• 2 noviembre, 2007

De la familia y del trabajo debemos preocuparnos. Son los temas centrales desde los cuales se articula una vida bien o mal lograda. La familia y el trabajo tienen que ver con nuestra condición de seres humanos. Sólo el hombre ama y trabaja, desea tener una familia y cuidarla por medio de su trabajo.

No son aspectos de nuestras vidas que vivamos de manera pacífica. Son un bien y una prioridad, pero toda la cultura en la que estamos inmersos no los cuida, sino más bien tiende, en la práctica, a desvalorizarlos. Para la sociedad ambos aspectos revisten una importancia fundamental. Primero, porque la familia constituye el fundamento de la sociedad. Soy un convencido de que el futuro de la humanidad se fragua en la familia y constituye la base de una sociedad y una cultura auténticamente humana. Segundo, porque la riqueza de las personas y de los pueblos está directamente relacionada con el trabajo, con su calidad y también con su cantidad.

La familia es el lugar insustituible para educar a los hijos, y para internalizar los valores morales que van conformando la cultura. Es la familia la que inicia a los niños y adolescentes en la vida social. El papel de los padres en la educación es insustituible y un derecho y un deber primordial e inalienable. Quienes abdican de ello faltan gravemente a sus labores. La familia no es una construcción social que varía de acuerdo a la cultura o que puede quedar al arbitrio de las leyes.

Dada la importancia de la familia, es tarea de todos fortalecerla a través de leyes adecuadas y de políticas públicas que la promuevan de tal forma de generar en la conciencia de las personas la convicción de que es un valor inestimable, fuente de auténtica felicidad y fundamento de un mundo mejor. Quienes fueron parte de la aprobación de una ley de matrimonio con disolución de vínculo le hicieron un triste favor a la familia y a la sociedad. En relación al trabajo, es un elemento clave en la resolución de los grandes problemas sociales que aquejan al mundo de hoy. El trabajo es, cada vez más, el principal recurso que tiene el hombre. En efecto, si en otro tiempo fue la tierra, el capital y los medios de producción, hoy lo es el mismo hombre y sus conocimientos.

El trabajo no es un elemento exógeno al hombre sino una de las dimensiones fundamentales de su existencia. El trabajo está llamado a ser fuente de desarrollo personal; es decir, una instancia privilegiada para crecer en humanidad y hacer crecer a la sociedad con su cultura y los valores que la animan. El trabajo es una posibilidad privilegiada para lograr una mayor perfección como persona y no sólo para tener más. Una excesiva fijación en el lucro puede opacar el valor maravilloso que tiene el trabajo en sí mismo y convertirlo en una mera mercancía que se transa en el mercado. Eso es desvirtuar el trabajo, su valor personal y su valor social. Una concepción del trabajo de esta índole signifi ca poner la atención en lo que se hace y la remuneración inherente a ella, y no en quien lo hace, una persona, y olvidar que la fi nalidad última del trabajo es la persona.

En relación al aspecto social del trabajo, está claro que es una manera privilegiada para servir a los demás e integrarse a la vida social. Todos ven la bondad de la familia y del trabajo y reconocen que son dos pilares en los que se apoya el edifi cio social. Sin embargo, el tiempo que exige cada una de estas dimensiones demanda más allá de las propias fuerzas. Para muchos son fuente de agobio y no de alegría, e inevitablemente se termina privilegiando una dimensión en desmedro de la otra. La resolución de esta ecuación es especialmente confl ictiva en el caso de las mujeres. Ellas están exigidas en su propia familia en virtud de las exigencias económicas que implica llevarla adelante. Saben que el futuro de sus hijos depende de la educación y no escatiman esfuerzos por llevar a sus hijos los mejores colegios, los que hay que pagar. Hoy impera una competitividad a nivel social que muchas veces obliga a sobrecargarse de trabajo para poder cumplir con expectativas materiales vinculadas más al placer que a las necesidades reales de las personas, como son las afectivas y las de orden espiritual.

La competencia es feroz y sobrevivir no es fácil. Ello implica largas jornadas de trabajo y, en muchos casos, a no asumir mujeres que se encuentran en edad fértil por el costo que le significa a la empresa su posible maternidad. Esto constituye una grave amenaza para la sociedad.

Algo ha pasado: por un lado los altos niveles de efi ciencia de los sistemas productivos han logrado que las personas tengan acceso a bienes y servicios hasta hace poco muy restringidos, pero por otro lado los tiempos con la familia se han ido pauperizando. Ello nos debe hacer pensar si el concepto de desarrollo imperante está demasiado centrado en lo económico y que nos debiésemos abrir a uno más centrado en las personas.