• 16 noviembre, 2007

En la ingeniería política, ciencia en declinación pero no por eso menos fascinante, hay relativo consenso en que el próximo abanderado tiene que salir de la DC. Lo dicen, cómo no, sus parlamentarios y sus próceres; lo dice don Patricio y por supuesto también la dirigencia del partido, pensando que Soledad Alvear ahora está rankeando en las encuestas bastante mejor que el 2004 y 2005, cuando la popularidad apabullante de Michelle Bachelet la dejó fuera de combate aun antes de la celebración de las primarias concertacionistas.
Como el género, que era una ventaja para Michelle Bachelet, es ahora es un serio problema para Soledad Alvear, dada la improbabilidad que los chilenos elijan una presidenta dos veces seguidas, el nombre de Eduardo Frei, más que ser un as bajo la manga, es ciertamente una opción atendible. Los años han venido a demostrar que el presidente Frei hizo un gobierno bastante mejor de lo que la clase política y los medios, los empresarios y la opinión pública toda creyeron en el peak de su embriaguez con el gobierno del presidente Lagos. El presidente del Senado, además, no está especialmente contaminado –en la DC nadie puede estar inmune por completo– por las peleas chicas y pugnas internas entre alvearistas y colorines y en los últimos años ha tenido un desempeño que combina un hidalgo respaldo al gobierno de la presidenta Bachelet (aunque ella lo rechace al momento de bailar cueca en las fiestas patrias) con la dignidad de encabezar con cierta altura y “visión de país”, como le gusta decir a él, la cámara alta, que a su partido, dicho sea de paso, le gustaría suprimir porque ahora prefiere un parlamento unicameral.
¿Tiene el nombre de Frei suficiente piso en la Concertación para convertirse en el hombre para el 2010? Bueno, la ingeniería política dice que sí. Dice que es la figura que mejor podría volver a aglutinar al partido. Dice que durante su gobierno el presidente tendió puentes de entendimiento profundo con destacados personeros del autodenominado mundo progresista. Se rumorea que su relación con José Miguel Insulza es de tal cercanía que el solo hecho de ir Frei a la pelea por la nominación disuadiría al actual secretario general de la OEA de cualquier aventura o tentación presidencial, convenciéndolo de lo agradable que puede ser seguir viviendo en Washington. A estas especulaciones, el sentido común podría agregar otra variable que no es menor: Frei tal vez podría hacer un segundo gobierno muy superior al primero, porque ganó experiencia y en su fuero interno sabe que los dos últimos años de su gestión fueron gravados muy negativamente por una conducción macroeconómica entre miope (nunca advirtió la intensidad de la crisis asiática) e irresponsable (nunca moderó el gasto público), que hizo recaer sobre el sector privado todo el peso del ajuste recesivo, con enormes costos sobre la actividad y el empleo que persistieron por espacio de largos años.
Sí, Frei tiene títulos para ser el candidato. El problema es que en función de lo que dicen los sondeos no tiene votos y eso, en una democracia, no es una cuestión menor. Se dirá que esto es reversible, como lo creía Longueira cuando aparecía con monstruosos niveles de rechazo en los estudios de opinión, y que el hecho en parte es culpa de la propia Concertación, que mucho antes que terminara su gobierno y durante buena parte de la administración Lagos se dedicó a ningunear a Frei con abierta deslealtad. Quizás sea así. La pregunta de rigor es si acaso el daño ya no está hecho. Es sabido que cuando el ex mandatario intentó posicionarse entre los precandidatos presidenciales el 2004 le fue pésimo y sus pretensiones incluso pasaron a ser motivo de escarnio.
Desde que la política chilena se ha vuelto mucho menos fáctica de lo que fue en el pasado, desde que difícilmente se puede lograr una nominación presidencial sin antes califi car de manera razonable en las encuestas, desde que el apoyo de las cúpulas de una coalición no garantiza por sí solo arrastre popular, la ingeniería política, que tuvo una gravitación importante en la nominación de Aylwin, Frei y Lagos, está en difi cultades. Son muchos en la Concertación los que, en función de la experiencia del actual gobierno, toman ahora muy en serio los peligros de dejar esta decisión sólo a las encuestas. Pero quizás sigan siendo más los que dentro de la coalición saben que tampoco una determinación tan importante como el candidato puede ser tomada contra las encuestas.
En ese contexto, Ricardo Lagos se cuida, aguarda, manda cartas en vez de comparecer y prefiere no exponerse demasiado. Su imagen estará algo lastimada y la derecha va a continuar dándole duro. Pero siente que tiene la mejor opción. Y en eso, sin ser ingeniero, probablemente no se equivoca.