• 30 noviembre, 2007

Una política destituida de contenidos emocionales importantes nunca podrá llegar muy lejos.

Precisamente porque por lo general los dilemas de la política poco tienen que ver con el mundo de las emociones, es cuando menos curioso que una política destituida de contenidos emocionales importantes nunca podrá llegar muy lejos. Porque tarde o temprano se volverá aburrida y fastidiosa. En esto, como en todo, hay equilibrios que preservar. Es verdad que las puras emociones han conducido en la historia a populismos nefastos e incluso a regímenes totalitarios. Pero la asepsia emocional absoluta tampoco es sana, puesto que genera distancia y lejanía. De hecho, tales son las sensaciones predominantes en la ciudadanía al tratar de entender nuestra escena política y eso es lo que en gran parte están reflejando los declinantes niveles de aprobación en las últimas encuestas tanto la Concertación como la Alianza.
El problema es que hace ya mucho rato que el debate nacional dejó de involucrar emociones duraderas y profundas. Incluso el gobierno que con mayor legitimidad apeló a ellas –el de Aylwin, el primero de la restauración democrática– lo hizo en un espacio muy acotado y con marcado acento pragmático, que es, si se quiere, todo lo contrario de la dimensión épica de la política. Aylwin no fue un presidente que instara a soñar y a convertir los sueños mayoritarios del país en políticas de Estado. Por la inversa, dado los precarios equilibrios bajo los cuales tuvo que gobernar, fue un mandatario más bien cauteloso, que ciertamente se la jugó por sus proyectos y convicciones, pero únicamente en “la medida de lo posible”, como explicaría él mismo en una respuesta que se volvió histórica.
Los dos gobiernos siguientes fueron emocionalmente mucho más débiles todavía. El libreto modernizador en que se inspiró el presidente Frei nunca pudo traducirse en verdades sencillas que comprometieran a la mayoría de la población con esa suerte de gesta que su administración libró en los ámbitos del crecimiento económico y el consumo. Ricardo Lagos, por su parte, no obstante ser un presidente que habló mucho más que cualquiera de sus predecesores de igualdad de oportunidades, hizo un gobierno que, con su insensibilidad a la educación y su continua interlocución con los grandes empresarios, en concreto contribuyó muy poco a acortar las brechas. Es cierto que durante su gestión el país se abrió a cambios culturales que todavía están en curso y que él sintonizó muy bien con estas transformaciones, pero lo que el presidente en realidad priorizó en su gestión fueron temas como la autoridad presidencial, la reivindicación de los viejos ideales republicanos de tolerancia y gobierno de la ley y los tratados comerciales con el resto del mundo. ¿Emociones? Sí, algunas, pero de alcance estrictamente cívico. Sólo eso: suficientes a lo mejor para que Lagos saliera de La Moneda reconocido como un gran estadista, insuficientes sin embargo para movilizar a la sociedad chilena en dirección a nuevas fronteras para la acción política.
Cuando parecía que con la presidenta Bachelet el país volvía a reinstalar la emoción colectiva en el eje mismo de la política –no sólo por ser la primera mujer presidente, sino también por haber llegado al poder con el discurso del gobierno ciudadano– los hechos se encargaron de defraudar a muy poco andar las expectativas.
El actual gobierno se ha pasado la mitad del tiempo tratando de arreglar los desaguisados de la administración anterior (protestas estudiantiles, Chiledeportes, Efe, Transantiago) y la otra mitad dando explicaciones. Con lo cual nuevamente las emociones pasaron a pérdida. Todo indica que del Chile de la protección social prometido por la presidenta lo único que sacaremos en limpio será una pensión básica universal de 75 mil miserables pesos, que al menos debería aliviar la situación a miles y miles de ancianos en la pobreza, y un mayor protagonismo de las mujeres, no obstante que la rigidez del mercado laboral sigue bloqueando la participación que podrían tener. Sin duda que en esto último hay emoción, pero el gobierno no ha sido muy exitoso en transmitirla como una causa nacional de largo aliento y a veces, con la majadería de los femicidios o con el proyecto de ley de cuotas, sus políticas más parecen una venganza contra el machismo atávico que un genuino rescate de la dignidad femenina.
¿Quiere decir esto que en Chile ya no quedan causas potentes para inspirar la acción política? Por favor, ahí están la pobreza, la infancia (donde los niveles de desigualdad son superiores que en la ancianidad), la familia, la seguridad pública, el trabajo, la igualdad de oportunidades, el combate resuelto a los resabios nacionales de tercermundismo… Nuestra política podría tener convocatoria y ser tremendamente emotiva. Pero no. A un lado y otro parecieran estar conspirando para hacerla soporífera y burocrática.