Dónde estamos hoy Llevamos ya unos 30 años de progreso sólido y sostenido, habiéndonos transformado en un ejemplo mundial de esfuerzo y logros concretos y observables. En esta gran saga de la historia reciente, han participado el gobierno militar, dos gobiernos socialistas, dos DC y uno de la Alianza. Los resultados son elocuentes para […]

  • 8 agosto, 2013

 

Dónde estamos hoy

Llevamos ya unos 30 años de progreso sólido y sostenido, habiéndonos transformado en un ejemplo mundial de esfuerzo y logros concretos y observables. En esta gran saga de la historia reciente, han participado el gobierno militar, dos gobiernos socialistas, dos DC y uno de la Alianza. Los resultados son elocuentes para Chile: ya no tenemos analfabetismo, prácticamente no hay desnutrición infantil, la pobreza está en franca retirada, hay casi absoluta cobertura de agua potable y alcantarillado, tasas de mortalidad infantil de país desarrollado; 1,2 millones de estudiantes en educación terciaria, un sistema de salud pública con atención garantizada para una gran cantidad de patologías, gran infraestructura de carreteras, telecomunicaciones y puertos; banca sólida, instituciones ordenadas, democracia estable; un acceso al consumo de bienes durables extraordinario, poca deuda externa, poca inflación, alto empleo, y tantas otras cosas que nunca tuvimos.

¿Vivimos acaso en un país perfecto?

Claro que no, no existen ni personas ni países perfectos. Tenemos muchos problemas y falencias como los tienen todos los países del mundo. Enfrentamos, entre otros, problemas de delincuencia y seguridad, problemas de desigualdad aguda y concentración de poder económico, político y religioso.  Tenemos serios déficits ambientales, indefiniciones en energía, grandes falencias en investigación científica y tecnológica, así como deficiencias en la descentralización del país. Hay un aparato público que debe modernizarse. No obstante todo lo anterior, la gran mayoría de los chilenos de hoy vive mejor que como vivían sus padres, que es el primer punto de referencia.

La pregunta no es si queremos solucionar o no los problemas nacionales. La respuesta es obvia. La pregunta real es más bien cuáles son las soluciones concretas, deseables y factibles que nos acomodan. Es el bendito cómo. Quién puede dudar que queremos un gran sistema de transporte público, pero el Transantiago no fue la solución, se quedó en las intenciones, en el “hay que” y así quedamos peor de lo que partimos. Ésa es una característica recurrente de la izquierda; grandilocuentes propuestas llenas de buenas intenciones  pero que no saben implementar o simplemente no funcionan. Es tan fácil hablar de calidad de educación como objetivo –indiscutido– pero es muy difícil definir qué es esa calidad y cómo se logra, que es donde falla Bachelet.

¿A dónde ir?

Si seguimos con el camino de desarrollo de los últimos 30 años, con los ajustes obvios que se requieren, con total certeza erradicaremos la pobreza, los campamentos, mejoraremos aún más las jubilaciones, la educación, etc. Si en cambio buscamos un cambio abrupto, revolucionario y drástico, lo más probable es que terminemos mal, como pasa en Argentina, Venezuela, Bolivia y otros ejemplos del mundo. El Chavismo no es la solución, sino la perdición de los países. Insisto, no es un problema de intenciones, es de soluciones concretas y detalladas, que es justo la antítesis de lo que hasta aquí propone Bachelet.

Matthei, en cambio, es la antítesis. Posee gran experiencia pública, tiene opiniones claras, dice siempre lo que piensa, fundamenta los temas, enfrenta los problemas y a los medios, sabe dirigir, tiene alta capacidad de gestión, y a veces hasta garabatea un poco, pero con estilo. Mientras que Bachelet cree sólo en el asistencialismo estatal y desconfía de los emprendedores, Matthei cree en el esfuerzo, la responsabilidad, la autodisciplina, la innovación, la tolerancia. Mientras Bachelet sólo mira hacia atrás y se refugia en ideas fracasadas del siglo pasado, Matthei mira al futuro, y busca las nuevas ideas del siglo XXI.

Bachelet se movió abruptamente hacia la izquierda más dura y se asoció con el PC, claramente a costa de las posiciones moderadas de la DC. Justamente por ello no tiene cómo moverse hacia el centro. Matthei se mueve sistemáticamente al centro liberal, abierto, respetuoso de las otras posturas, y proponiendo los grandes acuerdos.

Jugándose el futuro

Entonces uno se pregunta qué es lo que puede mover a un país a apostar todos los logros generados en 30 años consecutivos a una ruleta de incertidumbre, de promesas y soluciones aparentemente fáciles. Es tan absurdo lo que pasa, que realmente cuesta entenderlo. Seguir la lógica de los estudiantes, es decir, de quienes están recién aprendiendo sobre la vida y la sociedad, y creer que si los colegios dependieran del Ministerio de Educación en vez de las municipalidades mejorarán, es simplemente iluso o miope. Pensar que el cambio del binominal por sí mismo mejorará la calidad de nuestros políticos es otra ilusión sin fundamento alguno. Creer que un severo aumento de los impuestos mejorará la situación social del país por sí misma, es otra falacia.

Para ambas candidatas, a mi juicio, los temas reales de nuestro país son el cómo mantener un fuerte dinamismo en el crecimiento y el empleo, la tan postergada descentralización, la energía que se vuelve un tema agudo, la definición concreta de qué es realmente la calidad de educación en el siglo XXI, el envejecimiento de la población, la delincuencia, la congestión y contaminación de las grandes ciudades, el transporte público, las nuevas necesidades de infraestructura digital, la modernización del mercado de capitales para el estímulo de empresas emergentes, el control de las distintas formas de concentración del poder (económico, político, religioso), la verdadera modernización del Estado, la mayor autonomía de las superintendencias, las nuevas relaciones necesarias entre lo público y lo privado,  y otros de esa naturaleza que realmente mejoran la calidad de vida de las personas y engendran desarrollo. Estos temas, sin embargo, tienen un alto contenido técnico que no atrae a las masas y de ahí la necesaria responsabilidad ausente de nuestra clase política. La calle sabe protestar, pero no sabe gobernar.

Epílogo

La confrontación Matthei-Bachelet mostrará dos avenidas posibles para el país. Una, claramente emocional y voluntarista, mira el futuro por el retrovisor; la otra, propone seguir mejorando y avanzando en forma sólida y segura. Puestas así las opciones, parece difícil entender por qué la población podría apostar por la ruleta versus el empleo y la constancia. En fin, necesitamos líderes que sepan manejar, no líderes que son manejados.•••