• 19 octubre, 2007

Más por estar muy desgastado que porque la presidenta se sienta incómoda con su actual equipo de colaboradores, la cátedra espera ajustes de aquí a fin de año o a más tardar en marzo. Dos factores, entre otros, complican los cambios: la heterogénea naturaleza de los cargos ministeriales en Chile y la falta de una agenda atrevida de gobierno.
Tal como la psicología ha estudiado en profundidad las relaciones entre cónyuges o entre padres e hijos, alguien debería analizar en profundidad el tipo de vínculo que establecen los presidentes con sus ministros. El estudio podría ser muy clarificador en un sistema institucional poco diáfano como el nuestro. Aquí, donde los ministros supuestamente llegan a sus cargos por decisión privativa del jefe de Estado, no es para nada excepcional que éste deba someterse a nombres impuestos por los partidos. Y mejor ni hablar del factor confianza porque, si bien en teoría los ministros se mantienen en sus puestos mientras cuenten con el favor y la simpatía presidencial, lo cierto es que pocos modelos dejan tanto espacio como el chileno a los climas de vacío, sospecha u hostilidad dentro del gabinete. No deja que ser sintomático que durante el gobierno militar, cuando la tradición presidencialista llegó a su más resuelta hipertrofia, Pinochet se haya apoyado en su gestión gubernativa en una casa militar que replicaba en la sombra el perfil y ámbito de competencia de cada uno de los ministerios. Los ministros contaban con la confianza suya, desde luego.
Pero ni tanta y, desconfiado como él era, prefería que desde una cierta nebulosa institucional algún aparato de observación y chequeo los estuviera controlando. Probablemente así dormía más tranquilo.
Ni tanta también es la confianza que la presidenta Bachelet ha entregado a los dos gabinetes que ya lleva su gobierno. En estricto rigor, las mismas dificultades que ha tenido su administración para fijar una agenda o una hoja de ruta convincente las ha tenido para constituir equipos articulados. El gabinete que encabezó Andrés Zaldívar marcó en su momento extremos difíciles de igualar en términos de inoperancia y confusión y como el desempeño del que ahora tiene a Belisario Velasco en Interior tampoco es mucho mejor, muchos creen que el problema, más que en los ministros, está en la propia presidenta y en los parámetros o modelos que fi ja para relacionarse.
En cualquier caso, algo parecieran echarle al agua en La Moneda puesto que basta que a un personero lo pongan en un sillón ministerial para que en muy poco tiempo, casi en nada, pierda su capacidad para mirar con alguna distancia o ironía el desempeño del gobierno y el suyo propio. A veces el asunto es peor y, si acaso se han sentido muy seguros de sí durante su gestión, se creen llamados a cumplir después destinos superiores de la patria. En esto hasta ahora el actual gobierno está completamente libre de culpas y al día de hoy en rigor ninguno de sus ministros es más de lo que era políticamente cuando llegó.
A fines de los 70, Eduardo Frei Moltalva, en una de sus críticas más inspiradas al régimen de Pinochet, decía que muchas de las designaciones ministeriales de la época ponían en vitrina la tontera de personajes a los cuales sus limitaciones como ciudadanos de a pie se les notaba menos o era una cuestión irrelevante o inofensiva.
El problema, decía, era que los nombraran ministros. Sin embargo, a lo mejor tampoco se necesita un CI de rangos excepcionales para desempeñar estas funciones. Sí se requiere mucho sentido común y tener por lo menos dos cosas muy claras: saber lo que hay que hacer y conocer bien el terreno que se pisa. En lo primero –qué duda puede caber– la experiencia y capacidad del ministro son insumos que ayudan; en lo segundo, las señales que reciba de palacio por cierto le ahorrarán muchos pasos en falso y acotarán su cristiano derecho a desafinar.
Desde luego el cuadro se complica bastante cuando la preparación de los secretarios de Estado es hasta por ahí no más y cuando, como está ocurriendo ahora, la presidenta entrega señales erráticas. Errático es entre otras cosas no dirimir oportunamente cuando hay posiciones encontradas, designar a un cojo para el ministerio de danza y trasladar al gobierno leyes que ni siquiera califican en el ámbito de las relaciones privadas entre gente civilizada: la ley del hielo, la ley del talión, la ley del desprecio, la ley del empate…
Aun cuando para los presidentes más desconfiados la deslealtad es por lejos el factor que más los crispa y la lealtad, por amplia distancia, el atributo que más aprecian en sus colaboradores, en Chile se cuentan con los dedos de la mano los casos de rebelión en el gabinete.
Probablemente la última fue la de Ricardo Lagos cuando, como ministro de Obras Públicas y básicamente para proteger su propia popularidad, tensó sus relaciones con el presidente Frei al negarse a firmar el decreto para construir la cárcel donde iba a quedar recluido el general Contreras. La historia más bien proporciona bastante masa crítica a la inversa. Los ministros son capaces de llegar a la obsecuencia con mucha facilidad y a Pinochet era habitual que le siguieran besando las manos incluso los ministros que habían salido en forma artera o poco elegante de su gobierno. Esa costumbre permanece. Andrés Zaldívar, sin ir más lejos, estuvo más de un año mascando a solas su humillación antes de atreverse a confesarla con mucho pudor a la prensa en una entrevista.
En una sagaz observación sobre estos temas, Maquiavelo plantea en El Príncipe que “hay tres especies de cerebros”. Los que entienden por sí mismos, los que son capaces de discernir lo que otros entienden y, en último lugar, los cerebros que no entienden ni por sí mismos ni por otros. “Los primeros –escribe– son excelentísimos, los segundos excelentes y los terceros inútiles”. En la arquitectura de gobierno que recomienda a Lorenzo de Médicis, no es necesario que el príncipe entienda de todos los asuntos del Estado. Basta con que posea el suficiente juicio para reconocer “las buenas y malas obras del ministro”, exaltando aquéllas y corrigiendo éstas. Maquiavelo le entrega al príncipe una fórmula que según él nunca falla para discernir quiénes son buenos ministros y quiénes no. Dice que cuando el ministro piensa más en sí mismo que en el príncipe, lo mejor es no fiarse de él. Y dice también que el soberano, para conservar a un buen ministro, debe a su turno pensar en él, “honrándolo, enriqueciéndolo, atrayéndoselo por el reconocimiento y participándole honores y cargos, a fin de que se vea que no puede estar sin él”. Todo eso, claro, en términos tales que los numerosos honores no le hagan desear más honores, las abundantes riquezas no le hagan desear más riquezas y los importantes cargos no le hagan temer los cambios.
Cuando ya se vuelve a hablar de cambio de gabinete y por mucho que Michelle Bachelet haya terminado pasando por alto las mejores oportunidades de su administración, no está mal repasar esas lecciones.
A estas alturas el gobierno ya se jugó las cartas que tenía y ahora le quedan por delante dos años electorales en los que difícilmente recuperará la iniciativa. El problema es que todavía le aguarda más de la mitad de su mandato y algo hay que hacer. Una cosa es el tiempo perdido y otra es cómo llenar el que resta. El dilema de fondo, en todo caso, no puede plantearse solo en términos de mantener el gabinete o incorporar caras nuevas. Si algo enseña la experiencia de estos 18 meses de gobierno es que aquí falta una agenda a la altura de los desafíos del momento y un liderazgo empeñado en llevarla a cabo. Mientras eso no se dé, el ajuste será cosmético.