La primera vez que abrí la puerta de la consulta de Marco Antonio de la Parra fue para mostrarle algo más personal que mis traumas infantiles: un bloc de cuentos. Tenía 19 años, De la Parra aún no cumplía 40, y la democracia debutaba con talleres literarios hoy casi legendarios gracias a los cuales ser […]

  • 5 septiembre, 2012

La primera vez que abrí la puerta de la consulta de Marco Antonio de la Parra fue para mostrarle algo más personal que mis traumas infantiles: un bloc de cuentos. Tenía 19 años, De la Parra aún no cumplía 40, y la democracia debutaba con talleres literarios hoy casi legendarios gracias a los cuales ser un post adolescente desconocido y terminar leyendo en la feria del libro de la Estación Mapocho no era un disparate.

Tiempo después, el célebre psiquiatra y dramaturgo (autor de clásicos teatrales como Lo crudo, lo cocido, lo podrido, La secreta obscenidad de cada día), estrella de la Nueva Narrativa (Cuerpos prohibidos, La secreta guerra santa de Santiago de Chile, editadas por Planeta), cronista destacado (La mala memoria, Carta abierta a Pinochet, y el reciente Para qué leer), publicista (participó en la Franja del NO), se convertiría en el primer agregado cultural del ex presidente Aylwin en España y en un ácido comentarista de TV, quien adelantó el fenómeno de la farandulización de nuestra cultura.

Veinte años más tarde, de regreso a su consulta, me encuentro con el mismo De la Parra de mi primer taller literario (anteojos resbalándose por la nariz, barba, look de doctor, risa contagiosa) salvo por un detalle: a sus 60 años, el multifacético personaje con el cual crecimos abandonó su hiperactividad para replegarse en sí mismo.

Dedicado a la docencia (acaba de ser nombrado director de la Escuela de Teatro de la Finis Terrae), y a la escritura (estrenó El loco de Cervantes, donde actúa, y se aproxima a montar  La historia de Chile contada por los pobres muertos), Marco Antonio confiesa que apagó para siempre la tele y si no fuera por su mujer, no twitearía.

-¿Qué pasó?
-Hace un par de años, por asuntos personales múltiples, me redefiní absolutamente. Después de perder el sentido de las cosas, a comienzos de 2000, algo cambió… Encontré un foco más claro, más parejo, con menos prisa. Manteniendo las ganas de trabajar sí, pero con una sensación de volcarme sólo a determinados desafíos, como la Escuela de Teatro, que me tiene fascinado. En sicoterapia también me achiqué y estoy concentrado sólo en ciertos aspectos de la medicina sicosomática. El clic, que tanto yo temía de cumplir 60 años, en lugar de una catástrofe se convirtió en algo sumamente interesante, una sensación de paz infinita.

-¿Maduraste a los 60?
-Yo diría que abandoné el déficit atencional que me caracterizaba y empecé a tener claro lo que vale la pena o no.

-¿En ese proceso qué cosas quedaron afuera?
-La televisión. Un día la apagué. Se acabó. Y así fue. ¿Para qué perder el tiempo viendo noticias que no existen, de relleno y mazamorra? Prefiero leer en mi I-pad el Huffington Post.
Veo de perfil algunas cosas, el fútbol apenas, ni siquiera la prendo para seguir las series del cable, prefiero que lleguen en DVD. Cuando tú descubres que puedes esperar, entras en una temporalidad distinta. No me interesa correr a un estreno, espero que decante. Creo que es un signo de vejez, de releer más que de leer. Esperar que algo envejezca para que tenga sentido…es divertido de pronto descubrir un nuevo placer en la relectura, en la conversación pausada, por eso estoy escribiendo cuentos y obras que tardan mucho en procesarse. Ya no me interesa la rapidez, sino la profundidad. Para qué leer tiene ensayos que tardaron 15 años.

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-¿No sientes nostalgia por tu rol mediático?
-No tengo ganas de ser ingenioso, de decir frases para el bronce. Ya estuve ahí. Fui crítico de televisión durante cinco años. El 98 empecé a aburrirme en serio, volví para hacer un par de cosas por razones económicas y después ya no más… La otra vez estaba en el programa Vía pública, de Juan Manuel Astorga, sentado junto a (Alberto) Mayol y (Rafael) Gumucio. Se trataba de tener una conversación agitada, de discutir por discutir… De repente me sentí en medio de una cosa sin sentido. Hay un nivel de histeria en la TV en la que no sé si me interesa participar. Las ideas no se ven por ninguna parte.

