Poco duraron los anuncios del 21 de mayo al frente de la agenda política. El propio Piñera se encargó de colocar sobre la mesa la discusión sobre las uniones de personas del mismo sexo, generando una polémica que tiene mucho más de batalla pre presidencial que de cuestión de fondo.

  • 3 junio, 2011

Poco duraron los anuncios del 21 de mayo al frente de la agenda política. El propio Piñera se encargó de colocar sobre la mesa la discusión sobre las uniones de personas del mismo sexo, generando una polémica que tiene mucho más de batalla pre presidencial que de cuestión de fondo.

Poco duraron los anuncios del 21 de mayo al frente de la agenda política. El propio Piñera se encargó de colocar sobre la mesa la discusión sobre las uniones de personas del mismo sexo, generando una polémica que tiene mucho más de batalla pre presidencial que de cuestión de fondo. Por María José O’shea C.

Uno, sí. Pero ya dos años sin tocar el tema, era mucho. Si uno de los puntos más comentados de la campaña presidencial de Sebastián Piñera fue legislar sobre el reconocimiento de los derechos de personas homosexuales –y vaya que le rentó, al menos mediáticamente– estaba claro que el asunto, por voluntad propia o por presión, iba a reventar.

Y así fue. La discusión en torno a los derechos de las parejas gay tiene los nervios tomados de toda la derecha. Las famosas dos almas –liberales y conservadores– salieron a flote rapidito. Pero, como suele suceder en política, no es el fondo de la discusión lo que motiva tanto alboroto, sino lo que ésta esconde: la lucha interna por la candidatura presidencial y el rol del mandatario.

Cuentan en La Moneda que el asunto integraba la versión preliminar del discurso del 21 de mayo. Que Piñera diría ante el Congreso Pleno que era hora de abordar legislativamente el tema, pues había sido promesa de campaña. Pero dicen también que 24 horas antes los presidentes de la UDI y RN, Juan Antonio Coloma y Carlos Larraín –ambos, representantes del alma conservadora– subieron hasta las oficinas del mandatario y lo instaron a bajar el asunto de su discurso. Y Piñera cedió.

¿Debió abordar antes este debate, separado de su cuenta anual? ¿Seguir postergándolo? ¿Nombrarlo en el discurso e ignorar a los presidentes de partido? Argumentos hay para todos lados en La Moneda. Pero lo que vale hoy son los hechos: el presidente no dijo nada el 21 de mayo, pero sí lo hizo al día siguiente, pues sabía que le iban a pasar la cuenta. Anunció que en las “próximas semanas o meses” mandaría un proyecto sobre uniones de hecho. ¿Qué pasó? Si la agenda mediática ya ponía atención al tema, Piñera lo potenció. Y el resto del 21 de mayo –salvo las protestas– quedó prácticamente en el cajón (o sea, la crítica de la UDI al respecto apunta directo al propio presidente).

A eso se suma un episodio clave: los senadores UDI Andrés Chadwick y Pablo Longueira –supuestamente en acuerdo con Piñera– mandaron una reforma para que quede establecido en la Constitución que el matrimonio es entre un hombre y una mujer. Una movida que enturbió más los ánimos y que, por lo mismo, la retiraron. Aparentemente, la idea era promoverla más adelante, pero se anticiparon, mientras que el Tribunal Constitucional acogió a tramitación un requerimiento de una pareja homosexual que acusó discriminación por no poder casarse.

En fin. El encargado inicial de impulsar una propuesta post 21 de mayo fue el ministro secretario general de la Presidencia, Cristián Larroulet, de perfil más conservador en estas materias. Dicen, por lo mismo, que no se sentía cómodo llevando el pandero en esta materia, mientras otro integrante del gabinete abogaba por liderarlo.

¿Quién? El titular de Interior, Rodrigo Hinzpeter. Aunque no se sabe muy bien qué irá a salir –es probable que todo termine en una modificación a las normativas de herencia, previsión y salud– el asunto le permite ponerse el traje de la nueva derecha que lanzó hace unos meses en revista Capital. Puede mostrarse más moderno y hablarle a un electorado nuevo que tiene a los políticos afilándose los dientes: los 3 millones de jóvenes que entrarán el padrón electoral con la inscripción automática, la que ya se aprobó en el Senado. Pero es justo ahí donde se topa con el otro presidenciable: Andrés Allamand. El ministro de Defensa presentó como senador el Acuerdo de Vida Común, que tanto revolucionó a la derecha el año pasado. Y si entonces el texto –que establece un contrato entre las parejas de igual o distinto sexo– era considerado por los sectores más liberales como el desde, hoy, en vista de la pelotera entre las dos almas de la Alianza, ya es considerado como el hasta… Una suerte de pior es ná que tiene cuadrada al ala liberal de RN y a la Concertación. Y Allamand, calladito. Cosechando lo que sembró.

¿Y qué pasa con Golborne? Paradójicamente el mismo día en que el diputado José Antonio Kast –integrante del ala conservadora de la UDI– dice que su candidato presidencial es el biministro, Golborne da su señal: por Twitter, respaldó al escritor Pablo Simonetti –quien el domingo estuvo en la TV defendiendo los derechos igualitarios para ambos sexos– con un “ánimo amigo mío. Tu posición es valiente y clara. Las ofensas responden sólo a la frustración y falta de argumentos”.

Resumen: lo mismo de siempre. Error en la estrategia, falta de política. Un presidente que no se ha movido bien en este tema, tres ministros-presidenciables que compiten por ser la cara de esta nueva inclusión y los partidos abordando el problema con desconfianza, pues más que una preocupación genuina, notan que para más de uno hay una potente estrategia electoral detrás. Y la comunidad homosexual, enojada. Y la conservadora, también.