No es común ver la bandera de Inglaterra –blanca con una cruz roja atravesada- desplegada en las calles de Londres. Sí es común observar en todas partes la Union Jack –la mítica pop azul cruzada de rojo y blanco- que representa a toda la isla británica. Por estos días se juega el Mundial de Rugby en Nueva Zelanda y, como en toda competencia deportiva de envergadura, las naciones que componen la Gran Bretaña corren con colores propios. Los pubs ingleses exhiben la enseña inglesa, los escoceses la escocesa y los galeses, la galesa.

  • 22 septiembre, 2011

No es común ver la bandera de Inglaterra –blanca con una cruz roja atravesada- desplegada en las calles de Londres. Sí es común observar en todas partes la Union Jack –la mítica pop azul cruzada de rojo y blanco- que representa a toda la isla británica. Por estos días se juega el Mundial de Rugby en Nueva Zelanda y, como en toda competencia deportiva de envergadura, las naciones que componen la Gran Bretaña corren con colores propios. Los pubs ingleses exhiben la enseña inglesa, los escoceses la escocesa y los galeses, la galesa.

Por Cristóbal Bellolio / Desde Londres

No es común ver la bandera de Inglaterra –blanca con una cruz roja atravesada- desplegada en las calles de Londres. Sí es común observar en todas partes la Union Jack –la mítica pop azul cruzada de rojo y blanco- que representa a toda la isla británica. Por estos días se juega el Mundial de Rugby en Nueva Zelanda y, como en toda competencia deportiva de envergadura, las naciones que componen la Gran Bretaña corren con colores propios. Los pubs ingleses exhiben la enseña inglesa, los escoceses la escocesa y los galeses, la galesa.

Sin embargo, cuando no se trata de fútbol, rugby o cricket, flamear la bandera con la cruz de San Jorge no es un detalle decoroso. Es incluso mal visto. Recuerda tiempos en los cuales en nombre de esa bandera se organizó todo el movimiento nacionalista xenófobo de ultra derecha que atemorizaba a los inmigrantes y dejaba tras de sí una estela de violencia y exaltación política. Probablemente, el mejor retrato del período esté en la película This is England, del director Shane Meadows. Hace algunas semanas la temida English Defense League (EDL) marchó por la calles del sur de Londres para recordar a sus compatriotas que no ha abandonado el objetivo de “purificar” el suelo inglés. Como era de esperarse, la cruz de San Jorge fue protagonista.

Grupos anti-EDL se dieron cita para rechazar la convocatoria. Alegaron tener conocimiento de los vínculos entre la extrema derecha inglesa y el asesino que acaba de terminar con la vida de 76 personas en una isla noruega. En efecto, Anders Behring Breivik era un entusiasta admirador de la EDL. A su vez, los nacionalistas ingleses han utilizado todo tipo de eufemismos para evitar una condena directa a la masacre. Muchos rescatan el “espíritu de la cruzada anti-musulmana” de Breivik.

Se lo firmo: si mañana despierta el debate sobre la creación de un parlamento sudamericano o de unificación monetaria, los chilenos seremos los primeros en poner cara de asco.

Si bien ese sentimiento radical está muy focalizado y es absolutamente minoritario, existe otro sentimiento nacional más extendido que no involucra odiosidad frente a lo extranjero, sino que se manifiesta a través de una actitud pragmática de aislacionismo. La mentalidad de isla no desapareció con la globalización. Hoy los conservadores británicos se congratulan por su consistente euroescepticismo. Mientras la moneda común del continente se hunde poco a poco, en Londres la libra esterlina sigue firme. “Tuvimos razón”, parecen decir, “siempre tuvimos razón al decir que no”. Tanto así, que el actual gobierno está estudiando tomar medidas más profundas que lo distancien de Bruselas.

Los dos sentimientos nacionalistas reseñados no tienen relación. Mientras el primero es racista, discriminador y de guata, el segundo es estratégico, respetuoso y con mucha cabeza. El primero tiene por misión hacer de la vida de los ajenos un infierno, el segundo sólo busca asegurar mejores condiciones para los propios sin cargar con los costos de los demás. El primero se hace con la cruz de San Jorge, el segundo con la Union Jack.

Si los chilenos somos los ingleses de América latina, entonces nada de esto nos debe parecer muy extraño. No tenemos una invasión islámica en Santiago y nuestra xenofobia se limita más bien al racismo que hacemos sentir a todos aquellos ligados al mundo indígena del continente. Pero sí tenemos algo de esa mentalidad de isla, forjada en el encierro entre cordillera y mar. Se lo firmo: si mañana despierta el debate sobre la necesidad de mayor integración regional, o sobre la creación de un parlamento sudamericano o eventualmente de unificación monetaria, los chilenos seremos los primeros en poner cara de asco. Como los británicos, nos sentimos mejor solos que en pandilla. Además, porque al mateo del curso no le conviene hacerse cargo de las malas notas de otros. Se requiere cierto altruismo que no tenemos. Esto, sin mencionar que los proyectos políticos latinoamericanos son todavía muy disímiles, a diferencia de lo que ocurre en Europa, donde el camino está más o menos señalado.

Los laboristas británicos –generalmente entusiastas del proyecto de unificación europea– guardan silencio ahora que las cosas no están saliendo bien para el viejo continente. La derecha moderada de Cameron consolida su posición en esta materia. Como le ocurre a Sarkozy en Francia, tiene a su flanco a una derecha extrema de la cual distanciarse, pero cuya fuerza está lejos de constituir una amenaza electoral como la que representa la dinastía Le Pen. La EDL no es un actor político legitimado, más bien es una preocupación de orden público. El desafío de Cameron es encontrar el tono para empalmar con el independentismo histórico británico condenando, al mismo tiempo, la generación de focos radicales de xenofobia y fascismo que florecen cada cierto tiempo.