-¿Chile se ha vuelto más falto de ideas a medida que progresa?
-Las ideas circulan en sitios que no son los más visitados. Leo un artículo muy interesante por ejemplo de Arturo Fontaine sobre el lucro en las universidades pero éste se queda flotando entre el CEP, algunas mesas redondas, mails… ¿Dónde está el contacto diario con las buenas ideas? Los medios están tapados de una reacción casi maníaca por la farándula, superficialidad absoluta y sobreexcitación, que es un muy buen método para esconder el estrés que todos sufrimos. La sociedad chilena está viviendo un proceso del cual yo me he salido. Usando una imagen del surf, o aprendes a ir con la ola o te da vuelta. Yo me siento muy mayor para estar haciendo surf, prefiero mirar de lejos.

-¿Y cuál es el diagnóstico de este Marco Antonio abajo de la ola?
-Yo creo que hoy día estamos viviendo una situación antropológica muy compleja. Carmen Leccardi, una italiana socióloga del tiempo, o Lipovetsky que habla del vacío y la hipermodernidad, señalan algo muy interesante: que la sobreaceleración de los tiempos ha llevado a una aniquilación del futuro, es decir el futuro sólo queda a corto plazo.  El presente se dilata, todo es “ahora ya”. Esto afecta a la ética, la responsabilidad, la política. La Gran Promesa, el Gran proyecto no tienen cabida. Sucede entonces que vivimos en una sociedad estresada, pero sin proyecto. Que rinde bien, ¿y qué?

-Se critica harto el modelo. Autores como Mayol son best seller.
-No me extraña que los sociólogos sean superventa, porque alguien tiene que mirar lo que pasa desde afuera. El modelo hizo crisis. Si no entramos en una crisis económica como en Europa, al menos va a haber una de sentido. El modelo fracasó como portador de realización personal. Funciona dando empleo quizás, aumentando riqueza, pero no a nivel de identificación personal o espiritual. El éxito administrativo está bien, pero ¿para qué?

-En los 90 nadie se hacía estas preguntas…
-Los 90 fueron locamente exitistas. Tenían ese resabio de haber sido país pobre. Quedaba la secuela de pobreza arrastrada históricamente. Por eso se corrió hacia la democracia sin saber lo que era; con la dictadura ahí al lado y Pinochet aún vivo.

-¿Qué Chile ves en tu consulta?
-Estamos en una cosa muy rara. En la consulta veo mucho dolor. Depresiones, intentos de suicidios, conductas de riesgos. La gente joven está muy desesperada y nosotros los mayores no tenemos nada que ofrecerle, porque pertenecemos groseramente a otra época. La diferencia entre siglo XX y XXI es radical. En este cuadro de incertidumbre del futuro los jóvenes retrasan su ingreso al mundo adulto para defenderse de su estrés. Se produce una brecha generacional atroz entre quienes crecimos con un pasado, un presente y un futuro y ellos.

-¿Cuál es a tu juicio el gran cambio generacional del último tiempo?
-Hoy los jóvenes están apostando a una calidad de vida. Eso primero, después el auto cero kilómetro. Lo veo en uno de mis hijos. Le acaban de ofrecer un trabajo enorme de arquitecto y él prefiere trabajar en cosas chicas, resguardando otras necesidades. Entonces, todo tiende a ser más pequeño. Los trabajos, las iniciativas de los emprendedores, las editoriales, el cine, y en consecuencias a futuro también lo serán las fortunas. Ojalá la TV digital volatice y multiplique los canales. Sería muy saludable.

