto habrá en circulación 2.500 millones de vehículos, cuando en 2011 eran 1,1 billones. Al año se producen unos 100 millones de vehículos, de los cuales 75% son autos. El principal productor de autos es China, y seguirá avanzando. El comercio marítimo se duplicará y el transporte aéreo se triplicará. Los drones abrirán el nuevo espacio económico de mil metros en torno a la tierra. La mezcla de congestión y contaminación hará las ciudades invivibles, a menos que empecemos los cambios ya. Esa es parte de la trama que es de público conocimiento. La infraestructura física nunca va a crecer a ese ritmo, por lo tanto, la respuesta no es más de lo mismo.

En este entorno aparecen nuevos conceptos como computación cognitiva, industria 4.0, internet de las cosas, realidad aumentada, web 3.0, las empresas B, y otros que señalan las características básicas de la nueva sociedad. Estamos cruzando la frontera hacia el mundo digital y esa es literalmente una nueva realidad mucho mayor a la física.

Entonces, ¿miramos al futuro o al pasado para progresar?

Aun entrando a la tercera década del siglo XXI tenemos políticos que ni siquiera entienden estos nuevos conceptos y siguen pensando, por ejemplo, en las luchas de clases, los sindicatos guerreros en vez de colaborativos, la sociedad de masas versus lo que ocurre actualmente. En nuestro país, el movimiento político más joven no habla de ninguno de esos temas, al contrario, tratan de hacer renacer las ideologías añejas de sus abuelos. En esa línea nunca habrá progreso. Hay otros románticos que sueñan con la educación del pasado y no saben que los libros como instrumento del lenguaje y el conocimiento ya están obsoletos.

Ejemplo de temas del futuro

Sea lo que sea que viene para la civilización, el motor seguirá siendo la ciencia y la tecnología. Pero ya se habla del cuarto paradigma de la ciencia con una nueva lógica de verdades. Se habla del salto evolutivo, del posthumanismo, y eso es una realidad elocuente y gigante que la mayoría prefiere negar como posible.

El cambio climático es otra realidad enorme, las transformaciones serán feroces, incluso podrían generar nuevas guerras terribles. La respuesta ya no es el ecologismo y, sea la que sea, será con tecnología. El lenguaje postsimbólico es la clave de la nueva educación, y eso es pensamiento digital. Las escuelas hijas de la imprenta ya no tienen sentido. Las universidades como las conocemos tampoco.
En temas más específicos, debemos empezar a hablar con fuerza de la ciudad inteligente, quizás una de las primeras prioridades nacionales, ya que toma mucho tiempo construirla. Es un tema de Estado, no de gobierno. La cantidad de horas humanas perdidas en la congestión es simplemente enorme, es fundamental cambiar la manera de vivir, trabajar y transportarse. Hablamos por ejemplo de la idea de movilidad como servicio, una nueva manera de mirar los problemas y resolverlos.

Pensando por el retrovisor, hemos llegado a la paradoja de que una calle puede tener hasta cuatro o cinco tipos de vías en lo que antes era una sola calle: autos, carpool, bicicletas, motos, transporte público, unidades teledirigidas o inteligentes, y por cierto el aire para los drones. Ello ya no resiste ni siquiera la lógica tradicional. Súmese a lo anterior los crecientes desafíos de seguridad, reparaciones muy disruptivas para la ciudad, los accidentes, las marchas y protestas, las plataformas de infraestructura de soporte, etc.

La educación 2.0, las ciudades inteligentes y la descentralización debieran ser proyectos prioritarios de Estado, no de gobierno. Ahí hay espacio para acuerdos. Lo primero que debemos cambiar son, por cierto, los departamentos de tránsito, a los reguladores obsoletos, abrir más espacios a las concesiones para transformar la infraestructura antigua, en fin: mirar al futuro. Pero claro, nuestros legisladores están preocupados de otras cosas, como los chalecos amarillos o cómo se deben llevar a las mascotas en el auto. Y qué hablar de poner radares para pasar más y más multas. Hay algunos honorables que quisieron regular los saleros en los restaurantes u obligar a firmar cartas de consentimiento formales antes de tener relaciones sexuales. Los hay preocupados de la violencia en el “pololeo”, una figura jurídica que habrá que definir antes de poder ser aplicada. Toda forma de violencia es mala y punto.

La brecha digital de nuestra sociedad es creciente y alarmante. Ahí está la semilla de la segregación y las diferencias sociales, no en el dinero. Se trata de aprender a pensar digitalmente, que no es lo mismo que saber programar, como creen el gobierno y la autoridad de Educación. Es entender qué significa de fondo que la geografía no sea una barrera, que el tiempo sea una variable y no una constante, que la noción misma de naturaleza ha cambiado, que la tecnología nunca ha sido neutra, o en qué consiste la naturaleza de la web 3.0, o que la inteligencia artificial cambia todo, etc.

El eje del problema

El sistema democrático lamentablemente no se ha adaptado a la nueva manera de funcionar del mundo. Sigue pegado hace doscientos años atrás. Ya no hay tres poderes tradicionales, hay muchos otros que ni siquiera entendemos. El dinero es virtual hace mucho rato y será aún más. Los cambios de paradigma en salud son gigantescos y los políticos simplemente no lo entienden. La clase media ya no es un tema de ingresos, hay varios tipos de esta y que nadie entiende muy bien. Las religiones tradicionales pierden fuerza y hay un enorme vacío que llenar en la espiritualidad. La inteligencia artificial ha llegado para quedarse y eso cambia de raíz las empresas, gobiernos, la educación y todo cuanto se nos ocurra. Las minorías requieren respeto y espacios vitales, pero no podemos pasar a las dictaduras de estas que bloquean los espacios de los demás y promueven la intolerancia real.

Hablamos de una realidad que queda lejos de lo que proponen nuestras ideologías obsoletas. Ya no es una discusión entre capitalismo o socialismo, ni menos “la tercera vía”: es algo nuevo que estamos tratando de construir para una realidad global, que no descansa nunca, que tiene enormes controles de inteligencia artificial y que se mueve a la nueva frontera digital. Necesitamos una renovación de liderazgos que sepa mirar al futuro guardando aquello que sirva del pasado. El concepto mismo de libertad va a cambiar, y ni siquiera lo estamos debatiendo.

Es tiempo de acuerdos, no de peleas estériles, menos de oposiciones que bloquean por bloquear, iluminadas por el egoísmo e intereses incumbentes.