• 19 octubre, 2007

La discusión en torno al salario se justifica plenamente, ya que se trata de un elemento fundamental para evaluar el marco de justicia o injusticia en la cual se lleva a cabo la relación entre empleador y trabajador.

Si aspiramos a una sociedad donde la persona y su dignidad se sitúen al centro de la preocupación de todos los estamentos sociales y sostenemos que la familia es el núcleo fundamental de la sociedad, hemos de mirar el trabajo de la persona y su salario con mucha atención.

Juan Pablo II, quien de trabajo sí sabía, planteaba en la encíclica Laborem excercens que “el trabajo humano es una clave, quizá la clave esencial, de toda la cuestión social” y, considerando que la gran mayoría de las personas acceden a los bienes y servicios que requieren para vivir gracias a la remuneración que reciben por su trabajo, añade que “el problema clave de la ética social es el de la justa remuneración por el trabajo realizado”.

En efecto, el salario es un elemento fundamental para evaluar el marco de justicia o injusticia en la cual se lleva a cabo la relación entre el empleador y el trabajador. Más aún, llega a afirmar que “la justicia de un sistema socio-económico y, en todo caso, su justo funcionamiento deben, en definitiva, ser valorados según el modo como se remunera justamente el trabajo humano dentro de tal sistema”. Por lo tanto, la discusión en torno al salario que se ha generado en este último tiempo se justifica plenamente, dado que la posibilidad de que el sistema económico de nuestra sociedad sea justo y esté realmente al servicio del hombre y de la familia, dependerá de las medidas que se tomen en cada uno de los niveles responsables de la conducción económica del país, autoridades públicas, empresarios y ejecutivos.

El Papa acuña un término muy apropiado: “justa remuneración”. Postula que ésta será tal en la medida que le permita a una persona fundar y mantener dignamente una familia y asegurar su futuro. Ello puede lograrse tanto a través del salario familiar, que sería el del jefe de hogar más las ayudas sociales, como a través de subsidios familiares o prestaciones a la madre que se dedica exclusivamente a la familia. Importante desafío se nos plantea: fruto del trabajo del hombre ha de ser el sostener una familia y que la mujer tenga la posibilidad de criar a sus hijos. Un salario familiar adecuado debiese permitir a la familia ahorrar con el propósito de procurarse una propiedad, lo que claramente es un signo de estabilidad familiar.

El trabajo y su correspondiente salario es la manera como las personas han de procurarse su sustento, participar de los bienes que están destinados a todos, embellecer el mundo para las futuras generaciones, y participar de bienes de máxima importancia para el hombre como son la integración social, el acceso a la cultura y su vida espiritual.

Considerando el sentido profundo que tiene el trabajo para el hombre y la remuneración por él recibida, es evidente que no puede quedar al arbitrio exclusivo de la ley de la oferta y la demanda y al mero acuerdo entre el empleador y el empleado, puesto que la justicia natural que el trabajo lleva grabado es anterior y superior a la libertad de contrato.

Esto no significa que los salarios que se paguen no tengan en cuenta otros factores del todo relevantes a la hora de determinarlos. En efecto, una política de remuneraciones responsable ha de considerar la situación económica de la empresa y del empresario, dado que sería éticamente cuestionable que se exigiesen salarios tan elevados por parte de los trabajadores que la empresa no pueda mantener o que impliquen su quiebra. Desde este punto de vista las políticas salariales han de considerar las circunstancias reales en las que se encuentra el país.

Es evidente que entre los trabajadores hay distintas habilidades, destrezas, conocimientos y motivaciones. Ello ha de ser premiado de modo adecuado a través de incentivos que pueden ser monetarios. Sin embargo, simultáneamente se ha de trabajar para superar las grandes brechas que en la actualidad se dan entre los trabajadores. Ello solo será posible en la medida que un mayor número de personas tengan acceso a una educación de calidad y exista una fuerte motivación personal por superarse ellos mismos y las futuras generaciones.

Por último, hemos de hacer todo lo posible para que los trabajadores participen activamente del lugar donde trabajan. Desde ese punto de vista está latente el desafío de que cada trabajador participe con su trabajo en el desarrollo de la empresa pero también de sus beneficios y eventualmente en la propiedad, de modo que el empleado sienta que trabaja en lo propio, consiga beneficios por ello y asuma la responsabilidad y el compromiso que esto significa.

Fernando Chomali es obispo auxiliar de Santiago.