-Tú en los 90 adelantaste el fenómeno de la farándula en Chile. ¿Te imaginaste que llegaría a ser tan predominante en nuestra cultura?
-Se ha vuelto una especie de cosa sin nombre. La telebasura es berlusconiana, nace en los 80 en Italia: apunta a una visión neofascista de la sociedad en cuanto a masa sin proyecto. No es otra cosa que la venganza de los iletrados como decía Guelbenzu. Intento no tomar contacto con esta realidad, para no deprimirme, pero cuando hablas de fomento de lectura y desarrollo cultural, sabes que hay una o dos generaciones de lectores perdidas. Antes, al menos la farándula tenía un sentido de fiesta. Cuando la fiesta se prolonga demasiado, se pone aburrida. Lo mismo con la borrachera; tomar un rato está bien pero si abusas te convierte en un borracho cargante. Mientras el mundo se cae (es cosa de ver documentales como Inside Job) acá estamos en Kramer…hay algo maníaco.

-¿Quién puede dar un grito de alerta y parar esto?
-No tengo la más menor idea. Recuerdo en los 90 cuando Allamand dijo que el mercado tenía que regular la cultura. A mí me acusaron de déspota ilustrado por hablar de televisión pública de calidad…y tenían razón: en este modelo es muy difícil ese espacio. No somos Francia ni Alemania. ¿Cómo se hace para manejar la mano invisible del mercado?, se pregunta Tony Judt en Algo va mal y dice: “Hay que ponerle un guante, no tiene por qué ser rojo”.

-¿Los intelectuales no deberían recuperar su rol social?
-Es que ahí hay que redefinir el rol del intelectual. ¿Qué rol puedes tener si al entrar en lo público te convierten en volátil estrella de un reality?

 

Lo que queda del NO

-¿Qué piensas del Marco Antonio del 88, que aparece en NO, la película, comparado con el de ahora?
-El 88 me recuerdo como alguien muy agitado, que intentaba usar todos los recursos para que las cosas cambiaran, mis columnas, la nueva narrativa (ver recuadro)… Una cosa agotadora. Me cansa acordarme.  Pero fue una época de pasión absoluta. Todos los que habíamos trabajado en publicidad estuvimos en la franja. Figurar era una manera de estar vivo, dar la cara para protegerse. Aparecíamos diciendo que No para cuidarnos.  No sabíamos lo que iba a pasar.

-Se le ha criticado a la película que los políticos aparezcan como bobos y los publicistas como iluminados.
-Es interesante seguir la crítica. El triunfo del capitalismo no entendido como salvaje, se basa en el deseo, la imaginación, la seducción; las ideas políticas, en cambio, tienden a ser inmóviles. Ese diálogo entre políticos y publicidad que hubo para el No, se perdió. Mi sensación mientras filmábamos la repetición del spot era que la ironía era total. La mirada de Peirano mientras conversábamos denunciaba algo que me sospecho es más melancólico. El No de antes era feroz, el de hoy es ingenuo. Hoy no sabemos a qué decirle NO.

-Pablo Larraín, el director, ha dicho que los espectadores jóvenes se ríen al ver a Pinochet. ¿Cómo interpretar esa risa?
-Hay un deseo de fugarse de esa realidad pasada. Es tan pesado el mensaje de la figura de Pinochet. Es el tío que no quisiéramos tener, parte de nuestro lado siniestro y oscuro. Hay dos maneras de negarlo. Colocarlo como un fenómeno ajeno que no tiene nada que ver con uno y el otro reírse para desconectarse. Todos fuimos pinochetistas en cuanto sobrevivimos a Pinochet.

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-Hoy día, todos tienen algo malo que decir sobre la transición. ¿Cuál es tu mirada al respecto?
-Todavía vivimos un clima de eufemismos, de entredichos. La transición chilena se convirtió en una escena no resuelta. Hace un tiempo alguien me dijo que la transición chilena era una obra de teatro donde los personajes no salen nunca, desde hace 20 años. No se van. ¿La pregunta es quién entra en escena ahora?

-Hay gente nueva…
-Pero ahí tienes a Camila Vallejo, cuando aparece con el PC detrás: es una escena antigua, que ya vimos en los 60. Los discursos parecen todos añejos: educación gratuita, universidad para todos. No hay nada que se conecte con el dolor de lo que significa ser un habitante del siglo XXI. Los 60 fueron excitantes, pero no aportadores. Excelente rock and roll y literatura, pero no funciona. ¿Quiénes realmente serán los líderes, qué ideas hay dando vueltas que sean interesantes?

