• 12 agosto, 2011



Chile es un país poco relevante en el volumen de sus emisiones. Produce menos de la mitad de éstas, corregido por población, que el promedio de los países de la OECD. Entre otras cosas, el nivel de desarrollo explica gran parte de la brecha. En términos relativos Chile también contamina menos que el mundo en su conjunto y que países como Hungría, Estonia y Polonia.


Las emisiones per cápita se pueden descomponer en la limpieza de la matriz, en la eficiencia energética y en el nivel de desarrollo del país (medido por el PIB per cápita). En un ejercicio simple, si mantuviéramos constante nuestra matriz energética (en términos de su composición) así como la eficiencia energética, pero tuviéramos un nivel de desarrollo similar al promedio de los países de la OECD, entonces por el solo hecho de mayor crecimiento económico nuestras emisiones aumentarían a más del doble. Siguiendo con el ejercicio, supongamos que tenemos una composición de la matriz energética como la francesa (limpia) y nos convertimos –como los daneses– en un país de eficiencia energética y además llegamos al nivel de desarrollo de la OECD, entonces y sólo en ese caso, nuestras emisiones per cápita quedarían constantes.


En una primera instancia nos interesa la sustentabilidad desde un punto de vista de emisiones, porque el mundo desarrollado está haciendo esfuerzos en disminuirlas y, pase lo que pase en Chile (a no ser que estemos en el escenario ideal) nuestras emisiones seguirán subiendo. Pero la palabra sustentabilidad es mucho más amplia que esto, estará pensando usted. Totalmente de acuerdo.


En ese sentido, no sólo nos importa ir en contra de la corriente de los mercados desarrollados, sino que también nos interesa porque la discusión en torno al cambio climático, a empresas sustentables, ecologistas, valor compartido, etc. genera presiones a las decisiones de política pública y a la forma en que se hacen negocios. Estos debates comienzan a impactar nuestra economía, poniendo bajo amenaza nuestra competitividad y las oportunidades para mejorar el desarrollo. Entre las amenazas de esta tendencia podemos destacar las eventuales exigencias y obligaciones en materia de mitigación de gases de efecto invernadero, que se pueden traducir en imposiciones unilaterales al comercio, asociadas a emisiones, y restricciones derivadas de los mercados: huella de carbono, de agua, responsabilidad social empresarial, impactos en la comunidad, etc.


Ahora bien, ha habido avances principalmente por parte de las grandes empresas en poner en el debate y al sus políticas el tema de la sustentabilidad. En ese sentido, algunas han avanzado en asuntos de contabilidad verde, en reportes voluntarios de sustentabilidad, en mitigación, etc. Los desafíos surgen a menor escala, sobre todo en las Pymes las cuales de alguna u otra manera son presionadas no sólo por ser proveedoras de las empresas grandes, sino también por los clientes que buscan en el producto algo más que sólo precio. Las preferencias del consumidor han cambiado, y a mayores niveles de desarrollo dan más importancia a los atributos del producto que al precio de éste. Además, la ciudadanía se ha puesto cada vez más exigente respecto a los servicios que recibe y a los productos que consume.


Ya pasamos el primer peldaño: las licencias legales se cumplen y en general se respetan. Los desafíos hacia adelante están en lograr la anhelada licencia para operar y prosperar que entregan indirectamente los ciudadanos. En eso, la relación de la empresa con su entorno, y por lo tanto ser sustentable, es crucial. Las tendencias actuales: filantropía, responsabilidad social, innovación social y valor compartido, entre otras cosas, lo exigen.


Porque lo que exige la globalización, exige el gobierno y sobre todo cada día con más ahínco exigen los ciudadanos y los clientes es que la sustentabilidad (que no es sólo ser verde) ha venido para quedarse. En el largo plazo la agregación de valor depende de aquello.