• 2 noviembre, 2007

Tanto el fenómeno del bacheletismo-aliancista, como la teoría del femicidio político, recuerdan aquello que nuestros abuelos siempre supieron más por viejos que diablos: que la política depende tanto de los hombres de Estado como el tiempo de los metereólogos. En simple, muy poco.

En la medida en que la política es oportunidad y circunstancia, una buena cuña dicha a tiempo y un metaforón grueso pero sonoro pueden eventualmente redituar mucho más que los proyectos de largo plazo o que las ideas sustantivas para gobernar el país. Cuando eso ocurre, la ciudadanía probablemente debería comenzar a preocuparse. Estas distorsiones a menudo ponen de relieve que el debate público se está desplazando de los temas sustantivos a las cuestiones anecdóticas. Pero como el desplazamiento ha sido gradual y venimos de años donde importaron sistemáticamente más las imágenes que las realizaciones, realizaciones, nadie ni siquiera se pone nervioso. Por el contrario, el traspaso de la frontera opositora por parte de Lavín y la tesis del femicidio presidencial son temas que pueden animar una sobremesa simpática entretenida.

Más que cualquier otra cosa, la experiencia del ex alcalde de Santiago pone de relieve lo difícil que es para un político calificar en el debate público y transformarse en interlocutor válido de temas de futuro. A pesar de todos los esfuerzos que hizo –desmarcándose del pinochetismo, jugándosela por los derechos humanos, levantando las banderas de la igualdad–Joaquín Lavín no lo consiguió en ningún momento mientras fue candidato presidencial en la última campaña. Tampoco lo lograría después, ya marcado por la fatalidad de llegar tercero, a pesar del descarnado mea culpa que hizo, cuando reconoció que la derecha bien pudo haber hecho más en los tiempos del régimen militar para evitar los abusos y atrocidades que se cometieron en materia de derechos humanos. Nada: siguió siendo un actor secundario. Bastó sin embargo que ahora la presidenta lo invitara a incorporarse a la Comisión de la Equidad, en la cual por lo demás tiene títulos de sobra para intervenir, porque siempre ha sido un político sensible a los temas de la desigualdad y la exclusión, para que pasara a ser percibido en otros términos.

No sólo eso: luego de una entrevista en televisión con la periodista Constanza Santa María, quedó convertido en el primer bacheletista-aliancista del país –Pablo Longueira sería el segundo y el alcalde Gonzalo Cornejo, el tercero– y de ahí en adelante Lavín, transformado por La Moneda en mediador de su agenda antidelincuencia ante los parlamentarios de la Alianza, volvió a instalarse en el área grande de la política. En una de ésas, la UDI a lo mejor sin buscarlo ya tiene candidato presidencial y Lavín, que era una figura más bien del pasado –el único político de centroderecha que ha estado efectivamente cerca de la presidencia de la República en los últimos 50 años– vuelve a tener su oportunidad. Por primera vez, además, es percibido más al centro que el propio Sebastián Piñera.

El tema da para mucho. ¿Por qué un actor político que se mantenía –hay que reconocerlo– en el área del respeto pero al borde de la irrelevancia logra califi car de nuevo? ¿Es sólo porque el gobierno, con el obvio propósito de dividir a la derecha (cosa que a la derecha por lo demás no le cuesta demasiado) lo inviste como interlocutor? ¿Es tan simple la cosa? ¿Por qué si, según La Tercera, pocos dan crédito al bacheletismo de Lavín, la apertura al gobierno que él está planteando interpreta a más del 70% de los encuestados? La imagen del femicidio no es exactamente un hecho político nuevo. Pero es la música que requería el libreto de una presidenta que se siente victimizada por su condición de mujer a raíz de los ataques de la oposición y de los ninguneos del mundo concertacionista.

Que esta sea la razón por la cual su gobierno no despega 20 meses después de haber llegado al poder –y no sus propias confusiones de agenda o en su resuelta falta de imaginación para reaccionar a los desafíos sociales y modernizadores que tiene el país– es improbable, pero en política no hay absurdos y la hipótesis será exitosa en la medida en que la ciudadanía se la compre.

Lo que hay detrás de estos movimientos no son grandes convicciones ni inteligencias especialmente profundas o visionarias. Pero hay astucia, entendida como agudeza para lograr determinados objetivos ya sea tendiendo o evitando trampas. La pregunta que cualquiera se hace, obviamente, es de qué objetivos estamos hablando en estos casos.