-La política aparece muy desacreditada en las encuestas. ¿De quién es la culpa?
-La política está dañada no por los políticos. Es por este reality que todo lo erosiona y no permite pararse con proyectos e ideas. A esto se suma una crisis de representación aguda. Yo que vengo de los 60, de una tradición cívica, de repente me sorprendo pensando: ¿para qué voy a votar?

-¿Un gobierno de derecha se acomoda bien a este modelo de reality?
-El reality se iba acomodar a cualquier gobierno… este gobierno es de derecha a ratos y liberal, bien poco. Nunca había sido tan regulada la vida diaria, desde el alcohol a las costumbres. Hay leyes para todo. Es curioso como todo lo que han aprendido de las empresas no lo han aplicado a nivel país. Llevan gente del mundo privado a lo público y se comportan de la manera más primitiva. Los primeros en darse cuenta de que el capitalismo salvaje no funciona, que trata mal a la gente, han sido las empresas privadas, que han desarrollado capacidades blandas, han descubierto que el autoritarismo debe ser reemplazado por el liderazgo. Mientras más transparente e invisible ese liderazgo, mejor.

-¿En medio de este panorama anti ideas, por qué Bachelet y Golborne?
-Michelle Bachelet es una figura romántica. Golborne es rarísimo, una especie de superhéroe. Ambas son fantasías heroicas de recuerdos nostálgicos. Hay una evasión en ellos. No hablan, no dan entrevistas, no publican libros…y entonces uno dice ¿qué es esto?

-¿Una vez que estas figuras entren a escena puede haber una gran decepción?
-Sin duda. Es muy difícil ser líder en estas condiciones. Se requiere una comprensión del momento en que vivimos mucho mayor que el reclamo. Una de las cosas que me sacaron de circulación fue que protestar se volvía tan fácil.

-Un ejercicio ególatra: ¿quiénes son tus herederos, los de la Parra chicos?
-No sé, me cuesta verlo… Leo Rodrigo Baños de la revista de Sociología de la Chile. El me saca carcajadas. Ahora cuesta encontrar gente con el talento de estar en esa zona entre lo masivo y lo profundo. Rafael Gumucio tiene momentos de mucha lucidez y luego se pone a trabajar de pesado y francotirador. Uno tiene que fascinar también, entregar pasión al lector, y me voy a poner cursi: una pasión por proponer un país nuevo e interesante. •••

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Literatura Chilena: Del glamour a lo indie

-Obviando las  peleas literarias que surgen en torno a la real calidad y herencia de la nueva narrativa, ¿cómo se explica este fenómeno literario en los 90?
-Tenía una cosa glamourosa que en algunos casos fue acompañada de calidad literaria. La nueva narrativa tuvo que ver con cierto glamour de la transición. Necesitábamos una cultura de que nos dijera que estábamos vivos y esto se fue diluyendo en la agonía del lector que se hizo cada vez más esquivo. Hay un comentario de alguien que me hizo gracia que decía “es que muchos de los escritores eran tan guapos, como galanes”.

-La nueva narrativa sucumbe y surge la figura de Bolaño, que no quiso saber nada de los escritores chilenos de esa época.
-La nueva narrativa se fulminó cuando los chicos guapos envejecieron… Y Bolaño ya estaba en el siglo XXI. Lo que llamaba Brodsky a la Literatura del Futuro. Junto a Vilas Matas, Gombrowicz, cruzó el puente. Bolaño es extraordinario.

-¿Hoy dónde se encuentra lo extraordinario?
-Lo más interesante en literatura hoy está en el mundo indie. Editoriales pequeñas que apuntan a lectores apasionados y rescatan textos muertos, publican cuentos que las grandes desechan y sin embargo es un género vivo… Ahora estoy reeditando Cuerpos Prohibidos en Contracorriente. Los escritores están. Son jóvenes que han leído muchísimo. Me ha tocado hacer muchos talleres en Chile y afuera y siento que los escritores jóvenes hoy día son como zombis sobrevivientes del arrase de toda una cultura. Se me vienen a la cabeza muchos nombres potentes, acá, Juan Pablo Roncone por ejemplo.

-Escritores que si uno los saca en una mesa nadie sabe quiénes son.
-Ese no saber es una característica desesperante de estos tiempos. Pero hay que nombrarlos. Es como lanzar un mensaje en una botella en medio de un naufragio. Alguien la va recoger.